Cuentos

CUANDO PASA EL TREN

de Cristian Vázquez

Los espectadores se pasman, cuando pasa el tren.

 

Kafka, primera nota

en su Diario, 1910

 

 

Por la ventana se veía la avenida, la plaza con los juegos, las vías del ferrocarril, la Virgencita, y llegaba el ruido de los colectivos y, pese a los dos pisos, hasta el barullo de los chicos que salían del colegio e iban y venían. Sebastián cerró el vidrio y todo quedó como encapsulado, pero del lado de afuera. Lo que ahora escuchó fue la descarga de la cisterna del baño. Laura apareció medio minuto después.

¿Y, se ve algo?

No, respondió Sebastián. Me parece sentir el olor. Pero qué sé yo, viste que uno se sugestiona…

Te voy a pedir un favor más antes de que te vayas, dijo Laura, y sonrió con los ojos y se quedó esperando una respuesta.

Sebastián también sonrió.

Ay, no sé si vas a querer, agregó ella. Si te aburre decime.

Qué cosa?

Laura dijo que había comprado lana y señaló unas madejas que descansaban en una canasta, sobre un sillón, una roja, una verde, una azul, una gris. Ponete así, dijo y le mostró cómo: las manos delante del cuerpo, las palmas enfrentadas, los pulgares hacia arriba, como si estuviera sosteniendo una pelota de fútbol. Sebastián la imitó. Ella le tomó las manos y las alejó un poco de él, es decir, las atrajo hacia ella. Luego ella tomó la madeja de lana roja, que era una especie de rollo o de bobina, y la colocó en torno a las muñecas de Sebastián. Para tejer las necesito en forma de ovillo, explicó, mientras tomaba el extremo de la madeja y comenzaba a ovillarla, a gran velocidad, alrededor de una aguja de tejer. No tardo nada, dijo haciendo una pausa, ¿puedo?

Sebastián, sin dejar de sonreír, asintió.

Lautaro no quiere hacer esto, lamentó ella. Dice que se cansa y se aburre y no quiere.

Como Sebastián no dijo nada, siguió hablando ella:

El hombre que me vende la lana esto lo hace con una maquinita. La pone y en un minuto ya ovilló todo.

Vos lo hacés muy rápido, igual.

Si ahora vos no me ayudabas lo iba a hacer con el respaldo de la silla. Pero es incómodo, porque se engancha. Ves que vos hacés así con la mano… Si no hicieras así se engancharía… ¿Te cansa?

No.

¿Te aburre?

No me aburre.

En todo caso hago uno solo. O dos.

Tranqui, hacemos los cuatro. Un minuto cada uno.

Iban por la mitad de la primera madeja cuando sonó un teléfono. Laura se sobresaltó. Tardó unos segundos en descubrir que su celular estaba sobre uno de los estantes del mueble que separaba el living de la cocina. Dudó por un momento de qué hacer con el ovillo que había ido amasando entre sus dedos. Luego lo apoyó en el suelo. Le dijo a Sebastián que ya volvía.

Hola, Chu… sí, acá en casa… estoy con Sebas… vino a traerme el suavizante… hace un ratito, y merendamos y ahora… sí… no, nada… ah, sí, trajo fotos de España… impresas, sí…

Sebastián trató de concentrarse en la televisión, que brillaba, con el volumen apenas audible, en un canal de noticias. Las imágenes, los videographs y la voz en off giraban en torno a los incendios: estimaban que las hectáreas quemadas serían unas setenta mil, que esa mañana el humo había alcanzado su máxima intensidad, que la policía federal había detenido a dos sospechosos y que era inminente que cayera el tercero, que la presidenta no descartaba una conexión con los sectores del campo con los que su gobierno estaba en conflicto desde hacía semanas, que según fuentes del Servicio Meteorológico Nacional la humareda permanecería sobre la Capital y el Gran Buenos Aires durante unos tres o cuatro días más.

… sí, Chu… ¿tarta de jamón y queso está bien?… dale… dale, besitos…

Sebastián le hizo unas señas extrañas y algo de mímica.

… acá Sebas te manda saludos… dice que gracias e igualmente…

¿Y, pudo arreglar?, preguntó Sebastián cuando ella ya había dejado el teléfono sobre el mismo estante y levantaba la lana del suelo.

No, tiene que quedarse a cursar, porque entregan un trabajo práctico con los compañeros. Va a llegar como a las once.

Qué tarde.

Los jueves siempre vuelve a esa hora.

Laura recuperó enseguida su ritmo ovillador. Tenía como clavados en las mejillas los hoyuelos que se le formaban al sonreír.

Salió de una clase y está por entrar a otra y me llamó.

Está entusiasmado con la carrera, ¿no?

