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"En vez de mirar soñemos"

BOTÁNICA (ANTOLOGÍA POÉTICA)

Héctor Freire


BOTÁNICA (ANTOLOGÍA POÉTICA) De Héctor Freire

Poesía Del Dock, Bs.As., 2021


por O. Picardo


Desde la tapa hasta el índice que indica la selección que recoge poemas desde 1979 a la fecha con algunos inéditos, la lectura de esta antología es, en verdad, una oportunidad extraordinaria para conocer la obra poética de Héctor Freire.

El paratexto de Herman Hesse, su acuarela y el motivo de las Metamorfósis de Piktor, están en combinación con el contenido de una manera muy armoniosa y son parte de una reflexión que se intuye a lo largo de la escritura: una meditación metafísica que el reino vegetal posibilita pensar. Sólo el motivo del árbol con su abundantísima simbología occidental y oriental, junto a la sumatoria de las metáforas florales y temporales, conduce a entender “Botánica” en la clave de lo puramente vital, ante la fatalidad de lo breve y la perdurabilidad del deseo.

La dedicatoria tiene más de humilde gratitud que de un acomodado reconocimiento amoroso, invocando la inquietante paciencia de los que aman sin otras posibilidades de responder al interrogante del dolor ajeno. La enfermedad y la proximidad de la muerte no son estados pasajeros sino condicionantes permanentes que, a pesar de su incomunicable soledad, necesitan de la compasión y el dolor de un acompañante.

El poema inicial es una leve reelaboración de otro poema de su libro “Poética del tiempo” (Uruguay, 1979). Está compuesto de cuatro partes que acompañan las estaciones del año. Habla de La inteligencia de la luz (título que en el original aparecía entre paréntesis y ahora prevalece sobre los nombres de las estaciones) como si la química de la fotosíntesis fuera la materialización de una metamorfósis universal que tiene su mímesis en la flora y primordialmente en el árbol:


"La palabra del árbol ha tomado su luz

del silencio que la envuelve".

...

"El árbol oye, en la queja de la luz,

la queja del tiempo"

Podemos imaginar esta mirada crepuscular desde una ventana alta de un edificio, se ven las frondas de los árboles trabajadas por la luz en una metamorfósis que no sólo es la de la biología y la química sino también la de la vida simbólica de la cultura que se habita, llena de símbolos y lecturas de lo que es "un texto del silencio", de lo inefable y ausente. Por eso la queja se convierte en dilema:

"Un realismo que complica

en lugar de resolver"

Motiva pensar sobre lo que queda implícito entre la simbología de la luz y su antípoda realista que trae la idea de "tiempo". Ya no es solamente un ciclo natural de estaciones que se suceden, sino una duración que termina. El dilema metafísico queda sin respuesta y es también una manera de hablar sobre un Deus absconditus que no se menciona, pero al que se alude:

La sobriedad impone su ley:

un inefable azar surgido

de la habilidad y el cálculo.

Para algunos es la perfecta cruz,

el sol que gravita imperturbable

en la crueldad del horizonte.


Para otros un fósforo en medio de la noche.

...

La luz sube en el aire de la tarde,

parece un árbol inmaterial que crece ligero,

un aroma a muerto que atraviesa la noche.


De este modo la inteligencia de la luz describe y escribe "un texto de silencio" que es inalcanzable para el hombre, tanto como que parece un alma solitaria y exilada ante la maravilla botánica que se devela más que ante sus ojos, ante su espíritu.

Un polvo sedoso que se extenúa

en su casi transparencia de hojas

hace de la búsqueda de la luz

la dificultad por sostenerse.

Entre las quietas piedras

el eco del sol deja su mensaje

de perfume, de ausencia.


En el tercer movimiento de este largo poema inicial, aparece una segunda voz entrecomillada y con un guión que indica su intervención dramática. Es un contrapunto que aparece musicalmente y plantea una subjetivación del paisaje:

–“En los espacios vacíos de mi cuerpo

los tiempos se entrecruzan

y la relación con el paisaje se invierte:

mas que recordar el pasado

siento que éste me recuerda.”–

Es como si el sujeto poético se hubiera apartado de la naturaleza y buscara entender reflexivamente su lugar en el tiempo y el espacio, entre la realidad y el sueño, entre la vida y la muerte.

