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De “Maizal del gregoriano”, Arnaldo Calveyra
(selección)

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Alas se despliegan, huellas de tartamudeo entre los bancos, en los pasillos. El pliegue de canción reaparece. Lugar para el aire y para ella, canción hecha de lirios que se pudren. Vocal recién nombrada de la nave de la iglesia donde estamos reunidos. Sigue rodando entre las santas que se recuestan en la pared  ni bien las miramos. Vocales entretenidas con cuatro paredes. Los cantores, las santas, una vara de nardo en la mano mientras que la otra vara asoma de sus bocas.

Acudimos al espectáculo en derredor de un plato incandescente y de una danza, y yo, entrerriano recién llegado a la abadía de Solesmes en busca de retiro y de silencio, me siento en un lugar apartado de la iglesia a oír el gregoriano que cunde a lo maizal de nave a nave en procura de los techos entibiados por la luz de las velas, oigo al monje a mano derecha, de pie junto a la columna, en busca de notas que se amen.

¿A cuál de los dos ríos atendió el caminante?, ¿cuál de los dos ríos conversó con el mar?, ¿cuál es el virtual y cuál el río de la mente?, ¿vacilante el canto por una falla de la imaginación?, hombre ni joven ni viejo, yo, el que esto escribe, ni alto ni bajo, señas particulares ninguna, llegado del entre dos ríos, oigo la queja del gregoriano sin orillas, busco en los artesonados del cielo raso la razón de mis ganas de silencio.

Ondula el maizal del gregoriano, nace de unas cuchillas, de unas lomas en la mesopotamia argentina, se diría la canción inventada por un tartamudo que, a fuerza de desearlo, terminara por echarla a rodar en el recinto de una pieza vacía, ya sin el menor asomo de tartamudeo. Y el canto, libre, conserva las huellas del antiguo traspié, tanto, que la canción sin apoyos precisos, sin pautas precisas, su melancolía confiada entra en tratos con él. Ambos juegan a ponerse nombres, a intercambiar horizontes, nombres de músicas no oídas, tanto, que el aire en derredor encuentra asidero, lugar para el aire -alrededor y tiempo y ella-, canción dejada por muerta en lomas junto a las costas del Uruguay y ahora en boca de unos monjes.