Yannis Ritsos

 

LA VENTANA

traducción de Juan L. Ortiz

ediciones el lagrimal trifurca

la edición estuvo a cargo de Francisco Gandolfo y Hugo Diz, el 10 de mayo de 1973, en Rosario

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Yannis Ritsos frente a la ventana de su escritorio

 

En una pieza, dos hombres están sentados junto a la ventana que da al mar. Parecen dos viejos amigos que no se encuentran desde hace mucho tiempo. Uno de ellos tiene el aspecto de un marino, no así el otro, el que habla. La tarde cae dulcemente. Es un crepúsculo de primavera, calmo, violeta y púrpura. La mar de enfrente, toda unida, ilumina con franjas ondulantes y encostilladas los flancos de los buques, los cordajes y los mástiles, las casas. Empieza, simplemente, y con un aire fatigado:

 

 

Me siento junto a la ventana; miro a los transeúntes,

y me miro en sus ojos. Creo ser

una fotografía silenciosa, en su marco envejecido,

suspendida fuera de la casa, en la pared de enfrente-

yo y mi ventana.

Yo mismo, algunas veces, miro

esta fotografía de ojos amorosos y cansados-

una sombra esconde la boca; por momentos, el destello igual del vidrio,

al recogimiento del sol o a la iluminación de la luna,

esconde todo el rostro, y yo resulto escondido

tras una luz estática, palidecida rosa o argentina,

y puedo mirar el mundo libremente                                                                                              

sin que nadie me vea- libremente, qué quiere decir?

 

No puedo ya moverme. Contrapuesta a mi espalda

la pared húmeda o ardiente; sobre mi pecho el frío

vidrio. Las venillas de mis ojos

se ramifican en el vidrio. De este modo, comprimido

entre la pared y el vidrio, no oso mover ninguna de las manos;

llevar la palma a las cejas cuando el sol resplandece

en una gloria implacable; y estoy así obligado

a ver, a querer, y a no moverme. Si intento

tocar algo, mi codo

quebrará quizás, el vidrio, y quedaría un agujero

en mi costado, abierto a las miradas y las lluvias.

Si intento hablar, el aliento de mi voz

empaña el vidrio (como en este momento)

y no veo más aquello de que quería hablar.

Silencio, dices, e inmovilidad. Puedes, aún, decir ocultación,

porque acaso conoces cuántas voces clavadas,

cuántos gestos doblados,

detrás de este esplendor vertical y cristalino tienen casa?

Sobre todo cuando cae la tarde como ahora, bajo la primavera, y el puerto

es un fuego lejano, rojo y amarillo,

en la floresta oscura de los mástiles, y sientes

los peces que el agua oprime, subir

a la superficie, con sus bocas abiertas, abriéndose parecidas a triángulos pequeños,

para hacer una profunda aspiración- lo viste?

es entonces rajado el viso denso de las aguas

por millones de bocas de pececillos, abiertas. Nadie puede

resistir indefinidamente, bajo la masa del agua, en esas florestas fabulosas del mar,

en esa transparencia de asfixia, a una tal perspectiva de inmensidad y de peligro.

 

Así, creo yo que las fotografías tampoco pueden resistir tras de su vidrio

en cualquier pose-actitud, aun muy bella, en cualquier momento de su vida,

en una edad fijada, en un momento de pureza desdeñosa

con la exquisita mano juvenil abandonada sobre la mesa elegante del estudio fotográfico,

o sobre su rodilla, con una siempreviva (naturalmente) en el ojal,

con una sonrisa imperceptible y vencedora, por sus labios,

no muy pronunciada, traicionando su arrogancia,

pero tampoco invisible, enteramente, al traicionar su dependencia del destino.

Entretanto, inflexible, el tiempo les acecha, antes y después de su instante perfecto,

y ellos desean su tiempo, inflexible del todo, aun cuando por eso,

hubieran de perder

esa dignidad petrificada, esa

pose resplandeciente, premeditada o no —poco interesa—

aun si su leyenda, muy erguida, debiera de fundirse como un cirio

blanco, bajo la llama de sus ojos,

aun si su juventud debiera, saliendo del cristal, ser desmentida.

