UN LOBIZÓN EN PARÍS

UNA CHARLA CON ARNALDO CALVEYRA
con Abel Robino y Osvaldo Picardo

Habíamos quedado en un café, a las cuatro de la tarde. Llegamos con Abel, unos quince minutos después, tras haber sorteado una multitud en los pasillos del metro de París, unos que venían con sus obligados paquetes navideños, y otros muchos, que aún no terminaban de emigrar de sus calientes países. Arnaldo Calveyra ya estaba sentado, esperando, detrás de una terracita vidriada, mirando hacia la calle. En realidad, Arnaldo había llegado a esa mesa, una semana antes, para esperarnos... ¿Cómo había sucedido?

Arnaldo Calveyra: ¿Querés que te diga algo, sobre la memoria y el olvido? El sábado pasé dos horas, aquí. Dos horas.

Abel Robino: No me digas que fue esperándonos a nosotros…

A.C.: Claro. Ese día, hace una semana exacta, me levanté temprano, y, como de costumbre, tomé mate... Luego, se hizo la hora y vine aquí. Me senté ahí, ahí, en esa parte. Por eso cambié ahora… por espíritu de simetría... Pero más tarde, cuando llego a casa, miro la agenda y ...hoy era hoy…

A. R: ¿Te das cuenta? Olvida las cosas... Es como su literatura... Arnaldo tiene otra medición del tiempo, no es sólo distracción. En el fondo, la anticipación a una cita, también significa un elogio a quien se espera...

Osvaldo Picardo: ¿Qué acostumbrás a hacer en el día?

A.C.: Yo me gano la vida como traductor, aunque hay muy poco trabajo... o, tal vez, yo no lo busco. Antes era traductor… por ejemplo, podía traducir un tratado económico, para las empresas de Peugeot. Texto literario, no, porque eso exige otro trabajo. De pronto, al cabo de tres días todavía estoy buscando palabras para un poema que no es mío, entonces, no. Yo soy lento, necesito que el tiempo se abra delante de mí. Creo que soy una persona que puede vivir con nada, pero en el plano del tiempo, necesito mucho, mucho...

O. P.: He leído que te dedicaste a la docencia, en otro momento…

A.C.: Sí, pero muy poco, como profesor secundario, me di cuenta que no se podía hacer nada; tenía cuarenta horas, y los fines de semana eran para corregir los deberes de los alumnos. Tuve un infarto casi a los seis meses de venir. Y dejé... Ahora estoy trabajando en mi pieza y escribo mis cosas. Escribo y bueno tengo dos hijos, que también hay que ponerle el cuerpo… ¿Vos tenés hijos?

O. P.: No, no tengo hijos.

A.C.: ...dicen que se crían y luego andan solos…pero no, no es tan cierto. Hay que darles tiempo. Y no ansiedades, pero tiempo, sí.

O. P.: ¿Tus dos hijos nacieron aquí?

A.C.: Los dos nacieron aquí y no se les pudo dar la nacionalidad argentina. En ese momento estaba la dictadura y habían cerrado la posibilidad de una doble nacionalidad a los hijos de argentinos en el extranjero... Hasta en eso pensaron.

O.P.: ¿Cuál es el más viejo recuerdo de Entre Ríos, el más entrañable o distante, que puedas contar…?

A. C.: Mi casa, en el campo, donde nací. Yo tengo recuerdos muy frescos, desde los tres años, digamos. Creo que aquello era un paraíso, ciertamente visto a través del filtro de la infancia.

O.P.: Una especie de paraíso fantasmal.

A.C.: Sí. Me parece ver que la gente llegaba y se quedaba. Había, de repente, treinta personas comiendo... Qué decirte… yo nunca más encontré eso... Si comparo, perdí, perdí. Pero, claro, no sabía escribir poemas. Después aprendí a escribir, a costa de soledades.

O.P.: ¿Cómo recordás a tu provincia?

