La pandemia según Galdós

por Marta B. Ferrari

Los hechos no significan nada; la lógica menos.

El sofisma lo es todo, y el capricho ocupa el lugar que

en otras partes corresponde al acontecimiento.

 

(Benito Pérez Galdós, 1885)

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Hace casi 150 años, Benito Pérez Galdós escribía en La Prensa de Bs.As. sobre la epidemia de cólera que afectó a Europa en el siglo XIX. La escenografía desplegada, la retórica empleada, los argumentos esgrimidos, los actores implicados así como el examen del papel de los medios y de la politización de la sanidad no parecen haber variado sustancialmente desde entonces.

Como es sabido, Benito Pérez Galdós (1843-1920), además de ser un prolífico novelista, dramaturgo y político liberal cercano al socialismo, fue un extraordinario columnista de periódicos. En el año 2020, la estudiosa española Isabel Román Román, dio a conocer la primera edición completa de las colaboraciones del autor canario en el periódico La Prensa, de Buenos Aires. El minucioso y necesario trabajo realizado por la investigadora de la Universidad de Extremadura da cuenta de más de 20 años de corresponsalía, me refiero al período que va de 1884 a 1905, un vasto arco cronológico que coincide con las dos presidencias de Julio Argentino Roca. Se trata de una muestra ingente y heterogénea de su prosa periodística destinada tanto al lector argentino como a los innumerables españoles emigrados a América, proceso inmigratorio alentado por las élites gobernantes en los años ´80. Hay que recordar que, en los años aquí implicados, estamos ante un Galdós cuyo nombre de autor ya ha sido consagrado por títulos como Doña Perfecta (1876), Marianela (1878) o La desheredada (1881), así como por las dos primeras series de ese inmenso proyecto editorial que fueron los Episodios Nacionales (1873-1879).

El periódico de tendencia liberal-conservadora La Prensa había sido fundado en 1869 por José Clemente Paz, un representante de la llamada “Generación del ochenta”, y en este sentido no extraña la sintonía existente entre este ideario fundado en un positivista  afán  modernizador y en un destino de progreso para el país, y el pensamiento galdosiano expresado, por ejemplo, en la entrega de octubre de 1889. En dicha publicación, el corresponsal español realiza una elogiosa reseña del pabellón argentino en la Exposición Universal de París, “el verdadero, el magnífico monumento, el más espléndidamente iluminado por la noche, el más opulento y ostentoso de día. Nada se ha economizado para hacerlo digno de la gran nación que representa”. La sola visión de los productos del suelo argentino (los cereales, el ganado, los vinos, el algodón, la yerba mate) representan para Galdós “la tranquilidad, el bienestar y la esperanza colectiva”; este “granero del mundo” -en sus palabras- se levanta frente a la esterilidad y agotamiento de la vieja Europa como única garantía frente al hambre del continente. E incluye una significativa referencia al enfrentamiento entre civilización y barbarie que atravesaba fuertemente el ideario de la época; así, hablando del Chaco aclara: “donde aún se alzan las tolderías de los indios y vuela la flecha buscando el corazón del hombre civilizado” (707).

Los artículos que Galdós publicó en La Prensa de Buenos Aires eran en realidad  cartas manuscritas enviadas por barco (no por telégrafo), a razón de dos entregas mensuales y que, según anota Isabel Román, fueron muy bien remuneradas. El amplio abanico de temas que allí aborda da cuenta de todo tipo de asuntos contemporáneos al autor, tanto nacionales como internacionales, que van desde la política hasta el arte, pasando por las crónicas de viaje y entre las cuales destacan las numerosas cartas destinadas a dar cuenta de ciertas enfermedades, en particular de las varias olas epidémicas de cólera que asolaron Europa en el siglo XIX.

Más allá de su método basado en la “observación del natural”, propio de la estética realista-naturalista a la que el escritor adhirió sobre todo en los años que aquí nos interesan, el vínculo de Pérez Galdós con el jurista y político español Joaquín Costa, mentor del llamado “Regeneracionismo”, movimiento ideológico ligado a la Institución Libre de Enseñanza inspirada, a su vez, en la filosofía krausista con su defensa de la libertad de conciencia para emprender la reforma positiva de España, nos hace aún más comprensible su acercamiento al mundo de las ciencias y, sobre todo, la apropiación y empleo de metáforas organicistas en la línea del naturalista inglés, Herbert Spencer. El concepto mismo de “regeneración”, procedente del léxico médico, fue interpretado como lo opuesto a la “corrupción”  y “decadencia” de España tras la crisis de la Restauración borbónica. Esa regeneración, sustentada en un espíritu civilizador rebelde y liberal, apostaba por forjar una nueva España a partir de modelos europeizantes, y para lograrlo el propio Costa formuló su cuestionada propuesta del “cirujano de hierro”: “Esa política quirúrgica, repito, tiene que ser cargo personal de un cirujano de hierro, que conozca bien la anatomía del pueblo español y sienta por él una compasión infinita (...), que tenga buen pulso y un valor de héroe.” (Oligarquía y caciquismo como forma actual de gobierno en España: urgencia y modo de cambiarla, 1902).

