Nueva Etapa de la revista La Pecera

que inició su recorrido durante la crisis argentina del 2001 hasta el año 2009, en que dejó de publicarse en papel , hasta 2016,  en que reaparece con el Nro 15.

 "Ningún pez es demasiado raro para tu pecera" es el lema de la revista, inspirado en la conocida novela de D. H. Lawrence, señalando la heterogeneidad de contenidos y lenguajes. Y también, una apuesta por autores, poéticas y pensamientos a contrapelo.

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La PECERA.ne

ISSN 1666-8782

Fundada en Mar del Plata, otoño de 2001 © Editorial Martín y O. Picardo

DIRECTORES:

Osvaldo Picardo  y  Héctor Freire.

© 2016 Big Fish para La Pecera. Creado con Wix.com 

lapeceralibros@gmail.com

DIRECCIÓN POSTAL: Av. Pueyrredón 2387  5º Piso.  (1119) Capital Federal 

ARTE

DE LO ESPIRITUAL EN EL ARTE.

Color y escritura poética en la obra de Kandinsky.
Por Victoria Fabre

Convocados por la lente de Laura Rivera nos detenemos frente a la entrada de una sencilla y colorida casa. Ese amarillo apenas atenuado con blanco,  no es el color habitual para un portón. Lleva un halo de humedad que por momentos entristece, como una luz apagándose. Las plantas denotan la presencia viva de los habitantes, resaltan sobre las paredes enmohecidas. Si penetramos en el pasillo,  ya más cerca,  podemos ver mejor. Alguien que intuye el misterio del color ha pintado en violeta, color complementario del amarillo, las rejas y algunos pequeños adornos. ¿Es la llave ese contraste? ¿Quiénes  viven en la casa?

      En La poética del espacio,  Gastón Bachelard  pensó  el lenguaje profundo de los lugares habitados, la presencia psicológica que se impregna en los objetos o en los rincones: “Examinada desde los horizontes teóricos más diversos, pareciera que la imagen de la casa fuese la topografía de nuestro ser más intimo”[1]

      Aquí el color protagoniza la escena y da  tonalidad  poética a la obra fotográfica. Cuando Kandinsky escribió  De lo espiritual en el arte, lo hizo a través de pequeñas notas que luego ordenó, como si algo de la revelación repentina que conecta con lo abierto lo hubiese asaltado.  En esos instantes el fotógrafo dispara y captura la imagen.

     Sobre la escritura de su obra nos cuenta: “Las notas se fueron acumulando  durante más de diez años. Una de mis primeras notas sobre la belleza cromática en el cuadro dice: La riqueza cromática en el cuadro ha de atraer con gran fuerza al espectador y al mismo tiempo esconder su contendido profundo. Me refería al contenido pictórico, pero no en su forma pura como lo concibo ahora sino a la emoción o a las emociones del artista “ [2]

     No podemos leer la teoría del color de Kandinsky  sólo como cuerpo  racional o serie de consejos técnicos.  Entremos  en su  dimensión poética pues en ese lenguaje se ha escrito. Allí está presente de manera central  la relación entre música y pintura. Muchos de sus cuadros llevan títulos con referencias que así nos lo muestran. No olvidemos que influido por la fascinación que le generó la ópera de Wagner buscaba un arte total,  donde lo visual y auditivo  integren una unidad para llegar al alma del espectador.

    Para describir el impacto que el color genera en el espíritu, Kandinsky usa la sinestesia, ese recurso poético en el que las imágenes muestran la fusión de los sentidos. La sinestesia es para el discurso  médico psicológico una experiencia en la que varias modalidades sensoriales se mixturan; es un fenómeno de apertura del  inconsciente, de retorno de lo real, muchas veces sufriente o sintomático.  El artista utiliza esa combinatoria en una experiencia de goce estético, allí  plasma la comunicación sensible entre su mundo interior y el mundo exterior.  Así también el color,  pleno en su dimensión psicológica,  se vincula con los sabores, el tacto  o los olores: “…la vista no sólo está en relación con el sabor sino también con todos los demás sentidos. Y así ocurre en efecto, algunos colores parecen ásperos, erizados, otros tienen algo pulido, aterciopelado, que invita a la caricia. (azul ultramarino oscuro, verde óxido de cromo, barniz de granza). Hay colores que parecen blandos y otros que parecen tan duros (verde cobalto, oxido verde azul) que el color recién salido del pomo parece seco.

   La  expresión colores fragantes es corriente”[3]

     Kandinsky entiende al amarillo como el color cálido por excelencia, es un color terrestre y ante el ojo del espectador se acerca en un movimiento doble: horizontal y excéntrico. El amarillo nos impacta y suena con el sonido agudo de una trompeta. Por el contrario, su opuesto,  el azul es la quietud, la profundidad  y se aleja del ojo del espectador en un movimiento horizontal y concéntrico.