Sí. A veces se bajonea un poco porque no tiene mucho tiempo y le mandan un montón de ejercicios y no llega a hacerlos todos, y dice que en el examen no le va a ir bien. Pero yo sé que sí le va a ir bien.

Claro que le va a ir bien. Seguro.

Laura terminó por fin el primer ovillo y le preguntó si podían hacer otro. Sí, claro, respondió Sebastián. Ella colocó la madeja verde alrededor de las manos de él y volvió a su tarea. Ahora los dos fijaron la vista en el televisor. Un hombre al que presentaban como especialista en cuestiones judiciales describía las posibles penas contra los culpables de los incendios.

¿Le contaste a Esther lo del humo?, preguntó Laura mientras ovillaba la madeja verde.

Sí, le conté, pero igual ella lo vio en la tele. Salió en los noticieros y los diarios de allá también.

Las cosas por las que somos noticia.

Viste. Siempre con rarezas.

Yo no sé cómo no te diste cuenta del color de ojos.

¿Y por qué te acordaste de eso ahora?, se rio Sebastián.

Porque la nombré y me acordé de las fotos, y recién cuando las miraba no te dije nada, pero con los ojos que tiene no puedo creer que no lo supieras.

Es que tiene las pupilas muy grandes…

Laura soltó una carcajada socarrona.

No se lo cree nadie, ¿no?, dijo Sebastián. Eso es lo que dice ella, que tiene las pupilas muy grandes. Es lo que me dijo a mí cuando le conté que no me acordaba del color de sus ojos.

¿Se lo contaste? Yo que ella me re enojaba.

Sebastián, avergonzado, dejaba sus ojos en la tele.

Aparte, trató de defenderse, la había visto un par de días nada más.

Dejate de joder. Volviste re enamorado de ella y no sabías el color de sus ojos.

Será que me fijé en otras cosas.

¿En qué te fijaste?, preguntó Laura y le brilló la mirada.

Qué sé yo, Lau.

¿Qué es lo primero que le mirás a una mujer?

Sebastián se quedó mirándola con gesto de reproche y fue ella quien ahora desvió la vista hacia el televisor.

Sé que ya te lo pregunté alguna vez, agregó ella. Pero no me acuerdo. ¿Te molesta que te pregunte?

No, Lau, no me molesta.

Bueno.

La cara.

¿La cara le mirás?

Sí.

¿Qué parte de la cara?

La cara en general. El conjunto. Miro a una chica y me gusta o no me gusta. Es como una impresión, el golpe de vista. Los detalles van apareciendo después.

Como el color de los ojos, se rio ella, y luego él también.

Laura se concentraba en el ovillo verde casi completo.

Pensaba hace poco, continuó Sebastián, que todas las chicas con las que estuve tienen cara de buenas. O, más que cara, pinta de buenas.

¿Esther tiene pinta de buena?

¿No te parece?

No sé, no lo había pensado.

Se lo dicen. Me cuenta ella que a veces se lo dicen.

En ese tren debe venir mi mamá.

¿Qué tren?

Ese, ¿no escuchás?

Se quedaron callados y Sebastián se concentró y descubrió, por encima del sonido del televisor, desde la cápsula en que habían quedado los ruidos de afuera, el ruido del tren que parecía destartalarse mientras se acercaba a la estación.

Claro que ahora que viven acá tienen el ruido de los trenes, dijo.

Al principio, contó ella, me despertaba cada vez que pasaba uno de noche. Imaginate que yo estaba acostumbrada a la casa de mi mamá, allá en el Alpino, no hay ningún ruido, es todo campo. Acá yo sentía como si hubiera entrado un elefante en la cocina, más o menos.

Qué exagerada.

Ahora ya me fui acostumbrando. Pero cuando pasa lo escucho.

Ahora te avisa cuando viene tu vieja.

Sí. Se suele pasar por acá cuando vuelve del trabajo. No es seguro, igual, capaz que viene en este o por ahí en el siguiente.

Pasaron unos minutos. Laura terminó el ovillo verde. Sebastián tomó la madeja azul y la acomodó entre sus manos. Laura parecía ovillar cada vez más rápido en torno a la larga aguja de tejer. Su mamá no apareció. En la tele, un movilero entrevistaba a un tipo gordo en una vereda de la Capital, junto a un puesto de flores. El tipo decía que el humo era la quinta plaga argentina. Las primeras cuatro habían sido el granizo, las inundaciones, la sequía y la nieve. Pronto llegaría la sexta, profetizaba, las cenizas de algún volcán. Y que Dios nos libre de la séptima. Que Dios nos libre, repitió. Después empezó una publicidad en que un hombre y una mujer de cuerpos perfectamente torneados hacían ejercicios sobre un aparato que parecía un banquito plegable para ir a la playa.

