Nueva Etapa de la revista La Pecera

que inició su recorrido durante la crisis argentina del 2001 hasta el año 2009, en que dejó de publicarse en papel , hasta 2016,  en que reaparece con el Nro 15.

 "Ningún pez es demasiado raro para tu pecera" es el lema de la revista, inspirado en la conocida novela de D. H. Lawrence, señalando la heterogeneidad de contenidos y lenguajes. Y también, una apuesta por autores, poéticas y pensamientos a contrapelo.

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La PECERA.ne

ISSN 1666-8782

Fundada en Mar del Plata, otoño de 2001 © Editorial Martín y O. Picardo

DIRECTORES:

Osvaldo Picardo  y  Héctor Freire.

© 2016 Big Fish para La Pecera. Creado con Wix.com 

lapeceralibros@gmail.com

DIRECCIÓN POSTAL: Av. Pueyrredón 2387  5º Piso.  (1119) Capital Federal 

DOSSIER: OTRA BABEL

Lenguajes inventados y artificiales

ÍNDICE 

ANTOLOGÍA
Textos seleccionados por Osvaldo Picardo.
LA LENGUA NO TIENE LA CULPA
de Héctor Abad Faciolince
TRILCE. Escribo, luego existo
de Héctor J. Freire
ENTRE PLATÓN Y SAER
por Osvaldo Picardo
El Habla de M. Heidegger
Die Sprache, es el primero de los seis ensayos de Unterwegs zur Sprache, Günther Neske Pfullingen 1959.
En castellano, la edición De camino al habla en traducción de Yves Zimmermann, Serbal. Barcelona, 1987.
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INTRODUCCIÓN: LENGUAJE Y PODER

 

Por Osvaldo Picardo

El presente trabajo intenta plantear más dudas que certezas. Por eso invitamos a nuestros lectores a participar con sus opiniones y también sus investigaciones. El tema es sumamente amplio y ha adquirido últimamente actualidad, aunque no es nada nuevo. 

 

Un rastreo somero de algunas ideas, desde los idiomas artificiales, inventados e imaginarios hasta el lenguaje inclusivo del feminismo global, nos permite plantear varias preguntas no sólo sobre el presente, a través de fenómenos muy actuales del habla cotidiana, del lenguaje inclusivo o de la estética de época, sino también sobre cuestiones donde las políticas lingüísticas o la ausencia de ellas, no sólo hacen pensar en la vieja relación entre lenguaje y poder, sino en la tradicional definición del hombre como “animal que habla”, el "zoon logikon" y sus complicadas traducciones. 

No se trata de un debate entre si es o no acertado el uso del lenguaje inclusivo, o si la lengua es culpable o inocente, o si existe una lengua perfecta y pura que pueda reemplazar la que hasta hoy hablamos. No, nos preguntamos –o quisiéramos plantear la vieja pregunta- sobre el mismo lenguaje y su poderosa relación con lo que entendemos a través de la palabra "hombre". ¿Habitamos la casa de una lengua o, en realidad, estamos presos en ella? ¿Quién habla cuando hablamos? ¿Alcanza el lenguaje a expresar lo que pensamos, deseamos, sentimos? 

Desde la idea de una lengua adánica, pasando  por el castigo divino de la torre de Babel, hasta los idiomas inventados por Tolkien o por R.R. Martin –el glíglico de Cortázar incluido-, en cualquier caso literario o de la poesía misma –Vallejo, Girondo, etc-, no se pretendió reemplazar una lengua natural. La búsqueda de una lengua perfecta que sea universal, exacta o políticamente correcta siempre fue una pretensión, más o menos utópica, de la fantasía, cuando no, de las mismas ciencias. El hermoso libro de U. Eco, “La búsqueda de la lengua perfecta”, da sobrada cuenta del fracaso rotundo de esos intentos a lo largo de la historia.

Pero sin ir a los orígenes lejanos, nuestra literatura –también partícipe de una lengua no menos artificial- ha registrado en forma de parodia, cierta clase de filantropías utópicas que intentaron imponer urbi et orbi lenguas fantásticas. Ya con la idea de inventar un idioma que optimice el conocimiento y la comunicación entre los hombre, en 1905, en Boulogne-sur-Mer, Francia, se reunió el primer congreso mundial de Esperanto, el lenguaje internacional inventado por Ludovic Lazarus Zamenhof. Este hecho, tuvo resonancias en Argentina. Xul Solar había creado su Neo-Criollo y él mismo lo utilizaba para comunicarse por escrito. Borges y Leopoldo Marechal fueron parte de su círculo íntimo, y tal vez, por eso mismo, lo parodiaron en sus obras. En su novela “Adán Buenosayres”, Marechal, lo incluye como el astrólogo Schultze que en “la tertulia de los jueves” da una clase sobre el asombroso e increíble “neocriollo”. Por su lado, en el cuento “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, Borges también incluye al pasar a Xul, esta vez, como traductor del idioma del planeta Tlön al “neocriollo”:

