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IN SIGNO BALBULI
Arnaldo Calveyra

Este texto fue primero publicado en traducción francesa de Philippe Bataillon; bajo el título «In signo balbuli» (Bataillon, 1991: 41).  Luego fue publicado en su versión original cedida por el autor a La Pecera N.º 5, otoño 2003. Finalmente fue recogido en su libro El caballo blanco de Mozart, por editorial argentina La Bestia Equilátera en 2010.

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Muchas veces he oído decir que es una suerte para un traductor poder contar con la presencia, aunque más no sea esporádica, del autor que está traduciendo para ayudarse en su tarea. Para ayudarse – no puedo dejar de pensarlo – en la parte más discursiva de su tarea.

Nunca conseguí darme cuenta en qué los traductores de Platón o de Hölderlin, a lo largo y a lo ancho del mundo, se encontrarían en inferioridad de condiciones por tener que traducir a escritores que no son más de este mundo.

En todo caso, nunca comprendí la posible ventaja en el caso del traductor de poesía, cuyos poemas, una vez descubierta la clave del poema por traducir – en el sentido musical del término – deben ser comparados a los que aguardan al poeta – quién es también un traductor de poesía –, a menos y como es frecuentemente el caso, lo que se nos da a leer sean poemas traducidos sólo en apariencia.

Acaso, todas estas reflexiones ligeramente desencadenadas sobre el papel del escritor que secunda a su traductor nacen ahora como fruto de la deformación impuesta por el lujo de haber tenido una traductora como Laure, y todo ese ir y venir de personas tal vez justificado en la traducción de textos lineales, (o yo quisiera imaginármelos lineales) está lejos de justificarse en el caso de la traducción de la poesía, cuando lo que está en juego es un corte longitudinal y transversal de la lengua a la que se traduce y cuando lo que el traductor busca, al cabo de su periplo, es obtener una radiografía en su lengua – y también de su lengua – del poema en cuestión.

Laure también sacrificaba a la costumbre que hace que si el escritor que se traduce se encuentra a mano se lo ponga a contribución por unas horas.

Pero en ella ese llamado resultaba esencial (los años me lo dicen): la amistad, la comunidad de intereses, la complicidad con el escritor es lo que buscaba.

En su oficio de traductora, que ella decía proceder de si inhibición para escribir, ¿buscaba en la complicidad con el escritor las pruebas de lo escrito? ¿buscaba explicarse por su presencia el acto de la escritura? ¿buscaba saber de qué modo, en qué forma y momento se convocan unas palabras?

Pero esto es lo que ella hacía.

Llegaban nuestras reuniones y yo no tardaba en darme cuenta que lo esencial del trabajo – la visión – estaba ya cumplido, procedía de su primera lectura es que, como un ave de rapiña, se había incautado de lo que hace de la entonación de un poema algo viviente, empezando por las valencias que, palabra a palabra, vocal a vocal, consonante tras consonante, van tejiendo ese sistema de señales que terminan por ser un poema.

Yo le veía el esfuerzo por no dejarse desposeer, no distraer, de esa visión – que ella correspondía, si se le hubieran pedido explicaciones, al encuentro de esa tonalidad musical a que ya aludí –, momento de verdadero tránsito, en que el poema posible no es todavía y el anterior pereciera cesar de ser, amenguar su luz para suscitar una penumbra de nuevo alumbramiento.

Un poema sin su lengua, cortado de su lengua, no es nada o es muy poco; una vez que pareciera hacer abandono de ella para pasar – o tratar de pasar – a otra, en esos momentos de traspaso, reducido a lo que ese ha convenido llamar el sentido, el poema se queda en harapos.

Ese momento de peligro que corre el poema en busca de su nueva partitura puede darnos, metafóricamente, idea del peligro que corre el traductor de ese poema en el mismo momento.

Riesgo del poema, riesgo del traductor, riesgo de traducir.

Penetrar, luego, pero al unísono, pero simultáneamente, en esa caverna de donde pareciera emerger, como a presión del silencio, la palabra de un poema.

¿Pero de cuál silencio?

Van Gogh, en el negro de Frans Hals, reconocía, creo, hasta veinte y siete cualidades de negro.

