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El marinero López desembarca

Juan Bautista Duizeide nació en Mar del Plata en 1964, vive en una isla de Tigre. Como piloto de la marina mercante, navegó en buques de ultramar por el Atlántico, el Pacífico, el Mar del Norte y el Báltico. Posteriormente se dedicó al periodismo cultural. Publicó notas sobre literatura y música en las revistas Siwa, Carapachay, El río sin orillas, Sudestada, La Pulseada y Humo. Colaboró asimismo con notas, crónicas y cuentos en los diarios Página/12, Clarín y La Nación. Colaboró con Ana Cacopardo en el volumen de entrevistas Historias Debidas (Buenos Aires: Patria Grande, 2017). Es autor de ‘Luis Alberto Spinetta: el lector Kamikaze’ y ‘Federico Moura: ironía y romanticismo’, Colección La Balsa. Buenos Aires: Patria Grande. Entre otros libros publicó ‘Kanaka’ (novela), ‘Noche cerrada, mar abierto’ (cuentos), ‘Crónicas con fondo de agua’ (no ficción) y ‘Alrededor de Haroldo Conti’ (ensayos).

Imágen: Joseph Mallord William Turner, Peace - Burial at Sea

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Una línea cae a pique sobre la tira de papel continuo del barógrafo. Pocos saben, a bordo, qué es, exactamente, la presión atmosférica. Pero eso no importa demasiado. En las piernas, en la cabeza, en la sangre confundida entre lo sólido, lo líquido y lo gaseoso pueden sentir de qué se trata. Hay una amenaza vaga pero latente en el cielo y el mar confundidos de gris. En el peso de los olores. En una bruma que socava, desde adentro, cada color. Navegan muy lejos de tierra. En lo alto se apelotonan las nubes como espuma que un viento constante del mar depositara sobre una costa desierta.

Al radio operador del Hornero, ayer, le demandó horas contactarse con una estación costera. Cambiaba de antena, cambiaba de banda, cambiaba de antena, en busca de una frecuencia en la cual lo atendiera alguien, luchaba y luchaba con el dial. Ya sin fe. Ya con odio. Perdido en su propio encarnizamiento como un peleador callejero que revolea trompadas al azar. Cuando alguien le contestaba, no conseguía explicar cuál era el problema por el que llamaba antes de que se volviera a perder la señal. Cuando tras horas de ajetreo logró una comunicación más o menos estable, hubo que esperar el resultado de un conciliábulo entre secretarios y jueces, con la intervención del cónsul más cercano, un agregado comercial, una consejera en legislación marítima internacional, una abogada especialista en derechos laborales del personal embarcado, para responder al pedido del capitán que originó esa llamada.

          A través de puentes y triangulaciones radiales, un muerto iba y venía por el aire. Desandaba miles de millas oceánicas vuelto palabras, descarnado en ondas, resucitado en otras palabras sólo para volver al silencio. ¿Cuándo, vivo, se habían ocupado, así, de él?

A semanas de navegación de cualquier puerto, con las cámaras frigoríficas del Hornero averiadas, no podían conservar a bordo el cuerpo sin que se pudriera. El capitán solicitaba que les permitieran tirarlo al mar.

Más de tres horas pasaron, hasta que la costera Puerto Trauco se comunicó por BLU con el Hornero, para retransmitir lo discutido por sus señorías a medio mar y una cordillera de distancia. Mientras tanto, el capitán se dedicó a arar el puente de mando yendo y viniendo a toda velocidad, de babor a estribor y de estribor a babor, clavando los tacos de sus borceguíes, sus viejos borceguíes de goma comprados en Hong Kong, contra la teca gastada en miles de horas de navegación. El piloto de guardia y los dos marineros que se turnaban a la rueda de cabillas, por estar roto el timón automático, lo escucharon argumentar a favor de las épocas en que a bordo el capitán era la ley, la razón, la fuerza, dios, el diablo. Sintieron crecer en su voz, cada vez más estentórea, cada vez menos nítida, una beligerante nostalgia por los tiempos de fábula que ninguno de ellos había vivido. Aquella época de oro en la que, antes de las batallas, se volcaba arena sobre cada cubierta para no resbalar con la sangre derramada, y se echaba al agua todo el ganado aún vivo, y los buques negreros perseguidos echaban al agua, para alivianarse, a los caballos, y sus perseguidores no sabían a quién salvar. Todavía relinchan desesperadas aquellas latitudes.

Pero ni siquiera después de tanto se les concedió lo pedido. Un batallón de preguntas comenzó a arrastrarse a través de los filos de la estática. Nombres y apellidos del muerto, nombres de los padres, año desde el cual navegaba, habilitación profesional con la cual embarcaba, empresas armadoras a las que había servido y buques en los que había revistado, singladuras homologadas, historia clínica, curaciones en la enfermería de a bordo, nombre del piloto a cargo de las curaciones en caso de no contar con médico o enfermero, causa supuesta del deceso, hora estimada, nombre y documento de los testigos. Cuando esa voz joven, femenina, de intrincado acento chileno preguntó ¿me copia, capitán?, el capitán, de un solo tirón, arrancó el cable de la radio. Antes de enmudecer, como otra queja, la radio hizo un chisporroteo de fuego fatuo. El operador se quedó mirando al capitán estaqueado entre el asombro y el miedo. Sus ojos más claros que agua a la espera de la tormenta. Con voz muy calma, el capitán le dijo: Kotcheff, anote en su libro de guardia… A las 17.35 hora bitácora, el equipo transmisor sufrió un desperfecto a causa de un rayo que impactó contra una de las antenas.