Pero pronto nos damos cuenta que es una proyección del sujeto en el árbol que se ha distanciado del paisaje y le presta su conciencia vegetal o "sueño vegetal":

–“En vez de mirar soñemos, aunque

el verbo soñar casi no tenga presente.”–

...

–“¿Cerramos los ojos para ver o para no ver?”–

...

–“¿Es el árbol un sarcófago de pie,

o el viejo sueño de los muertos?”–

...

–“¿Qué es esto sino la vida casi inmóvil?”–

El motivo de la inmovilidad se asocia a la de la eternidad, aunque la idea de una naturaleza dinámica y en metamorfósis constante, casi una imagen lucreciana, prevalece en la mirada invernal con que finaliza este largo poema inicial:


–“La unidad lo complica todo.

Florecer es desplazar matices”–


Más que la "unidad" contrapuesta al tópico de la multiplicidad del mundo, parece acercarse más a la inmovilidad y la quietud del letargo invernal en que dormir y morir se parecen y diferencian del soñar y florecer.

El árbol como el ciruelo del epígrafe inicial, sabe que "el invierno golpea" pero sabe que la primavera volverá y lo resume en otra imagen símbolo como la de los peces y su dinámica de flechas.

No por nada Roberto Ferro dijo que sentía a este libro Poética del Tiempo (donde aparece originalmente el poema) como "un canto lujurioso a la vida y sus contrarios".

A partir de un epígrafe de Robert Sabatier, el libro abre otra serie de poemas en que son mayoría los inéditos.

Lapachos es uno de los inéditos. Con una descripción certera y perspicaz nos recuerda el tono propio del haiku, aunque su forma se despliega hacia otra dimensión más discursiva.

Vuelve así al tema de la primavera y a la captación del instante, aunque concluye con el motivo del tiempo como finitud:

"Cada primavera los lapachos están

más cerca de los últimos que tendremos"

El sujeto se dirige, esta vez, a alguien que lo acompaña ante "un jardín aéreo en la memoria" compartido donde se da la conjunción para una epifanía: "crea/su propio espacio donde jamás estuvo".

No es la primera vez que Freire asocia el instante epifánico y lo resalta por oposición con la idea del tiempo como finitud, así lo vemos desde primeros libros. En Poética del tiempo justamente dice en el poema Ser polvo:

"No hay nada permanente ni veraz

sólo una huella que aparece un instante a contraluz"

Hay un juego entre lo escondido y lo visible, entre lo callado y lo explícito son constantes en la construcción del particular mundo orgánico y material de Freire. Los líquenes tan íntimamente adheridos al árbol o a la piedra hasta convertirse en parte de lo mismo, se descubren como "la contracción del tiempo". Es una contracción densa donde

"Como la foto amarillenta sobre la tumba del muerto

señalan la oscuridad de una infancia pasada,

la noche de un período heroico".

Freire señala que ignoramos esa historia que está detrás de las cosas visibles, detrás del silencio vegetal, pero también la idea de algo que no se dice porque está por decirse

"Los líquenes no se niegan a contar su historia,

pero quieren llegar a dar la sensación sin caer

en el aburrimiento de tener que comunicarla".

No deja de ser una paradoja y como casi toda paradoja es capaz de arrancarnos una sonrisa. Si leemos con atención, aparece el fino tono humorístico y también, una admiración y ternura franciscana en lo viviente.

Bella y Triste está en diálogo con el poema de Pasolini. La Glicina es un poema de Pasolini en el libro La religión de mi tiempo que Freire trae a colación en Bella y triste. Sobrevuela su tiempo histórico y hoy adquiere renovadas lecturas. Es un paso fundamental en la gran obraLa paz llegue quizás después de la muerte, pues como escribe en el último poema del libro, “La glicina”, “Ay, la vida verdadera es todavía / sólo lo que será...”. Lo que será o lo que no ha sido, pues la glicina deja virgen su fascinación “sólo a los que aún no han nacido”. La única manera de vivir para nuestro poeta era ésta de tener clavada una “espina / inmaterial en el pecho”. La única manera de vivir era ésta, cada vez mayor, agonia de inmolarse, de morir por algo, por alguien, por todos nosotros, renacer en el dolor. “La glicina” es el poema que Pasolini le hubiera escrito a Cristo en el Monte de los Olivos o ya en la cruz. Este sufrimiento se lo hubiera intercambiado para también resucitar en todas las edades: “He perdido las fuerzas; / no sé ya el sentido de la racionalidad; / debilitada se ciega mi vida / -en tu religiosa condición de caduca-, / desesperada de que haya sólo / crueldad en el mundo, rabia en mi alma...” . “La Glicina” vuelve al tipo de poema-narración en el que el lector es aludido e implicado como confidente.