A.C.: Entre Ríos es verde, muy verde, un verde como no hay otro, yo no he visto nunca más ese verde. Mi mujer me dice que soy un entrerriano entusiasta, pero lo que pasa es que no tengo otros cartabones de paisajes que me den tanto.

O.P.: ¿Y tu casa?

A.C.: Mi madre fue una maestra de la escuela, ahí en mi casa. Mi casa era una escuela. Estaba lejos de Gualeguay, a catorce leguas. Y a treinta leguas de Concepción del Uruguay, donde años después hice mis estudios secundarios.

Éramos cinco mujeres y siete varones. Yo era el séptimo. Sí. El lobizón…Y debe ser así, debe haber algo de eso. Me he hecho como lobizón y debe de haber algo de eso en lo que escribo.

O.P.: ¿Qué significa ser un lobizón?

A.C.: No sé. Hay algo de sonambulismo en todo eso. Yo tenía un hermano sonámbulo, eso sí. Lo teníamos que ir a buscar de noche. Sin despertarlo. Buscarlo, tranquilo, e irlo llevando despacito. Apenas si se lo tocaba. Y tenía la pretensión de irse en un tajamar que había. Era un peligro, podía ahogarse.

O.P.: Qué cosa maravillosa, porque eso es una imagen del sonámbulo.

A.C.: ...me imagino las cosas que podían pasar por su cabeza, y de las otras personas, al lado, tratando de llevarlo a la cama, de devolverlo a la cama. No creo haber sido sonámbulo, pero lobizón sí. Tengo como una impresión de aquello, pero estas cosas no se pueden explicar...

A. R.: De la misma manera que contás que llevabas a tu hermano, sin tocarlo, así tratás al lector. Lo tocás apenas, lo llevás apenas.

A.C.: Yo me descubro un amanuense lejano de mí mismo. Pero me maravillo una vez más: lo que la gente encuentra en lo que uno escribe, en lo que uno hace. Me parece que van tanto más lejos que uno. Si ellos escribieran las cosas que uno intenta escribir, no sé, todo sería genial...

A.R: ¿Quiénes estaban acá cuando vos viniste? ¿Cortázar, Saer?

A.C.: No, Saer no estaba, llegó un poquito después 

A.R.: Llegó por la época en que vino Julio Le Parc…

A.C.: No sé, no lo tengo muy claro …Recuerdo que a Julio Cortázar. Lo conocí, un día en que él vino a escuchar una de mis lecturas...leí con otra gente, estaba Eduardo Jonquières, que era gran amigo de él…También estaba Alejandra Pizarnik y qué también era amiga de Julio. Después naturalmente vino a saludarnos, y yo había leído de “Cartas para que la alegría” un texto que se llama Rayuela... Él me dijo: “Sabés que yo estoy escribiendo un libro que se llama Rayuela”. El azar fue tal, que no nos dejó hasta su muerte. Fueron encuentros extraordinarios, por ejemplo, encontrarse por la calle, tal como pasa en su novela...

A.R: Cortázar empieza Rayuela en Pont des Arts y hay un personaje que viene caminando, y ve la sombra violeta de la Tour Saint-Jacques. El fantasma de Cortázar pasa siempre por acá. Ese es el lugar.

A.C.: Pero, por supuesto.

A.R.: Y ¿Pizarnik?…

A.C.: La conocí mucho, sí. Ella andaba con escritores franceses, le gustaba la vida literaria. No era mi caso.

A.R: Tu actitud entre los años cincuenta y sesenta me hace acordar a la que tuvo mucha gente después, cuando vinimos nosotros, exiliados en los setenta. Es decir, retirarte y esperar. Otros, en cambio, quieren conocer a los “famosos”, los buscan, los imitan.

O.P: ¿Crees que hay maneras de tomar el exilio? ¿Tiene que ver con los temperamentos?

A.R: Es como en la cárcel. Hay tipos que entran, diciéndose a sí mismos que van a hacerse más combatientes, y otros que, de entrada, reconocen que han sido derrotados.

O.P.: Después de años, ya con una vida hecha en otro país y en otro idioma, siguen hablando en castellano. ¿Tiene que ver?