    Así viaja la Ofelia de Odilon Redon, en su obra al pastel,  donde la figura de la joven ahogada, rodeada de azules, contrasta con la exuberancia de las flores y elementos vegetales, donde  los diversos tonos enmarcan su muerte y el viaje del espíritu.[4] Allí todos los matices musicales descriptos por Kandinsky podrían escucharse:

“El color azul es el color típicamente celeste que desarrolla profundamente el elemento de quietud. Al sumergirse en el negro toma un matiz de tristeza inhumana, se hunde en la gravedad que no tiene ni puede tener fin. Al pasar a la claridad,  poco adecuada para él, el  azul se hace indiferente como el cielo alto y claro. Cuanto más claro tanto más insonoro, hasta convertirse en quietud silenciosa, blanca. Representado musicalmente,  el azul claro corresponde a una flauta, el oscuro a un violoncelo y el más oscuro a los maravillosos tonos del contrabajo; el sonido del azul es una forma profunda  y solemne  se puede comparar al del órgano.”[5]

      El verde es el punto de encuentro de amarillo y azul, allí se detiene el movimiento, es la pasividad y la calma; musicalmente describe al verde absoluto como el medio tono alargado, tranquilo y semiprofundo del violín.

       El pintor habla como poeta y el poeta pinta con palabras. Para Kandinsky el color rojo es “siempre excitante y cálido”, Su valor se altera  cuando deja de estar aislado, se limita o vincula con una forma natural. Encendidas de rojo las  Amapolas en Julio de Sylvia Plath llegan a nosotros como esas:

“Pequeñas amapolas, pequeñas llamas del infierno / ¿causan daño?/Vacilan, no puedo tocarlas. /Acerco mis manos a las llamas. Nada quema. /Quedo agotada de mirarlas, /vacilantes, arrugadas y de diáfano rojo /como la piel de una boca. /Una boca recién ensangrentada. /Pequeños pliegues sangrientos.[6]

        Kandinsky siente al blanco como un silencio que no está muerto sino lleno de posibilidades. El blanco es el color de la alegría más pura. En cambio el negro:

“...suena interiormente como la nada sin posibilidades, como la nada muerta después de apagarse el sol, como un silencio eterno sin futuro y sin esperanza.”[7]

        El rojo oscurecido por el negro vira al marrón. Un color chato y duro, capaz de poco movimiento, pero que puede crear un efecto interior de retardación.  Algo de esto vuelve el extraordinario  poema de Neruda  Buque marrón:

“No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas, / vacilante, extendido, tiritando de sueño, / hacia abajo en las tripas mojadas de la tierra, / absorbiendo y pensando. Comiendo cada día...”[8]

        Kandinsky sabe que las palabras solo aproximan el significado. Es desde el encuentro singular del artista con su obra, desde la experiencia de un espectador sensible, que el espíritu se conmueve frente al color, los sentidos o las letras.

“Los tonos de los colores, al igual que los de la música,  son de naturaleza  más matizada, despiertan vibraciones anímicas mucho más finas que las que podemos expresar con palabras. Cada tono encontrará con el tiempo su expresión en la palabra material, pero siempre quedará un residuo, no expresado por ella, que no constituye un rasgo accesorio del tono sino su esencia.”   [9]  

     Escribe Rimbaud en el poema Vocales: “A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul: /algún día diré vuestro nacer latente” y designa lo que está a la espera de ser visto, donde cada mirada renueva ese resto por decir.  Tal vez tras el portón de esa casa austera encontremos otros matices, más vibrantes y cálidos aún,  cuando el ojo y el recuerdo se encuentren en un poema de Montale y entonces al  fin  “…se nos aparece el amarillo de los limones, / y se deshiela el corazón / y retumban en nuestro pecho / sus canciones / las trompas de oro del esplendor solar.” [10]

 

 

[1]  Bachelard, Gaston, "La poética del espacio", México: FCE, 2011, p. 29. 

[2]   Kandinsky, Wassily., De lo espiritual en el arte. Barral Editores. España. 1983, p 7

[3]   Kandinsky. Wassily. op. cit. P. 58

[4]  Grandes Pintores del siglo XX. Tomo 26 Odilon Redon. Editorial Globus. Madrid 1995.p 28

[5]   Kandinsky, Wassily. op. cit. p. 83

[6]  Plath, Sylvia. Ariel.  Editorial Hiperión. 3º ED. España.  2013

[7]  Kandinsky, Wassily. op. cit, p. 86

[8]   Neruda, Pablo. Residencia en la Tierra. Ediciones Universitarias 1992.  Chile

 

[9]   Kandinsky, Wassily. op. cit. p. 92

[10] Montale, Eugenio.: Huesos de Jibia. Traducción de Horacio Armani 1925