SANTIAGO ESPEL

(poemas inéditos)

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Nació en la Ciudad de Buenos Aires, en 1960.

Publicó en poesía rapé, 1988 (Faja de Honor de la S.A.D.E); Pavesas & Muelles, 1990, Misas en Harlem, 1993 (1er. Premio de Poesía Nacional Ramón Plaza); Cantos Bizarros, 1998; La claridad meridiana, 2001; La víspera sí, 2002; Isoca, 2004; Vulgata, 2006; 100 haikus, 2008; Cuaderno acústico, 2010; La penitencia, 2012; Notas sobre Poesía, 2013 (Ensayo, con versión completa al inglés por Carlos Altschul); Mesa de entradas, 2015; Breviario exótico de accidentes poéticos, 2016; Photo Carné, 2018 (Premiado en el Concurso Internacional de Poesía Raúl González Tuñón y traducción al inglés por Carlos Altschul); y El Pan de la rabia & El Vals, 2019. También recibió una Mención Especial en el Primer Concurso Provincial de Poesía “Francisco López Merino”, por su breve poemario El Margen.

En 1995 publicó la novela La Santa Mugre o El País de Cucaña, en Grupo Editor Latinoamericano.

Integró junto a Jorge Rivelli, Javier Adúriz, Griselda García y Esteban Moore, la revista de poesía Omero. Y con Fernando Kofman codirigió la revista de pensamiento y poesía FranKBaires. Es miembro de la Sociedad de los poetas vivos.

Coordina talleres de escritura en Vicente López, lugar donde reside.

Es editor del sello de poesía, narrativa y ensayo, La Carta de Oliver, desde 1990, en el que lleva editados de manera independiente alrededor de 100 títulos.

La esponja con vinagre

 

Forzó al límite la vanguardia

y se perdió de noche en el contraste de la salina.

 

Se impuso la penitencia del soneto

y la extravagancia del verso yámbico.

 

Lo encontraron disecado y con los ojos en el cielo.

 

 

 

 

Obituario en un pueblo de provincia

 

Ahí fueron a dar huesos y palabras

del poeta enamorado, su lentitud proverbial,

sus botas para caminar el monte, su sombrero.

 

Donde hubo savia hay una flor.

Donde hubo espinas hay un cántaro de vino.

 

El epitafio sobre la piedra

recuerda el galope de un centauro cimarrón.

 

 

 

Crónica de la muerte del autor

 

Podría ser un primerísimo y magistral plano de Chabrol,

porque llueve en París, y el viento golpea con fuerza

en los toldos de los cafés, mientras un hombre con

sobretodo cruza la calle con un diario bajo el sobaco

y un cigarrillo en los labios, pegado a la comisura.

Sigue otro plano en perspectiva plana y casi velada:

Una camioneta de lavandería dobla una esquina

y embiste al hombre que no ha terminado de cruzar

ni de llegar a la Sorbona, donde al parecer, se dirige.

El cuerpo acusa el impacto y queda laxo en la calle.

Estamos en la Rue des Écoles, es 25 de febrero de 1980.

Un travelling recorre de pies a cabeza al viejo canoso

que ha perdido sus zapatos y el diario del día.

De alguna extraña manera, el cigarrillo sigue pegado

a su boca, y el fino papel se empieza a teñir de rojo.

Después de amagar algo que parece una disculpa

o un gesto impávido de asombro e indignación,

el hombre que maneja la camioneta con ropa limpia,

planchada y perfumada, se aleja del círculo de curiosos

y dobla con vehemencia la esquina, dejando el rastro

de los neumáticos borrándose en la película de agua.

El hombre que maneja la camioneta es una silueta

que no sabe que acaba de atropellar a un viejo canoso

nacido Roland Barthes que habló de la muerte del autor.

El viejo canoso morirá un mes más tarde en un hospital.

Predijo la desaparición y la muerte metafórica del autor.

Encontró una mañana de frío y de manera involuntaria

el signo más concreto de su semántica y su fatalidad.

Los dos inciden en el pensamiento contemporáneo:

Uno por haberlo gestado. Otro por haberlo interrumpido.

En alabanza de los pecadores

 

 

Con la pérdida del Reino

la iconografía reemplazó

al racionalismo

 

y los Tribunos se hicieron

fuertes, al punto del

onanismo.

 

La culpa la tiene el Bosco

por su descarado realismo

en la pintura.

 

El fin de las ideologías

 

Luego de tropezar

con maniobras de probada eficacia

y al borde indubitable del ridículo

 

el gesto más irreverente

seguirá siendo el mismo:

sacar la lengua.

 

 

 

Arte de fotografiar

 

 

El inconfundible sonido

del diafragma al cerrarse

y absorber la luz.

 

Rebanada de tiempo e imagen

del instante a la eternidad.

 

Eco mudo y parálisis

luz de la aurora y guillotina

de una mirada absorta

 

en ese mecanismo de captura

más letal que la misma luz.

 

Un golpe de dados jamás abolirá el azar

 

El órgano en el pan

El orégano en la cama

El orgasmo en la iglesia

 

¿Y a esto llaman caos

los criteriosos programadores

de sentido?

 

Los oficios serviles

 

De tales esgrimas tales heridas:

el ronroneo pomposo del aplauso

el gramo de más

la lengua del caniche.

 

De tales premisas tales mentiras:

Los bífidos, los mudos, los bienaventurados.

 

 

Babieca

 

Tratando de entender las propiedades

abstrusas de los carbones y los aldehídos

en plena clase, en la noche cerrada,

tu cuerpo abierto de ciervo rojo bajo la luna.

 

Nada de lirismo, me dijiste, haciéndome

                                             lugar en la cama.

 

 

Esperma de ballena

 

Ahab lideró una épica

con la escritura de sus arpones.

Lejos de igualar esa mitología

la industria de la cosmética

se ocupa de la belleza

de atildadas señoras

que jamás leerán Moby Dick.

 

 

 

El hacha de silex

 

Rebajada a vitualla arqueológica

el mango rústico abraza los cantos de la piedra

y se pierde en vaguedades de estilo, la forma

en que caía sobre el lomo del animal

                        o sobre la espalda del adversario.

 

Una tipificación celosamente estudiada

hace de la bravura de antaño un visaje,

una elegía para el asombro del museo.

 

Ríos de sangre intactos aún corren

por su filo irregular, y van a secarse

                                    en el liquen de los muros.

 

De esa doctrina abrevan los hombres,

sin enjuagarse las manos, ni mirarse a la cara.