¿Sí, cual?

Puedo testimoniar del largo, paciente, trabajo de acomodación de su visión al texto convertido ahora en voz que al llamar va nombrando, al texto que se iba precipitando hasta la última coma en esa nueva memoria (árbol inestimable suyo: oc y oil de su lengua reunidos) hasta que no quedara rincón sin impregnarse; puedo dar fe de esos momentos en que Laure accedía a tales encuentros, la llegada a la mesa del antiguo objeto flamante, puedo contar de los años que pasaron de una a otra de sus cartas con las mismas noticias, los mismos interrogantes, con sus noticias, siempre, de palabras, sus cartas que le servían para seguir buscando armónicos, para acompañar con esa lámpara del corazón cuya presencia no parecía que pudiera desvanecerse un día.

En esa operación, el traductor del poema y el poeta se encuentran ante la misma dificultad, en momentos diferentes quedan investidos de los mismos atributos de escritura: dudas, lugares de sombra, comprensión lo más justa posible de lo que un adjetivo puede vehicular y ser en el contexto naciente (no mandes nunca a un adjetivo a cumplir el trabajo del sustantivo) etc., es decir, su tarea, en ambos casos, no es de naturaleza diferente.

¿Y lo sería, nada más que porque el traductor no interviene en lo que se ha convenido llamar el sentido, los contenidos? ¿Y lo que llamamos contenido no es ya la lengua despertada por un ritmo, puesta en movimiento de esa cierta manera que también hemos convenido en llamar poema?

¿En qué difiere, repito, la tarea del traductor de la del creador de sentido se sentido es prácticamente al ciento por ciento la creación de una trama literaria formada por palabras y sus secuaces?

¿No es creación de sentido escoger palabras calentadas previamente al rojo, o volverlas incandescentes por tal elección?

               ¿O se trata de mera cuestión de cronología?

En ambos casos se trata no de una tarea mímica sino de una tarea de mimesis, de remembranza. Y todo esto que voy escribiendo me resulta indisoluble de la manera de mirar que Laure cobraba por momentos durante nuestras reuniones, mirada vuelta hacia el interior y al mismo tiempo hacia una ventana dejada entreabierta (la valencia abierta, el camino, siempre, que conduce de una palabra a otra), hacia lo que sucedía en su derredor, en el mundo de las cosas, una hoja de árbol que caía; en tales instantes de acecho soberano, hasta al gato que pasaba en forma de sombra podía verse atrapado por su visión al máximo de incandescencia.

               Cartas de Laure en años sucesivos ¡por tantas razones, además de la razón de las palabras! En el caso que nos ocupa, para volverme a hablar de un mismo texto, para rectificar una palabra – que en muchas ocasiones resultaba ser la misma de siempre, siempre dudosa – que le parecía perturbar la estructura del poema en cuestión, cuando no, ayudada por su prodigiosa memoria de la lengua y la poesía francesas, la tal palabra le seguía resultando dudosa por sí misma y ya con exclusión de su lugar en el poema – puedo dar fe de su fidelidad sin fallas a su lengua –; para decirme su desconfianza ante un adjetivo – un adjetivo, lo que “envejece” más rápidamente, las palabras de que más desconfiamos en el poema –; o para ayudarse, simplemente, del correo y seguir hostigando la página pendiente, para seguir en la dificultad, justo unas líneas para cambiar de dificultad, de dolor. Al día siguiente de una de nuestras reuniones, recibí de ella estas líneas que me permito transcribir:

“Todavía no me atrevo a decirte tolo lo “bueno” que pienso de tus poemas. Temo equivocarme. ¿Y si se tratara sólo de una correspondencia? Pero cuando conmueve tan profundamente a un lector debe comunicarse a otros mil. El mismo fervor que se apodera de mí cada vez que leo… pero no te diré quién, eso endurecería las cosas”.

               Otro recuerdo de Laure a su mesa de trabajo: su lucha de cada instante, su lucha a brazo partido por impedir al amodorramiento de su lengua, para mostrar y demostrarse a sí misma que su lengua merecía infinitamente la pena de que se la incomodara en ocasión de cada nuevo texto, petrificada al parecer en el sacrosanto principio o triángulo, en este orden: sujeto, verbo, complemento, aplicado a los poemas como un molde encontrado de una vez por siempre.