En Freire, tanto la referencia cultural a un poema de Pasolini como a una pintura de Caravaggio, despierta el espectáculo de la mirada que es capaz de transformar como un pensamiento en acción, la entera representación de lo mirado:

"Todo es feroz e impecable, mientras siga el sol,

el fervor adorable de las glicinas de Pasolini

abriéndose suaves y lentamente en una danza

de sangre y latidos. Ardientes sus pezones se erigen

como cuerpos torpes y magníficos, y lanzan una sombra

para desplazar los espacios libres donde se ocultaban.

–¿Cómo harán eso? –

Y dejan una estela de plata como pequeño gesto a la noche."

El sujeto ante el espectáculo se maravilla y se pregunta por el "cómo hacer eso". Más que comprender, intenta alcanzar el secreto que comparte con el poeta leído: Pasolini cuando se pregunta:

"¿Pero es posible amar

sin saber qué quiere decir esto? ¡Feliz

de ti, que eres sólo amor, gemelo vegetal,

que renaces en un mundo prenatal!"

Si bien, Pasolini tiene en mente la Pasión de Cristo y el desenvolvimiento histórico, también, como lo hace Freire, no es difícil volver a pensar en la distinción entre "natura naturans, natura naturata" que ya encontramos en los neoplatónicos, y en la escolástica del siglo XIII, usada también por Spinoza y muchos otros filósofos y poetas. La natura naturans se interpreta como Dios creador, mientras que la natura naturata se refiere al ser creado; pero algunos místicos, como el Maestro Eckhart, o filósofos como Nicolás de Cusa tienden a interpretar una concepción panteísta y dinámica de la creación. Así, la natura naturans representa la fuerza creadora mientras la natura naturata un aspecto producido por aquella fuerza y exterior a la misma. Ante esa concepción de la natura parece ubicarse Freire. Más cercano a lo producido por una naturaleza "feroz e implacable", que al "sólo amor" de la creación.

En este diálogo con un poeta italiano, realista y cristiano, como Pasolini y Freire, un poeta argentino contemporáneo que lo invoca y alude, se abren diferencias notables que iluminan dos aspectos primordiales del presente libro Botánica. La mirada poética que se extiende y detiene en las flores y los árboles es capaz de transformar como un pensamiento en acción a la natura y esta metamorfósis que se plasma en poemas de muy fuerte impacto visual y plástico, nunca deja de ver lo invisible de la mirada, es decir de descubrirlo y meditarlo. Pero lo que no hay que dejar de preguntarse fundamentalmente es qué es lo que medita y descubre, construyendo de ese modo no sólo obsesiones y tópicos en una escritura propia, sino también pensamiento y emoción que combinan la belleza y la tristeza encerrada ya no sólo en la glicina real sino en la de la lectura solitaria de La Glicina de Pasolini.

Por otro lado, son abundantísimos los ejemplos de la mirada como máquina de hacer imágenes:

"el frágil helecho espera que estalle el trueno

y prepara la boca para recibir en su jaula de fronda

los húmedos murmullos del agua"

Y también la concluyente reflexión negativa por la cual sabemos de la angustia de la mirada cuando cae en los abismos del tiempo y la finitud:

"está creando la vejez: un claroscuro

que demuestra que dentro de la luz no hay nada"

Son así los claroscuros que se desplazan por estas páginas de Botánica: como un cuadro donde la luz y la sombra luchan contra la realidad colorida y cambiante del mundo natural.

Botánica de H. Freire es un hermoso canto reflexivo a la naturaleza y también, la no menos hermosa idea de la poesía como resistencia ante la muerte.

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