 

Sin embargo, al parecer, el miedo excede su deseo,

o quizás se le iguala; y entonces su sonrisa

semeja un pez plateado, alargado asimismo y detenido

entre dos peñascos, en las profundidades... semeja

un pájaro gris de alas inmóviles, meciéndose en el aire,

inmóvil en su propio movimiento. Y las fotografías permanecen

encerradas allí con todo su pesar o sus remordimientos y su ojeriza, aun

sin librarse del cuadro, de su deseo y de su miedo,

frente al cielo exigente y al mar innumerable.

Es por lo que elegimos, comúnmente, un espacio reducido que nos proteja

de nuestra inmensidad. Y es por lo que. tal vez,

yo me siente junto a esta ventana, aquí, mirando

las húmedas señales que dejaran los desnudos pies del batelero

sobre las baldosas del muelle, poco a poco extinguirse,

lo mismo que una hilera de lunitas oblongas, en un cuento de hadas.

Y no puedo ya nada comprender ni me esfuerzo por ello.

Una mujer inclina, sobre el balcón de al lado, sus cabellos en limpio

y dulcemente canta

para secarlos con su canto. Un marinero

permanece azorado, las piernas apartadas,

ante su sombra inmensa, en el atardecer, y es igual que si estuviera

de pie, sobre la proa de un navío, en un puerto extranjero

donde las aguas ignorase y donde, a la vez, le fuera preciso

echar el ancla.

Luego, cuando el anochecer se abate, lentamente, y de los muros

y los cercos

desaparece la palpitación silenciosa y violeta del poniente, antes

de que los reverberos se enciendan,

se produce un súbito calor, y entonces

los rostros se adivinan más bien que se perciben.

Tú ves la sombra penetrar bajo las axilas en sudor;

el sonido de un vestido abanica, al pasar, el follaje de un árbol;

las camisas blancas de los jóvenes toman un color azul lejano, y

exhalan como un vaho,

y toda cosa es tan desprotegida, hechizada e inasible, que

quizás por eso

todas las luces se encienden a la vez, positivas para disipar

lo que es su precisión.

 

En las casas, los paños se parecen a banderas que caen

en un recalmón inexplicable del mar, cuando todo el mundo deja el barco,

y las banderas no tienen ya por quien flotar; penden así al atardecer,

enardecidas por el sol, lánguidas, olvidadas,

como pieles de grandes bestias, desolladas, de bestias degolladas

para un día de fiesta popular, de desfiles, de músicas, de

danzas y banquetes.

La fiesta pasó. Nadie en las calles. Sobre las aceras

papeles aceitados, escarapelas pisoteadas, cortezas, huesos...

ninguno, sin embargo, ha regresado a su casa, como si arrepentidos

estuvieran y hubiesen asumido una prolongación innecesaria.

 

Los cuartos quedan sin apetito, y oscuros, mirados solamente

por las luces multicolores de la calle y los navíos, o por unas

estrellas distraídas

o por el repentino proyector de un camión de transporte que pasa,

cargados de soldados ebrios, de gritos y canciones,

y el proyector fija la sombra de la ventana de la casa,

sorda, discretamente, al igual que si fuese un gran cofre de madera

que dos marinos de sombra transportaran sobre una orilla sin nadie.

Y a uno le vienen, entonces, ideas raras —es que ello no te sucede

a ti también?—

que cada uno de nosotros es —supuesto— dos hombres

con rostros encubiertos, rencorosos los dos,

que no pueden entenderse entre sí y que se acuerdan sólo en el momento

de trasladar el cofre, de cavar con las uñas

para enterrarlo, un poco más allá de la orilla.

 

Y tan bien como ellos, a pesar de todo su misterio, tú sabes

que en ese cofre yace un cuerpo dividido,

un cuerpo juvenil, querido; y ese único cuerpo es su cuerpo

que ellos mismos ataran y enterraran,

como dos extranjeros.

Ese cofre semeja

con su forma perfecta, regular, decidida,

una puerta cerrada,

esas fotografías en su marco, de que hablamos,

semeja esta ventana por la que miramos el vaivén primaveral y

grato de la calle.