               Obligada a librar esa doble batalla: conservar intacta su visión: y contra una lengua que ella sentía “a priori” como propensa a una cierta forma de rutina, inmóvil en sus adquisiciones de siglos. Y aún una tercera batalla, más intima, más difícil de definir y, sin duda, de expresar, la batalla contra su ser íntimo en busca, cada vez, de nuevas libertades, para librarse de las ramas muertas del francés, acceder a un pre-Malherbe paradisíaco, y que ella, en su honestidad esencial no sudaba en atribuir a una falta de libertad para consigo misma.

               Así, se la sentía a veces inquieta, irritada a veces hasta la impaciencia (¡impaciencias siempre risueñas de Laure!) por no poder ir más lejos: “esto no puede decirse en francés” o: “esto no puede ser dicho así en francés”.

               Para terminar con el a priori que nos cuchichea al oído que lo que estamos por leer es un poema traducido, lo primero a lo que un lector tendría que estar atento tanto ante un poema “traducido” como ante un poema escrito en su propia lengua, es a una memoria de esa lengua, lo que de esa memoria se revela a medida que su lectura avanza.

               De ahí que ante esa posibilidad radical de lectura, tratar de comparar con el “original” se vuelva una operación irrisoria. Y no es que esté, personalmente, en contra de las ediciones bilingües de poesía, muy por el contrario, sólo que no creo que deba considerarse la lectura de ambos textos como placeres complementarios; a mi juicio no se trata sino de momentos autónomos en una experiencia del lector. Cuando se trató de poner en prensa esos textos en edición bilingüe, tanto Laure como Hubert Vyssen estuvieron de acuerdo en publicar un libro de dos entradas.

               En muchas ocasiones, Laure me habló de la dificultad – ¿la parte discursiva de la dificultad? – de traducir mis textos. Acaso porque cuando uno elabora a partid de la lengua, sea en favor, sea en contra: de la lengua, en todo caso, como contenido esencial, cuando se procede por fábulas sintácticas ya no quedan artificios de donde asirse, no falsas puertas que trasponer – o creer que uno traspone –, falsas ventanas desde don de contemplar falsos paisajes, y la lengua misma se le presenta a uno en toda su transparencia de axioma cuyos fundamentos tendremos, en rigor de verdad, de adivinar.

               Despojados de artificios, lo que queda es un desierto por atravesar.

               Como todo poeta digno de su oficio de reunir palabras, Laure sabía que tanto en uno como en otro caso, esa búsqueda de la palabra, “terminar” un texto, redunda siempre en un fracaso más o menos verdadero.

               Alejar el fracaso implícito en toda forma de expresión. Alejar, por poco que sea, el escándalo de la ausencia de expresión.

               En varias ocasiones le insinué que era locura insistir en trasponer músicas (Voltaire dixit) en esa forma – con sus manos desnudas, quería decirle. Invariablemente Laure me respondía que locura sería no hacerlo.

               Y en verdad, entre tantas cosas, la poesía era pera ella la piedra de toque de la prosa. Que se lean (o se relean) las novelas que tradujo y se comprenderá lo que quiero decir.

               ¿Y por qué en un poema la palabra colocada en una cierta longitud de onda, con un cierto ritmo, no sería ya la totalidad del sentido?

               ¿Qué otra cosa sería, si no, un poema?

               ¡Qué fácil sería traducir el “sentido” en un poema si no hubiera, al mismo tiempo, que practicar una radiografía de la lengua a la que se traduce!

               Una prueba: los poemas que se aplican a traducir lo que hemos dardo a convenir el “sentido”, traducen el sentido (y el poema) por la mitad, es decir, lo que es bien poca cosa…

               ¡Qué fácil resultaría traducir o escribir un poema si por sentido debiéramos entender el contenido, si sentido fuera tan sólo lo que damos en llamar contenido!

               La convención que hemos dado en llamar poema dejaría de existir en el acto.