A pesar de carecer de una formación científica, Galdós se nos presenta, en muchos casos, como un auténtico divulgador científico. Médicos, ingenieros, geólogos son, a menudo, protagonistas de sus novelas, y la referencia a enfermedades tanto físicas como mentales atraviesan su obra junto con las alusiones a novedosos fármacos y tratamientos para abordarlas. Amor y ciencia se tituló precisamente una de sus obras teatrales estrenada en 1905.

La primera referencia a la epidemia de cólera la hallamos en el artículo de julio de 1884, cuando aún este “azote” no ha llegado a territorio español pero sí al otro lado de los Pirineos, a Francia (103). Para esta fecha, Galdós realiza una evaluación distante de los efectos de la epidemia, formulados en términos de las “molestias” o “trastornos” que genera la imposibilidad de salir del país, que echa por tierra “los planes de veraneo y excursiones” (103), o bien de la “honda perturbación” que significa la paralización de “las transacciones mercantiles”. Llega incluso en tono desafiante a declarar que él mismo se desplazará hacia las peligrosas zonas fronterizas del norte de su país a fin de proseguir con sus crónicas respecto de la moda de los veraneos seguida por sus compatriotas.

En el mismo mes de julio, vuelve a dedicar otra crónica a este tema focalizando, por un lado, en las dudas y críticas que la ciudadanía francesa exponía ante las medidas adoptadas por los gobiernos -“los franceses truenan contra las cuarentenas y los acordonamientos”-, por otro, en la saturación informativa -“no acabaría nunca si reseñara aquí todo lo que en este mes se ha escrito acerca de las condiciones biológicas del famoso microbio”-, y por último, en dejar inapelable evidencia de su conocimiento científico del tema. Recordemos que Robert Koch descubre el origen de la enfermedad en febrero de ese mismo año; sólo cinco meses más tarde, Galdós da cuenta del minucioso conocimiento de las conferencias que dio el sabio alemán tras su hallazgo, y más interesante aún, llega a denunciar que tales descubrimientos no revelaban “una novedad completa”, ya que -en su parecer- la opinión de que el microbio se propaga por las deyecciones de los coléricos y que la humedad favorece su desarrollo era opinión sostenida “por las escuelas médicas desde las primeras invasiones de cólera en Europa.”

En todas las reflexiones galdosianas sobre el tema, se advierte un tono general de fastidio y desazón. Tanto las consecuencias de las medidas sanitarias, como la saturación informativa -desde “lumbreras de las ciencias”, pasando por las “medianías” hasta llegar a “curanderos y charlatanes”-, incluidos los debates entre notables del mundo científico -se refiere al sostenido entre Koch y Pasteur, o entre Letamendi y Olavide-, todo es blanco de su mirada crítica. Hasta tal punto es así que, siendo anticlerical como era, nos deja una conclusión que se aleja del argumento científico y apuesta irónicamente por el teológico:

lo mejor será pedir a Dios con toda nuestra alma que aparte de nosotros al tal microbio (...) y cuando se marche nos quedarán dos cosas igualmente lastimosas: un montón de cadáveres y otro montón de folletos sobre patología colérica (...) Aparte Dios de nosotros el doble azote de la epidemia y de la pedantería colérica” (105).

Pero estas reflexiones en torno de la epidemia -su surgimiento, su decadencia, su reaparición- se van haciendo extensivas a la totalidad de los procesos socio-históricos, comprendidos ellos también como un cuerpo orgánico; del siguiente modo Galdós hace explícita la mencionada metáfora organicista a la vez que denuncia su adhesión a un positivismo ciertamente voluntarista: “tras el acabamiento de una peste viene la aparición de otra, así como la extinción de una tiranía suele coincidir con el nacimiento de otras nuevas (...) Debemos siempre creer que el progreso no se desmiente y que estamos mejor que estábamos, verdad que es forzoso admitir aunque no sea sino una defensa contra la desesperación”.