 

A menudo hallé ese cuerpo, ese rostro,

en las noches de luna clara, sobre todo, paseándome

—un poco pálido, pero siempre juvenil— por el muelle,

o por la calle de arriba, con los ribetes sucios,

las mujeres pintadas, los perros hambrientos, los hierros herrumbrados,

con los mal rasurados marineros, los frutos corrompidos, los reniegos,

las huecas mitades de limones,

los lavabos verdes, las cubetas, las candelas, los mecheros de gas.

 

 

Y alguna vez, todavía, yo he visto venderse una mujer,

pero ésta no quería aceptar porque él le daba demasiado. "No

no", decía

"Eso no se hace. No", con una voz ronca, y su mano

de uñas encarnadas, tiritaba un poco. Tenía miedo

de ser mezclada en robos, estafas, llaves falsas,

hasta las grandes puertas de hierro parecidas a esas que predicen

las echadoras de cartas,

y que jamás, es cierto, faltan. Por qué mezclarse en tales cosas?

 

Era precio fijo —nada menos, seguramente, pero tampoco nada más.

Incomprensible, ese hombre con sus ojos

inmensos y como inhabitados en su semblante pálido,

iguales a carbones ardiendo. Hubieran podido ellos quemarla, tal vez.

Aun sus horquillas fundiesen,

y el hierro ardiente, fundido, corriera por los surcos de la cabellera,

hasta en sus ojos.

El continuaba, al parecer, atristado —quizás a causa de su fuerza

que no pudiera matar nunca. Una bella aflicción,

evocadora de la melancolía, larga, del atardecer primaveral. Y le

sentaba,

le era casi necesaria. El no fuera jamás

decidido, según hemos podido presumirlo. Abría, tranquilo,

el cofre aquél,

como si abriese una puerta, y saliera, íntegro, a la luna,

y las venas de sus manos intensamente se trazaban,

rojas, tan rojas —extrañas para una tal aparición de luna,

bajo su piel cérea de cristiano.

 

 

En verdad, suelo pensar que la división, únicamente,

puede ahorrarnos enteros, siempre que lo sepamos.

Y cómo no saberlo desde que son nuestros conocimientos

los que nos dividen y nos unen de nuevo por eso mismo que nosotros

hemos desechado.

 

 

Más alto, en la calle de la cual yo te hablaba, es muy lindo...

los más extraordinarios almacenes del mundo... baratilleros,

carboneros, abaceros

peluquerías con grabados antiguos y sillones conspiradores y pesados,

carnicerías con espejos enormes que multiplicándolos repiten,

a una roja teoría, los corderos degollados y las vacas,

puestos de fruteros y vendedores de pescados donde se unen los

efluvios de la pesca y de la cosecha...

un ruido taciturno y ambiguo delante de las puertas,

una iluminación nunca parecida a la reverberación de la hojalata

o de grandes tablas acepilladas, amarillas,

puestas verticalmente sobre la fachada de la carpintería. Allá arriba

se ve en baturrillo

impermeables, botellas, peines, volaterías,

cajas, en hierro, de bizcochos, ataúdes baratos, jabones perfumados,

literas oxidadas de buques naufragados a las que pusiera

en subasta

y que se retirase pieza a pieza,

sederías que furtivamente se han traído de países diferentes, con

toda suerte de dibujos y colores,

servicios de té japonés, de manteles y de haschich,

y también ciertas cajas extrañas, abovedadas, semejantes a iglesias

sin concluir

en las cuales, pájaros desconocidos, rosas y dorados, miran

el movimiento de la calle con ojos impenetrables y extranjeros,

iguales a dos pedrerías, amarillas y negras, robadas por la noche

de los dedos de muerto.

Niños descalzos juegan en el justo medio de la calle, a los cacos,

mujeres se acuestan con marineros en piezas de techo bajo y de

ventanas abiertas,

tenderillos ambulantes, tostados, orinan en fila delante del cercado;

en las canastas rutilan, de cuando en cuando, los pescados, similares

a grandes cuchillos ensangrentados,

y alguna vez, una abeja extraviada,

vagabundea ahí perpleja, bordoneando,

y dejando en el aire las espirales, en alambre dorado, de sus vértigos,

parecidos a pequeños resortes de un juguete de niño desmontado.