               Poema es, ante todo, poder contemplar a través de la lengua; si mientras uno lee un poema no puede ver a través de la lengua, si el poema, lo que el poema dice, entorpece la mirada en su camino hacia la lengua, no hay poema.

               De ahí que Laure era capaz de pasar meses sino años (su cartas, por suerte, me lo dicen contra la evasiva memoria) atendiendo con renovado interés a la entonación castellana de este verso de uno de mis mejores poemas y cuyo paso al francés la seguía dejando insatisfecha:

                              “ha llovido más que en Arles” (2)

               Para ciertos menesteres, Laure era capaz de entrar en un tiempo como a expensas del tiempo.

               Sí, tiempo para hacer que un fervor de aguafuerte impregne la página, de la primera a la última letra, a fuerza de mantener intacta la visión desde el comienzo hasta el final del trabajo (que fue de más de doce años para la transposición de uno de mis libros): “y he aquí Cartas para que la alegría en su órbita francesa hasta el final de los tiempos” me escribía.

               A ella le debo las más fulgurantes y seductoras intuiciones en lo que atañe a mis textos, como por ejemplo la intuición del tiempo suspendido o detenido, la inmovilización del tiempo en algunas de mis páginas como en Las señoritas del teléfono o en la escena de la siesta (y fiesta) campesina de Cartas para que la alegría que Laure, en su entusiasmo comparaba, por su inmovilidad, a la Vista de Delft de Vermeer.

               Si de algo puedo estar seguro escribiendo este texto – ¡es tan poco lo que se sabe y oímos decir tantas cosas! – es de que su primera lectura era la decisiva a lo largo del lento traspaso.

Laure buscaba siempre más: más claro oscuro ¿pero qué tipo de claroscuro si la línea melódica podía encontrarse en mala postura a causa, justamente, de ese claroscuro que buscaba?: que la loma de que se trataba fuera esa y no otra y, genérica, menos aún: Laure detestaba cordialmente en sus traducciones las lomas filosóficas; buscaba más nitidez para tal línea, en tales dos palabras encontradas por fin y, al parecer, reunidas; más intriga (en el sentido de colisión entre dos palabras) en tal pasaje, en tal palabra en su unión a la palabra anterior y a la siguiente (nada más realista que traducir un poema); y su búsqueda, tan de ella, tan denodada en su caso, del ritmo, “el ritmo acarrea el sentido”, me dijo en una ocasión.

Mirando de esta manera, el quehacer podía tomar el aspecto de una manera meramente sucesiva pero Laure permanecía intratable en lo que atañe a su visión – lo único que quería era permanecer en el relámpago de su lectura inicial.

Como el guardián del Templo sucedió que a veces, como ya dije, mantuvo durante años, sin soltarla, esa visión.

La palabra guardián, creo que no hubiera terminado de gustarle acaso por lo que encierra de militar; creo que hubiera preferido la imagen palabra de las mujeres nutricias de la prehistoria (¡y qué mujer tan antigua se adivinaba en ella por momentos!) que se arriesgaban fuera de sus casas en procura – primeras agricultoras – del alimento cotidiano por las plantas.

Entre tantas cosas nos reunía una referencia constante al latín – ella vía Montaigne. Se nos daba a veces por vaticinar para el francés un nuevo acercamiento (heroico esta vez) a la libertad rigurosa del latín.

Casi al finalizar esta tentativa por mostrar lo que fue nuestro trabajo, pero, sobre todo, mostrar la complejidad del suyo de traductora, me doy cuenta que, como en nuestra amistad, no ha habido progresión en mi intento, es como si las cosas hubieran sucedido en un mismo día, o tarde soleada, y que lo que mejor habría podido acercarme a una posible explicación hubiera sido obrar por variaciones sobre un mismo tema, una música repetitiva, cuya función y cuyo fundamento sería la de no progresas, la de persistir como un matiz de la trama.

¿Queda en veremos lo esencial? pero no hay nada en la tares del traductor que, en su momento, no se vuelva esencial. ¿queda en veremos le importancia de los ingredientes de su trabajo: ritmo, adjetivación, coloración, etc… etc… que en cualquier momento podían volverse esenciales, uno por uno o al mismo tiempo? ¿lo que hasta ese momento parecía secundario: el significado real de una palabra y puesto que en cualquier momento del proceso, significado real y temperatura de una palabra corren parejos?