A.C: Sí. El castellano de Entre Ríos. Yo tengo un dejo, pero no he hecho nada por disimularlo. Hablo castellano en mi casa. No hago ningún esfuerzo para disimular. Creo que hablo francés lo mejor posible, a la hora de comunicarme con la gente. Si vas a la boulangerie o hablar con la gente de la calle, tenés que hablar bien el francés.

O.P.: A la hora de escribir, ¿qué pasa?

A.C.: ¡Ah, el castellano! Otra cosa no me sale. No, no… otra cosa no me interesa para nada. Es más, el francés es una lengua – lo vas a leer en ese artículo sobre Laure (1) que te he dado para La Pecera– que tiene el sujeto y después el verbo y después el predicado. Yo ya estoy mal aprendido, para mí el sujeto puede estar en otro lado... ¿por qué me voy a empobrecer?

O.P.: ¿No hay ningún tipo de influencia a la hora de elegir palabras?

A.C.: Hasta ahora no… Pero puede llegar.

O.P.: ¿En cuanto a los poetas que dejaste “del lado de allá”?

A.C.: Mastronardi, sí.

A.R.: Mastronardi tuvo una importancia muy honda en tus primeros pasos en la poesía.

A.C.: Lo hizo todo. Durante diez años, los fines de semana, los pasé en su casa; de viernes a lunes vivía en su casa. Él tuvo esa paciencia infinita. Era el hombre más bueno del mundo. Uno de los hombres más modestos, y también más sarcástico, socarrón.

O.P.: ¿Sarcástico consigo mismo?

A.C.: No, ni contra él mismo ni contra los demás. No sé de dónde le salía ni a dónde le iba el sarcasmo. Era una cosa criolla. Profundamente criolla. Pienso que Macedonio Fernández habrá sido así. Él hablaba mucho de Macedonio. Ahora salen las cartas que me mandaba. Ya están en prensa.

A.R: ¿Vos escribías ya?

A.C.: Yo había escrito una novela.

A.R: ¿Y él te la corregía?

A.C.: No, la novela ya estaba publicada, cuando yo lo conocí. Tenía entonces, quince años

A.R: Cuando vos ibas con tus textos, ¿cómo hacían?

A.C.: Todavía tengo algunos textos que me mandaba por carta. Me los mandaba corregidos, con colores. Pero sobre todo hablábamos.

O.P.: ¿Qué novela era?

A.C.: ¡Ah no! Esa novela está perdida…para siempre.

A.R: Osvaldo, yo tengo la inquietud de cómo lo corregía Mastronardi, porque cuando vos hablás con él, siempre te dice que está limando asperezas. Ahora, fijate vos que ese cuidado en la corrección le viene con colores.

A.C.: Los colores marcaban diferencias. Para no complicar, digamos que era el juego que él hacía con lo que no encajaba. Mis primeras cosas eran lamentables. No entiendo todavía, cómo él no ponía cualquier excusa para eludir la reunión.

O.P.: ¿Quiénes más estaban en esas reuniones?

A.C.: Su mujer que era extraordinaria, con una formación filosófica profunda. Había estado presa en el gobierno de Getulio Vargas, y huyó de Brasil a la Argentina, donde se encontró con Mastronardi. Una mujer espléndida, espléndida en todo sentido; físicamente, una diosa, una diosa.

O.P.: ¿Qué leías en aquella época?

A.C.: Qué decirte, de todo, leía como un desaforado. Empecé a leer a Borges muy temprano, gracias a Mastronardi. Porque Borges era muy amigo de Mastronardi.

O.P.: ¿Trataste de imitar a alguien, alguna vez?

A.C.: A los latinos, seguramente. Como estudiaba latín, se te va metiendo, por proximidad. No sé, yo no sé. Muchas veces me preguntan de dónde sale todo eso. Yo creo que sale de toda la literatura. Espero que bien manejada.

 

(1)Se refiere a In Signo Balbuli que se publica a continuación.

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