Diario de una soledad,
de May Sarton

por Marta B. Ferrari

Por primera vez en varias semanas, estoy aquí sola para retomar mi vida “real”. Eso es lo extraño: que ni los amigos, ni siquiera los amores apasionados, son mi vida real...

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Poeta y novelista prolífica, May Sarton (Bélgica, 1912 - EEUU, 1995) es reconocida principalmente por su labor como memorialista. Journal of a Solitude (1972-1973) es uno de sus diarios más singulares al proponerse como una continuación y a la vez como una deconstrucción de Anhelo de raíces (1958-1968), dedicado a testimoniar sus años de vida en Nelson, un pueblo de menos de 700 habitantes en el estado de New Hampshire, Nueva Inglaterra. Sin embargo, esta faceta de su obra permaneció casi oculta para el público hispanoparlante, hasta que en plena pandemia, en 2021,  el sello editorial Gallo Negro compró los derechos para su traducción y publicación en España.

El texto de Sarton recoge un año completo de reflexiones y confesiones concebidas con el tono de una conversación entre la escritora y su casa de pueblo, enclavada en un entorno casi rural con un terreno y un jardín que adquieren claro protagonismo en el curso del diario. El libro es, sobre todo, un espacio de búsqueda de sí misma en un intento por visibilizar todo lo que era negado en su diario anterior: la ira, la angustia, la depresión, la tensión siempre irresuelta entre la necesidad y el miedo a la soledad. Con un denodado esfuerzo de honestidad intelectual que exhibe la vulnerabilidad e inacabamiento de su propia subjetividad de mujer, la autora intenta desmontar aquí su propio mito, el que construyó en su anterior entrega, el del falso paraíso de la soledad, el de la ermitaña, el de la “sabia ancianita que está por encima de todo.” (146)

La naturaleza con sus cíclicos rituales -el ritmo de las estaciones, la poda, la siembra, la cosecha, el riego, la floración- se constituye en la opción más potente de orden frente al caos y al infierno destructivo del desborde y del dolor psíquicos. Otro tanto ocurre con las reiterativas rutinas domésticas que ofrecen una ilusión de armonía y paz a la convulsionada e inestable personalidad de la escritora. Este planteo de raigambre oriental en torno al desapego -“aprende a perder para luego recobrar, y recuerda que nada permanece igual por mucho tiempo, ni siquiera el dolor (...). Resiste, Déjalo pasar. Suéltalo” (35)- va sustentándose también en un variado mosaico de intertextos literarios que incluye a T.S. Eliot, a Virginia Woolf, a Yeats, a Robert Frost, a Katherine Mansfield, a Ted Huges, a Rilke o a Simone Weil, entre muchos otros.

Si bien, la sucesión de las fechas del diario -de un otoño a otro otoño- van dando cuenta de una amplia gama de reflexiones que exploran el tema de la homosexualidad, la edad, el amor, la amistad, la soledad, el miedo, la ira, la vergüenza..., resulta incuestionable que el lugar que ocupa la poesía -y la reflexión sobre la poesía- en este libro es central. Para Sarton la poesía es un don, algo involuntario, un fruto de la inspiración, “un trabajo del alma” (40) y, sobre todo, un “diálogo con el yo” (41). De aquí que la escritura del diario y la escritura poética nunca coincidan: “Últimamente me ha resultado imposible llevar este diario porque estoy escribiendo poemas que se apoderan de toda la esencia de mi energía”, leemos en la entrada del 17 de octubre. El buscado aislamiento será la condición necesaria para la meditación y la escritura; cualquier intrusión de “la vida social” es vivida como una interrupción de ese clima fructífero, imprescindible para la creación poética.