Al contramaestre Roel le ordenó que dispusiera todo para arrojar al muerto por la popa. Incluida una bandera para envolverlo. Al rato, el contramaestre volvió a subir al puente para dar cuenta de su búsqueda en el pañol. La única bandera argentina a bordo, hecha jirones, iban a necesitarla cuando entraran a Buenos Aires. Por lo menos si querían evitarse inconvenientes con la Prefectura, siempre atenta a esos detalles.

Se decidió envolver al muerto con lo más parecido a bordo: una bandera blanca con una cruz celeste. La correspondiente a la equis en el sistema de señales. Conocida en el alfabeto internacional como X-ray, su significado es suspenda usted lo que está haciendo y preste atención a mis señales. La equis, además, designaba lo que había sido el muerto en la ecuación de a bordo. Nadie sabía de él más que su nombre y apellido –Máximo López-, su lugar de nacimiento –Mar del Plata-, su lugar de residencia –Quequén-, los años que llevaba navegando. Casi nunca bajaba en puerto. No se tomaba licencias. Se vestía siempre igual: un mameluco azul cuando trabajaba en cubierta, un pantalón negro y una camisa blanca si le tocaba guardia en el puente, una chaqueta verde a veces. No se le conocían mujer ni hijos ni parientes, menos que menos confesiones, o, aunque fuera, anécdotas. Con una Polaroid comprada en alguno de sus viajes tomaba fotografías del cielo, del mar, de la estela. Pero nunca le había mostrado a nadie una. Ni siquiera había mostrado los retratos de sus compañeros de tripulación que aceptó hacer algunas veces, aunque sólo tras mucha insistencia.

Por primera vez en una vida de navegación no se había presentado a horario a una guardia. El marinero al que debía relevar fue a buscarlo a su camarote. No contestaba. Así que abrió la puerta y encendió la luz. Sobre la cara lisa de López florecía la sonrisa tímida de siempre. Sobre la cara oscura de López, unos ojos más verdes y más vivos que nunca se abrían de par en par a la nada.

Al día siguiente del hallazgo, a media tarde, el Hornero paró máquinas y quedó a la deriva en medio del Pacífico. Se reunieron todos en la popa. El capitán aseguró que despedían a un hombre de mar que siempre dio lo mejor en el trabajo que le tocara. Hubo algunos aplausos. Pocos. Sin fuerza. Raleados. No duraron. El capitán le hizo un gesto al contramaestre Roel. De inmediato, pero sin ostentar apuro, el contramaestre soltó unas trincas y ahí partió el pobre López. Unos cuantos kilos de hierro oxidado eran su salvoconducto hacia el abismo.

Ahora un sol fugitivo alcanza el mar a través de un desfiladero entre nubes. Lo enciende en verdes y blancos. Lo recorta de lo gris. Una garra invisible oprime cuanto vive. Desde el puente de mando, el capitán mira las nubes. Ya ganaron casi toda la altura. Apenas una isla de azul, lejos, al sudeste, casi a proa, resiste. Hay nubes empinadas como cordilleras de hielo. Nubes con bordes enlutados, con luces que se prenden y se apagan cada vez más rápido en sus cumbres. Son volcanes del cielo con su erupción de profecías.

El contramaestre, mientras revisaba el camarote de López, se topó con sobres, con bolsas, con cajas llenas de fotos. Fotos del cielo, del mar, de la estela, retratos borrosos de algunos compañeros de a bordo. Cientos, miles de fotos. En primer plano de cada una de esas fotos se veían cuatro líneas que partían de sus ángulos rectos hacia un punto en su centro. Hubiera lo que hubiera ante el objetivo de su cámara, el muerto siempre había encontrado, en cada cielo, en cada agua, en cada cara, esas mismas cuatro líneas y ese vórtice.

          Tirar de inmediato al agua las fotografías, propuso Roel. La voz agudizada por el énfasis. A punto de quebrarse. El cuerpo erguido como si quisiera alcanzar la altura del capitán. Que nadie más viera esas imágenes. Porque la gente es supersticiosa. Iban a preguntarse: ¿con quién fue que navegamos tantos años? El capitán contestó que no correspondía hacer eso. Las fotos debían entregárselas, cuando llegaran, a algún pariente. Roel contestó que el muerto no tiene a nadie. El capitán le ordenó que dejara las fotos en su camarote. Daba las órdenes en voz cada vez más baja. Parecían nacer en la mente de quien las oía, desplegarse como flores carnívoras, volverse como la sed en el desierto.

          Una sola vez había hablado el muerto con el capitán Gonzaga. Durante una guardia de tantas en un puerto de tantos. A solas, sobre la cubierta barrida por un aguacero, después de cerrar la tapa de una bodega mientras la tripulación dormía. Contraviniendo la distancia usual entre un marinero y el capitán, aquella madrugada López le confió que por diciembre, en cierta casa, muy lejos, perdida en el tiempo, florecían a la vez el jazmín enredadera, las salvias violetas y las acacias blancas. La combinación de sus perfumes era única. No duraba demasiado. Pronto una tormenta se desataba y deshacía las flores de la acacia, tan frágiles como mariposas. Su madre era aquel perfume.

          La presión sigue bajando. El Hornero navega a toda máquina hacia el sudeste cortando olas invisibles. Ya no hay cielo ni mar, sólo esta luz que los traga.