 

 

La polvareda en nubes se mueve lentamente, entre los rostros,

al crepúsculo,

como un secreto rojo oscuro hecho de sudores y de hálitos, y de

combinaciones y de crímenes,

secreto profundo de un hambre inagotable, apresuradamente nutrida,

un vaivén sin fin, un regateo sin fin, un gastadero sin fin,

que mantiene el comercio, las ambiciones, y como es natural,

también la vida,

te suele ocurrir ver a una moza con un vestido florecido, muy limpio,

detenida en la calle llena de polvareda carbonosa, al lado de los

sacos y de la carreta del vendedor de alfóncigos,

toda iluminada por el mar,

sonreír con dos filas de castísimos dientes al silbido

de un barquillo.

 

 

A su alrededor los medio limones descompuestos brillan

soles pequeñitos;

en una ventana baja, una cortinilla de indiana, corrida oblicuamente,

es igual a la página, doblada en la extremidad, de un libro amado,

para que pienses en ella, en un cierto momento, y vuelvas a leerla.

No hay, pues, ninguna humillación ahí donde la vida demanda ser

vivida,

allí donde los perros, con gestos nobles, buscan el montón de

suciedades,

y las jovencitas mantienen levantada, bajo el peso de sus fuertes

cabellos, una frente pulida,

como si sostuvieran una negra colmena con un agua de silencio,

y temiesen que se les caiga. Vi a muchas jovencitas

en esta actitud, en aquella calle, sí,

y jóvenes morenos, de carnudos labios, y velludos,

siempre en irritación (al igual que los muy tristes)

que no lograron devenir tan vulgares como ellos querían.

 

 

Es por eso que lanzan, cada vez más, blasfemias,

con una voz, cada vez más pesada. Si prestas atención

comprenderías. Su voz es

una ancha palma que acaricia el gato negro del batel,

sentado sobre sus rodillas, cuerdamente... cuando se hace la noche,

desde luego,

y ni su mano ni el gato son visibles, Sólo los ojos de éste

brillan fosforescentes,

a manera de dos luces de costado, sobre un barquilluelo que costea

una isla florecida.

 

 

Si tú excedes dicha calle y hasta la colina de San Basilio, subes,

ves, ante tus ojos, extenderse todo el puerto,

ves, sobre el agua oscura, en la orilla del mar inmenso, relucir

las grandes tachas verdes y doradas, irisadas, de petróleo o de aceite;

tachas brillantes e inmaculadas, se diría, lo mismo que pequeñas

islas movedizas, de una calma indiferente,

entre los perros reventados, y las patatas corrompidas, y las briznas

de paja, y las piñas, y los barcos.

 

 

Tú puedes, por esta ventana, mirar, pues, sin vacilar,

o salir a la calle, también —una silenciosa santidad

bajo los actos humanos, queda siempre. Una sombra violeta

calla en el hombro izquierdo de una mujer, derrengada por el amor,

que se ha vuelto del otro lado, y se ha dormido sola. Te es posible mirar

los calzoncillos groseros, en el patio vecino, ensuciados por las

nocturnas poluciones,

o los preservativos desplegados bajo los bancos del paseo,

o los botones del corpiño de las mujeres, caídos sobre el césped,

como florecillas de nácar, algo tristes

 por no tener ya qué ofrecer —perfume, polen, simiente. Nada.

 

 

He pensado yo mismo ir a esa calle una vez

para vender esta ventana y al mismo tiempo este gran cofre,

sin otro fin que no sea el de escapar de su cuidado

y también mezclarme al tráfico,

escuchar a mi voz hablar una lengua extranjera. En seguida sentí

que no tenía nada que vender. Era sólo un pensamiento inconfesable,

la rebusca de una inédita prueba

que habría acechado, de nuevo, desde la ventana, aun sin vidrios.

 

 

No he logrado jamás, éxito en el comercio. Por otra parte, no tengo

nada que pueda ser pagado, nada

que yo pueda pagar. Y esas fotografías, viejas, y

carentes de valor para los otros, bien que sus marcos, a lo menos,

sean de oro macizo. Mas para mí son necesarias,

y no están muertas, no. Cuando cae la tarde

y las sillas, fuera de los cafés, están calientes todavía,

y todos (inclusive acaso yo) piden nido en el otro,

ellas descienden silenciosamente de sus marcos, al igual que si lo

hicieran por una humilde escala de madera, van a la cocina,

encienden la lámpara, ponen la mesa, se oye

el sonido amusical de un tenedor al chocar con un plato,

arreglan mis pocos libros y aun mis pensamientos

por medio de comparaciones y de imágenes (viejas y nuevas)

de modestos argumentos,

y, alguna vez, de antiguas pruebas, inquebrantables: vividas.