Queda, en todo caso, en veremos el siguiente interrogante: ¿qué es lo que hace una persona se siente a escribir un poema y que otra persona se siente a traducir un poema? y, ¿si todos escribiéramos poesía, necesitaríamos traducir poemas o, una vez más, se trata de nuestra incurable curiosidad por saber lo que pasa en casa del vecino (espacio y tiempo confundidos)?

El problema es que de esos accesos de curiosidad nos es necesario volver con un poema. Y volver con un poema significa, ante todo y sobre todo, “escribirlo” en nuestra propia lengua de curiosos.

¿Qué es lo que sobre y qué lo que falta en ambos casos?

¿Se de debe, repito, a que uno es capaz de insuflar contenido en un texto y en otro no?

En el caso de Laure, si de inhibición se trató, de imposibilidad de timar un lápiz como escritora, nunca lo sabremos con certeza pero de esa “inhibición” hizo literatura, la transformó en algunos hermosos textos que pueden enorgullecer a la literatura francesa.

¿Faltaría acaso otra vuelta de tuerca para ir un poco más a fondo (adivinar siempre)?

Si alguien me parar en la calle y me preguntara a quemarropa: “¿Cómo escribe usted un poema?” mi primer respuesta, sin lugar a dudas, sería: “pues, con palabras”.

¿Y por qué tantas palabras, palabras una vez más para rodear, para esconder un poco más aún algo que, cuando es, es tan simple como decir buen día?

Cuando escribimos un poema, no se trata de un acto discursivo – por lo menos no lo es en el encuentro frontal con el poema.

Ambas intuiciones – la de escribir y la de traducir un poema – están empeñadas desde el vamos con la trabazón entrañable de la lengua, con lo, en todo caso, menos decorativo, de una lengua, esa parte que, si hemos logrado despertar en las condiciones requeridas, con el santo y seña cabal, se resistirá más tarde a cualquier análisis.

El resultado – lo que damos en llamar un resultado – de esa búsqueda, ha de ser un poema, o, como en muchos casos los arrabales de un poema.

Buscar y seguir buscando, cuando ya la división se halla en conversaciones y tentativas con armónicos, con ritmos, con adjetivos; buscar y seguir buscando, son soltar ningún cabo; buscar y seguir buscando entre las fisuras, los intersticios de esos silencios sobrevenidos, como en una operación quirúrgica; dejar que cada instante de poema por llegar pase ante la luz vivísima de la mesa de operaciones: nada menos que todo, nada menos que toda cosa – y una cosa por vez – intuida – que es como decir soñada. Por ero es que si un poema traducido llega alguna vez a alguna parte, ese lugar adonde llega es a la otra lengua llamada para la circunstancia y con admirable precisión, “lengua de llegada”. En todo caso, llega a través de la sintaxis, antes, mucho antes que a través de lo que hemos dado en llamar el contenido.

Lo único que de veras importa en esta ocasión es poder determinar con un cierto grado de veracidad hasta qué punto el poema ha llegado, o no, a ese lugar.

Alguien que me escuchó una vez leer mis poemas, me comentó luego: “es como si un tartamudo empezara a hablar con naturalidad…”

Como si en el trasfondo del contexto subyaciera un relente de esa tartamudez al cabo convencida.

Ese tartamudeo, Laure logró expresarlo en forma de temblor, logró así hacer del francés, árbol sabihondo de categorías humanas y divinas, una lengua en trance de hacerse, frágil, insegura lengua, una lengua de construcción, como la desembocadura del río Ródano.

 

No hace mucho, en una exposición de obras precolombinas entré en contacto con Xipe-Totec en su avatar de dios de los orfebres. Y para mí y a partir de ese momento, como dios de los tartamudos, de los traductores y de los poetas; en todo caso, en esa imagen pude leer el destino de Laure y el mío reunidos durante años intensos.

 

 

Texto publicado en Traduire, écrire, Laure Bataillon, editorial Arcane 17, 1991, (traducción de Philippe Bataillon).

(1) Bajo el signo del tartamudito.

(2) Puente de Van Gogh.