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Tres relatos inéditos

Entre la piedra y el Dios Sol/
Los hilos del Dios del Amor 

 

 

VICTORIA SATRAGNO nació en Córdoba en noviembre de 2003. Se crió en General Villegas, provincia de Buenos Aires, y desde niña se interesó en la escritura, convirtiéndose a la vez en una lectora voraz. Durante la secundaria, participó con cuentos en concursos literarios escolares y extraescolares, y mereció el Primer Premio en dos de ellos, además de escribir artículos para la revista Dar que hablar, publicada por su colegio. A partir de este año, seguirá la carrera de Comunicación en Buenos Aires.

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Entre la piedra y el Dios Sol
 

 

 

Su piel curtida acarició unas cuantas veces el áspero pelaje grisáceo, pasando luego los dedos por colmillos tiesos y amarillentos, incrustados en una boca de expresión triste. Sus ojos, secos y cansados, continuaron hurgando entre esos espacios de vida vacía sin culpa, deseando que fuese suficiente para pasar la noche.

Se estremeció al pensar en que la criatura de bultos pesados debía de estar esperándolo.

Solían encontrarse bajo un techo rocoso, oscuro, repleto de garabatos y figuras en las paredes. Recordaba haberse alegrado al generar una especie de luz candente, rojiza, en aquellas penumbras. Había guardado los trozos de madera para usarlos en otra ocasión, cuando azotase el frío, tal vez como ahora. No era tan difícil llamar a la luz.

Tomó al bicho mugriento por las extremidades y lo cargó cuesta arriba, hasta las áridas cuevas. Pequeños chorros de sangre iban goteando en el camino y ensuciándole las piernas. Era desagradable, pero no le importaba, sólo quería estar cerca de la criatura de bultos pesados, recostados entre la piedra y la maleza sombrías.

 

 

Al verlo, la criatura sonrió.

Se abalanzó encima suyo y ambos comenzaron a devorar la carroña.

Se sentía bien estar allí, en ese lugar tranquilo y confortable. A lo lejos, se oían extraños rejuntes de voces, fugaces cánticos resonantes entre las praderas. Eran firmes, fuertes y estruendosos. También se distinguían tamborileos, golpes en el suelo y hasta silbidos: más ruido inundado de un ritmo atrapante y ordenado. Seguramente se tratase de algún ritual comunitario, esos que sucedían bastante seguido, siempre en noches negras.

Poco a poco, el silencio penetró nuevamente en la cueva y le siguió una frívola correntada de aire. Él fue, entonces, en busca de sus herramientas para llamar a la luz. Las frotó con vehemencia, fusionándolas, apretándolas una contra la otra, hasta que la chispa flamante apareció de repente.

La criatura movió los brazos en forma jovial. No sabía dar las gracias de otra manera que no fuese bailando con sus bracitos llenos de cicatrices.

Así, acurrucados frente a la luz sin emitir sonido alguno, disfrutaron de la velada donde ellos querían estar.

 

 

 

 

Se voló el tiempo. Lo duradero y lo efímero. Lo volátil. Todo.

Unas mechas blancas caían sobre esos ojos otra vez exhaustos.

Exhaustos de tanto abrirse.

Para observar con lujo de detalle los garabatos y las figuras dibujadas en las paredes de la cueva. Se desprendían palitos por aquí y por allá, rojos como la luz misteriosa, formando uniones que daban sentido a cada obra, más grande o más chica.

Animales. O a lo sumo alguna planta que creciese en los alrededores. Cosas insignificantes, en cierto punto, pero cosas al fin. Cosas con un trocito de espíritu. 

Por haber visto cómo el Dios Sol se ocultaba tras la nada, sabiendo él que mutaría o resucitaría o nacería uno nuevo pronto, muy pronto. Le gustaba verlo morir, porque ése era el momento exacto en el que regresaba a la cueva cada día.

Pensó en por qué no había pintado esa escena tan hermosa junto a los animales y las plantas. El Dios sí era de color rojo por elección propia cuando se escondía.

Recorrió mentalmente la cueva, cada recoveco era una historia. Suya y de la criatura de bultos pesados, con quien había compartido la vida en ese sitio perfecto, en su Paraíso.

 

 

Cuando debió irse, lo hizo allí.

Quizá acabó por convertirse en alimento para insectos, o en átomos en los pétalos de una flor.

Qué suerte que fue ahí.

Lo único que se llevó consigo fue amor.

Amor hecho de bultos pesados, luz y piedras.