El diario se nos presenta ante todo como un ejercicio de meditación e introspección, un camino o un viaje de aprendizaje, crecimiento y autoconocimiento a partir de la voluntaria elección del aislamiento. Pero hay en él también varios pasajes ensayísticos de crítica literaria como éste referido a la poesía de Auden: “¡Cuánto misterio encierra Auden! Ha construido una nueva poética, incluso más original que la de Eliot, creo, una poética basada en la antítesis de la ´poética´ conocida hasta ahora, irónica, anti romántica, ingeniosa y en modo alguno hinchada.” (103) O este otro sobre la poeta norteamericana Edna St. Vincent Millay: “Los poemas de Millay son una bella invención musical cuando alternan, de una forma bastante brusca y en apariencia natural para el ritmo de la respiración, versos cortos y largos...” (121). Y otro tanto podríamos decir de los fragmentos destinados a la crítica pictórica, musical o cinematográfica como así también a las productivas interrelaciones entre todos estos lenguajes.

Tampoco la historia de los EEUU queda fuera de este libro. Con la Guerra de Vietnam como trasfondo, la autora realiza una lúcida disección quirúrgica de su “civilizado” país de adopción ampliando y elevando siempre el círculo de sus reflexiones hasta comprometer a la entera condición humana. Leemos, por ejemplo:

debemos asumir que la democracia norteamericana se ha visto imperceptiblemente relevada por un gobierno constituido a base de cárteles y grupos de poder (...), que ha eludido lidiar con la comprensión del pueblo. Hemos llegado a entender que los negros, lejos de haber sido liberados, aún están oprimidos en todos los aspectos, y ahora empezamos a darnos cuenta de que las mujeres deben enfrentarse a una compleja y dolorosa guerra por su autonomía y su integridad. Debemos tragarnos la verdad, por amarga que sea, de que las cifras de delincuencia juvenil son altísimas; hay muchos chicos y chicas enganchados a las drogas, porque la identidad que hemos creado para ellos adolece de tantos errores y tantas carencias que la juventud acaba buscando en ese inquietante mundo una especie de iluminación. Y lo más duro de todo es tener que darle la razón a Simone Weil, pues seguramente la tiene cuando afirma que, para aliviar a Dios de la responsabilidad de los horrores que conforman este mundo, debemos contemplarlo desde una distancia infinita. (180)

 

La búsqueda incesante del sentido sagrado de la vida atraviesa las páginas de este bello diario; un sentido buscado en la unión mística con la naturaleza, pero también en el amor y en la escritura sobre el amor. El libro es también la historia de una ruptura amorosa larga y dolorosamente postergada: “Ahora empiezo a mostrar indicios de un regreso a mi yo más profundo, que durante mucho tiempo ha estado demasiado absorbido y maltrecho para funcionar. Ese yo me dice que estoy destinada a vivir sola y a escribir poemas para otros, poemas que rara vez han llegado a la persona a quien estaban dirigidos” (213).

 

Selección del Libro:

“Vivo sola, tal vez sin otro motivo que afirmarme como criatura imposible; distinguida por un temperamento que nunca he aprendido a manejar como es debido; capaz de desconcertarse por una palabra, una mirada, un día lluvioso o una copa de más. Mi necesidad de estar a solas siempre está en contrapunto con el miedo a todo aquello que sucederá si de repente, una vez adentrada en el enorme y vacío silencio, no puedo encontrar apoyo alguno.” (13)

“Cuando afirmo que la vida y el amor se engrandecen con la edad, el sexo me parece lo más nimio. Crecemos a cualquier edad conforme ensanchamos la conciencia y aprendemos un nuevo lenguaje, o un nuevo arte u oficio -¿la jardinería?- que implique una nueva forma de mirar el universo. El amor es uno de los grandes expansores del ser humano, pues nos impele a ´acoger´al extraño para comprenderlo...” (96)

“Debemos vivir lo más cerca posible de todo cuanto deja una puerta abierta a lo que E. llama sagrado. Cada vez tengo más presente la idea hindú según la cual un hombre puede abandonar a su familia y sus responsabilidades para convertirse en un santo, un vagabundo, al llegar a la vejez y con el fin de completarse a sí mismo, pues alcanza un tiempo idóneo para dejar a un lado todo aquello que ha apartado a su alma de la naturaleza, de la pura contemplación. El problema entonces consiste en no sumirse en la apatía.” (122)

“También yo he cometido muchas faltas por culpa de los excesos, y he impuesto exigencias emocionales sin darme cuenta de lo que estaba pidiendo; también yo creía dar cuando, en realidad, no hacía más que golpear para llamar la atención.” (209)