¿Cada cuánto vienen los trenes?, quiso saber Sebastián.

Laura miró un reloj colgado en la pared.

Cada veinte minutos, a esta hora. ¿Te tenés que ir?

No, volvió a sonreír Sebastián. Te preguntaba nomás.

Ya terminamos este, y sólo nos queda uno.

En una tira de Mafalda, dijo Sebastián, ella la ayuda a la madre a hacer esto mismo.

¿En serio?

Cuando terminan, Mafalda le dice algo así como: tendríamos que cacarear, acabamos de poner un huevo de pulóver.

Laura se rio. Ambos miraron los dos ovillos ya hechos, el rojo y el verde, y justo ella terminó el azul y lo colocó junto a los otros dos y dijo que era verdad, parecían huevos. Qué pícara que es Mafalda, agregó.

Vos no tenés pinta de buena, dijo Sebastián, como si aquello fuese una conclusión evidente de la charla anterior. Había aprovechado el momento en que se ponía la madeja gris entre las manos para no tener que mirarla a la cara, pero la veía de reojo. Nunca tuviste, insistió.

¿No?

¿Nunca te lo dijeron?

¿Qué cosa?, dijo Laura, ovillando a toda velocidad la lana gris.

Que no tenés pinta de buena.

En mi familia tengo fama de pícara, admitió Laura.

Como Mafalda.

Pero vos, Sebas, me conocés. Sabés que soy una boluda.

Yo creo que vos sabés que no sos ninguna boluda, dijo Sebastián.

Se miraron a los ojos dos, tres, muchos segundos. Ella había bajado el ritmo del movimiento de sus manos. Después él volvió la vista al televisor.

Lautaro nunca me dice que soy buena.

Sebastián siguió mirando la tele.

A veces me dice que soy mala.

Volvieron a cruzar las miradas. Ella sonrió. La lana entre sus dedos había recuperado la alta velocidad.

Así que en España fue noticia el humo, dijo Laura después.

Esther me dijo que flipaban con la noticia.

¿Qué es flipaban?

Que se sorprendían mucho.

Estos gallegos y sus palabras.

Viste.

¿Y ella está contenta?

¿Por qué?

De que ya estés por volver.

Ah, sí. Muy. Como yo.

Qué emoción, ¿no? Lo pienso y se me pone la piel de gallina a mí.

Va a ser muy lindo.

Laura terminó el ovillo gris, lo dejó junto a los otros tres, agradeció con emoción.

De nada, dijo Sebastián. Ahora sí me voy.

En ese momento sonó el timbre. Ella atendió el portero eléctrico y dijo sí y presionó el botón que permanecía oculto cuando el tubo estaba colgado.

Te vas a cruzar con mi mamá, dijo.

No escuchamos el siguiente tren.

Parece que al final vino en colectivo.

Laura volvió a agradecer con mucho entusiasmo y luego hablaron de hacer algo el fin de semana, podían comer una picada en El Almacén, ella arreglaría con Lautaro y Sebastián hablaría con Ale y con Carlitos. Se despidieron con un beso en la mejilla. Sebastián y la madre de Laura se cruzaron en el descanso del primer piso. También se dieron un beso en la mejilla. La mujer pareció sorprendida.

¿Qué hacés? ¿Lautaro está?

No, respondió Sebastián, está en la facultad, y sin esperar la respuesta de la mamá de Laura dijo nos vemos y siguió escaleras abajo, casi corriendo. En el final de la escalera, Sebastián se detuvo. Vio, desde ahí, al final del pasillo, la puerta de la calle, y la sintió vibrar por el estruendo del motor de un colectivo.

Cristian Vázquez-LOS-ELEFANTES-SABEN-OLV

“Cuando pasa el tren” es un cuento del libro "Los elefantes saben olvidar, Cristian Vázquez, mayo 2020, Rosario, Baltasara Editora.

 

 

CRISTIAN VÁZQUEZ

 

Nació en Buenos Aires en 1978. Creció en Florencio Varela, provincia de Buenos Aires. Estudió periodismo en la Universidad Nacional de La Plata donde en la actualidad dicta talleres de lectura y escritura. Vivió siete años en Madrid, ahora reside en Buenos Aires.

 

Es columnista de la revista mexicana Letras Libres. Ha publicado los libros Támesis (novela breve, 2007), Partidas (cuentos, 2012), El lugar de lo vivido (novela, 2018) y Contra la arrogancia de lo que leen (artículos sobre el libro, la escritura y la lectura, 2018). Los elefantes saben olvidar resultó la obra ganadora dela Convocatoria Editorial 2019 Narrativa (Cuentos) de Baltasara Editora.