Los hilos del Dios del Amor

 

 

Un mimo lo devolvió adonde estaba. O era más bien un roce, un instante del tacto del pie, plagado de manchas fuertes, duras y viejas, de la criatura mayor.

Miró la dermis lastimada y después la miró a ella. Las enormes bolas colgantes de la zona media parecían hinchárseles con cada inhalación, y relajarse al exhalar. Las marañas en su cabeza se alborotaban aún más al pasar las ráfagas saludando. ¿Serían esas las mismas que hacían a los dioses impulsarse ferozmente para llegar al Paraíso, poblado de lo sagrado y lo prohibido, lo secreto, lo inimaginable de ellos y reunirse?

 

 

Así, tomó ambas manos de la criatura mayor y las estiró hasta la finitud de lo infinito, hasta esas lejanías en donde ni las altísimas láminas verdosas o los tubos macizos que las sostenían, de color apenas más oscuro que la tela borrosa posada debajo y bañada gracias a las elegantes multiplicaciones de las aguas grandes que se yerguen unas sobre otras; ni los monstruos empinados que vomitan, hirviendo, efervescentes afluentes, son capaces siquiera de ser recordados o mucho menos de asemejarse a ese esplendor.

Los deditos de la criatura mayor se balanceaban en el aire, quizá no por siempre, pero al menos un momento. Buscaban ese Paraíso, querían ir, y él pareció notarlo. Con fuerza, llevó las manos de la criatura mayor todavía más lejos mientras acercaba el resto de su cuerpo hacia sí.

 

 

Pintaba. Trazaba una historia con hilos de moco sobre la piel de la criatura mayor. Cornisas valientes, montes inagotables y otros pedazos de vida del Dios que todo lo cura, lo revive, lo mejora. Eran líneas longevas y transparentes, dibujadas una y mil veces con la pureza de sus yemas sucias.

Ardía y picaba la piel de tanto moco de babosa o de gusano o de lo que fuera. Unas ronchas pequeñas y puntiagudas asomaban de entre los bordes defectuosos. La criatura mayor aulló cual lobezno desarraigado y eso bastó para que él echase una buena cantidad de saliva y se borrasen las historias.

 

 

La aplastó contra sí. La carne fina y el abdomen rasguñado se impregnaban entre huecos de ambos, encastrados como símbolos en la piedra.

La invitó a las aguas grandes sin esperarla, sabiendo que lo seguiría, que iría con él. Señaló de vuelta a la distancia y mojó, primero los extremos de los dedos, luego los tobillos, tras andar hacia allá.

La criatura mayor se sumergió de un chapuzón, riendo a carcajadas.

 

 

Estaban allí, pensó él. Nada fallaría ahora. Juntos, y llegarían juntos también. Y todo sería tan perfecto que no querrían regresar, si es que podrían. Agradeció como pudo a esa eternidad que lo tocaba con buenos augurios y, por más que ciertas impronunciables plegarias se le formaron en la garganta, las tragó para ofrendarlas a los dioses en persona.

 

 

Cientos, miles, millones de hilos de babosa volando en el cielo, escabulléndose, revolviendo el horizonte en su anhelo ciego por escapar con los dioses.

 

 

De pronto, la criatura mayor lanzó un terrible alarido y regresó descontroladamente a las costas. Se sentó, desesperada, y comenzó a frotarse los pies, las manchas. Se habían vuelto más sombrías y pronunciadas, al punto de deformarla. Las más dañadas echaban fluidos viscosos que caían y eran absorbidas por las reproducciones onduladas de las aguas grandes.

 

 

Otro par de veces quiso él llenarle los espacios de dolor con algún llamado al Dios del Amor. Quiso acomodarse sus pies en el regazo y tatuarlos con rayas invisibles de un mundo parcialmente compartido, encriptarles una marca de esperanza y de necesidad. Quiso rasgarle desde lo más profundo hasta lo más superfluo.

Pero los gritos violentos de la criatura mayor aumentaban con cada tajo de moco y acabaron por convertirse en resignación.

 

No se encontraron, sus narices, cuando ella se incorporó. Tampoco cuando se alejó en dirección a un recoveco oscuro en el que se metió adentro, sola, y se quedó besándose los pies.

 

 

Él, empotrado en la orilla, rompió en añicos la promesa de abrazos y de confianza que había sido únicamente para los dioses. La tiró a la nada y le escupió a una babosa que pululaba arrastrando el telón brumoso.