“Hume notó para siempre que los argumentos de Berkeley no admiten la menor réplica y no causan la menor convicción. Ese dictamen es del todo verídico en su aplicación a la tierra; del todo falso en Tlön. Las naciones de ese planeta son -congénitamente- idealistas. Su lenguaje y las derivaciones de su lenguaje -la religión, las letras, la metafísica- presuponen el idealismo. El mundo para ellos no es un concurso de objetos en el espacio; es una serie heterogénea de actos independientes. Es sucesivo, temporal, no espacial. No hay sustantivos en la conjetural Ursprache de Tlön, de la que proceden los idiomas “actuales” y los dialectos: hay verbos impersonales, calificados por sufijos (o prefijos) monosilábicos de valor adverbial. Por ejemplo: no hay palabra que corresponda a la palabra luna, pero hay un verbo que sería en español lunecer o lunar. Surgió la luna sobre el río se dice hlör u fang axaxaxas mlö o sea en su orden: hacia arriba (upward) detrás duradero-fluir luneció. (Xul Solar traduce con brevedad: upa tras perfluyue lunó. Upward, behind the onstreaming it mooned).”

Por otro lado, las exageraciones y los abandonos en el terreno de la educación parecen haber forjado una suerte de consumidor más que de asimilador de cultura. Un soneto como el de Garcilaso que empieza “en tanto que de rosa y de azucena” ha dejado de ser comprendido sin la ayuda de especialistas en literatura. Por generaciones había sobrevivido con su poder conmovedor y sorprendente. Ya no más. Ha fallecido y sus solemnes exequias descansan en el olvido de viejos programas de literatura.

Imaginemos, sin demasiado esfuerzo, una clase, en Latinoamérica o en España, con unos treinta adolescentes poco menos interesados en el Siglo XV que en el XXI, buscan con habilidad tecnológica, en sus smartphones, el vocabulario para ellos desconocido: “azucena”; “enhiesto”... palabras que creen, sin duda, habladas y escritas en otro idioma. Ni hablar de lo que llegan a entender sobre lo que el poema dice: el canon discutible de la belleza femenina. 

 

 

En tanto que de rosa y azucena

se muestra la color en vuestro gesto,

y que vuestro mirar ardiente, honesto,

enciende al corazón y lo refrena;

 

   y en tanto que el cabello, que en la vena

del oro se escogió, con vuelo presto,

por el hermoso cuello blanco, enhiesto,

el viento mueve, esparce y desordena;

 

   coged de vuestra alegre primavera

el dulce fruto, antes que el tiempo airado

cubra de nieve la hermosa cumbre.

 

   Marchitará la rosa el viento helado,

todo lo mudará la edad ligera,

por no hacer mudanza en su costumbre.

 

Los adolescentes del secundario y los jóvenes universitarios no podrán oir sino el ruido de los prejuicios culturales en la carne de una sintaxis, ahora, extraña. El clásico tópico del “carpe diem” y su imagen sobre la belleza han sido despedazados por el poderoso conjuro del mercado, la publicidad, y el habla de la urgencia y la brevedad comunicativa. Por supuesto, todo esto lo imagino. Puedo estar equivocado, aún después de 30 años de docencia. Pero equivocado o no, me pregunto:

 

 ¿Qué otra cosa ha venido a reemplazar aquella experiencia de lectura? ¿Cómo influirá esta situación en la comprensión de un ser, que debería ocupar el lugar del sujeto en la historia y la cultura?

 

Grandes procesos de influencia social como series, películas, canciones de moda y redes sociales imponen una lógica gregaria y excluyente, donde los lenguajes intervienen como señas de identidad.

No estoy del todo seguro de que se trata únicamente de una nueva realidad –como se piensa generalmente-, una realidad que busca decir lo que no existía y para eso recurre a nuevos lenguajes y formas de expresión.

 

Tampoco se trata de casos místicos, donde el problema es lo inefable y sublime, como sucede en San Juan de la Cruz, que “todo lo dicho queda corto” (Cántico, 261). Ni es el intento repetidamente fallido de encontrar una lengua perfecta. Apenas ahondamos un poco, en la historia, corriendo el telón de la tecnología y de sus modos, aparecen las inumerables semejanzas entre épocas y época, de modo tal que podemos pensar las diferencias desde otros lugares y no sólo desde el de la aceptación conformista de lo establecido como actualidad. La ignorancia, la censura y el olvido son instrumentos no sólo del tiempo sino también del poder.

 

El lenguaje y el poder nunca dejaron de estar íntimamente relacionados. Los conflictivos procesos de la Globalización implican resolver a gran escala la complejidad de la comunicación a nivel planetario. El inglés repite con otros medios las formas del viejo colonialismo británico, idioma de los negocios, de los avances científico así como de gran parte de la literatura y de muchos de las estrategias de medios masivos. No cabe duda que comparte con el chino, el alemán y el francés un lugar hegemónico en el concierto de las aproximadamente 6000 lenguas del mundo. Desde el mundo griego hasta la Globalización, el lenguaje no es una cuestión secundaria.

Agrego un dato: es justamente el inglés un idioma sin géneros. Un idioma inclusivo, aunque no por eso, sus millones de hablantes han sido menos machistas y patriarcales que el resto de los hablantes en otros idiomas.