De ahí que guarde yo con reconocimiento esta ventana.

No me impide ella ver, existir aun al contrario, todavía...

 

 

En cuanto a lo que te decía: "apretado entre el vidrio y la pared"

era una exageración de primavera, un exceso

debido a la abundancia, carnal y verde, de las hojas. La ventana

es una serenidad, una transparencia servicial y leal.

 

 

Cuando los muros se nublan al atardecer, esta ventana

luce por sí misma; ella mantiene y ella extiende

los estertores del poniente,

ella lanza su reflejo sobre la sombra de la calle,

ella ilumina los rostros de los transeúntes como asiéndolos en

flagrante delito,

en su momento más suyo; ella ilumina rayos de bicicleta,

o la cadena dorada que se hunde en un seno de mujer,

o el nombre extranjero de un navío que está anclado en el puerto.

 

 

Contra sus vidrios, en invierno, el viento da con las rodillas,

y le veo partir, disgustado y ancho, volviendo las espaldas.

En los crepúsculos de primavera —como éste— otras veces, oigo desde aquí,

las charlas de los marineros, bajel a bajel,

y es como si ellos desnudaran la relación de las estrellas, como si

ellas me explicasen

esos nombres incomprensibles de los flancos de los barcos. De improviso

oigo el ruido de un ancla que penetra en el agua,

a la manera de algo que se me ofrece a mí, exclusivamente,

a indicarlo,

a la manera de algo que me invita.

 

 

Cómo podría, entonces, de esta ventana lamentarme?

Puedes entreabrirla, si quieres, sin mirar del todo afuera,

seguir invisible en los vidrios

las escenas verdaderas de la calle, en un espacio más profundo, y

más durable,

con la dulce iluminación, de una distancia grande,

mientras todo, bajo tus ojos, pasa a un metro más lejos.

Si lo deseas, asimismo, puedes abrirla entera, y mirarte en el cristal,

al modo que en un espejo mágico y lejano, y peinar tus cabellos que

comienzan a volverse más ralos,

o arreglar un poco tu sonrisa. En este vidrio

todo es más neto, al parecer... más silencioso, más inmóvil,

e indispensable así también e incorruptible.

Es que jamás

se te ha ocurrido mirar

a través de un vidrio el mar? Bajo la agitada superficie

el fondo de su inmensidad parece espléndido

en un orden cristalino, imperturbable y frágil a la vez,

en una santidad muda— según ya lo hemos dicho. Sólo que si te quedas

unos minutos más así, el aliento te falta,

y levantas la cabeza, consecuentemente, al aire,

o esta ventana abres o sales por la puerta.

No hay ya nada que haga inclinarse a tu vida y a tus ojos,

no hay ya nada que tú no puedas orgullosamente mostrar y hacerlo

canto,

nada cuya figura no puedas tú volverla al sol.

 

 

Cerraron ellos la ventana y salieron a la calle. Las luces de los navíos se habían encendido. Fueron hasta la punta de la escollera. Se detuvieron, miraron el mar, oyeron el salto entrecortado de un pez en el agua baja y, sin razón, se apreta­ron sus manos, palma sobre palma. Luego silenciosos, tomaron asiento sobre un ruedo de húmedos cordajes, encendieron un cigarrillo y se miraron a la llama del fósforo. Parecían extraña y absurdamente dichosos, con esa dicha inexplicable que posee siempre la vida en la primavera, cuando todo a su alrededor huele al agua salada, a la fritura, a la lechuga picada y al vinagre. Irían a cenar, pronto, a la taberna vecina. Tenían hambre ya y el sonido del gramófono acentuaba sana­mente la sensación de su apetito. A su lado pasó la guardia del puerto con su paso regular. Los uniformes de verano eran enteramente blancos en el anochecer. Los dos amigos se levantaron de los cordajes y avanzaron.

El Pireo, Abril de 1959