Las numerosas crónicas galdosianas en torno de la epidemia revelan, sin lugar a dudas, la sensación de hartazgo que la omnipresencia del tema genera en el escritor y de la cual tampoco él se puede sustraer. Efectivamente, el brote de cólera que refiere Galdós, ingresa en España afectando sobre todo a los núcleos más densamente poblados de la zona oriental de la Península: “Más de un mes hace que los primeros casos aparecieron en la provincia de Alicante”, leemos en su carta de noviembre de 1884. Y este ingreso coincide con las elecciones generales en las que obtiene la mayoría el Partido Conservador  en la persona de Antonio Cánovas del Castillo. Lo que Galdós denuncia es la politización de la epidemia, cómo, en definitiva, la política ha usurpado su puesto a la higiene. De lo cual da sobrada cuenta la prensa, tanto la “afecta al partido conservador” defensora del “cantonalismo sanitario”, como la opositora (la del liberal Sagasta, partido del cual el propio Galdós fue diputado) enteramente crítica de tales medidas preventivas. A esto se suma el “enjambre de médicos” que salen a dar informes generando una “avalancha de diagnósticos contradictorios” que sumen a la población en la “confusión, el pánico, el azoramiento general.” (137)

En este sentido, un interesante aspecto que aborda en estas crónicas es el del estado anímico de la población. La alarma, el miedo, la confusión, la incertidumbre “se fijan en los espíritus”, de modo tal que para combatir la melancolía resultante se opta por vías evasivas que motivan la risa sanadora, vías que van desde los chistes hasta los sainetes populares en los que está  permitido “reirse del mal”. (164)

Un año después de su primera carta sobre el tema, en julio de 1885, “gran parte de la península ya ha sido invadida por el cólera” y Galdós retoma la cuestión a raíz del ensayo de la primera vacuna llevada a cabo por el español Jaime Ferrán y Clúa. Este esperanzador hallazgo le permite oponer a las fracasadas medidas de prevención ensayadas hasta el momento -pretender “atajar a tan fiero enemigo“ con lazaretos, cordones y cuarentenas es como “pretender detener una bala de cañón con telarañas”-, esta innovación científica que consiste en “curar los estragos del mal con el mal mismo” (237). No faltan aquí las referencias a los efectos adversos de dicha vacuna, a la duda sobre la duración de la inmunidad de la misma, a la resistencia a su empleo a pesar de su demostrada eficacia. Tampoco faltan, en otro orden de cosas, las alusiones a las “estadísticas sanitarias”, a “la falta de médicos y farmacéuticos”, a “los muertos en soledad”, a “los cadáveres insepultos”, a las descabelladas hipótesis sobre el origen del mal, a las “funciones paternales y caritativas” que se arroga el gobierno en este particular contexto,  a las desavenencias entre el Gobierno central y los alcaldes, así como al paro y a las “manifestaciones pacíficas” -que se saldan con dos muertos a manos de la guardia civil- del Círculo de la Unión Mercantil que, sintiéndose agraviado por las restricciones, responsabiliza al oficialismo por las pérdidas sufridas.

Para concluir, estas sucesivas oleadas pandémicas originadas en India, afectaron al resto de Asia, África Oriental y la costa del Mediterráneo, llegando incluso a América. Sólo en España, el cólera dejó, a lo largo de los sucesivos brotes que tuvieron lugar en el siglo XIX, aproximadamente 800.000 fallecidos (pensemos que la ciudad de Madrid en tiempos de Galdós tenía 500 mil habitantes). A lo largo de sus crónicas, el escritor español  se refiere a este mal con diversos eufemismos que dan cuenta del origen extranjero del mismo, será “el hijo del Ganges”, “el viajero del Ganges”, “el verdugo asiático” o “el terrible morbo asiático”. Apropiándose de las metáforas organicistas tan del gusto del Regeneracionismo, Galdós nos va brindando a través de sus cartas un pormenorizado informe acerca de los síntomas, el diagnóstico, el pronóstico, el tratamiento y la cura de un mal que es a la vez biológico y social. Los pueblos españoles, nos dirá, “fían demasiado en San Roque y descuidan su higiene”; y convencido de que la cura del mal está asociada a la sanidad y al progreso científico no se cansará de repetir: “Rezar todo lo que se quiera, y por si acaso, desinfectar al mismo tiempo”, abriendo horizontes de esperanza al apostar por ese momento futuro en que finalmente “recobre la salud el cuerpo doliente de la nación.” (269)

*Marta B. Ferrari nació en Junín, pcia. de Buenos Aires. Es Profesora (1984) y Licenciada en Letras (1994) por la Universidad Nacional de Mar del Plata y Doctora en Letras por la Universidad Nacional de La Plata (1999). Es docente e investigadora en la cátedra Literatura y Cultura Española II en la Universidad Nacional de Mar del Plata. Como profesora adjunta de dicha asignatura ha dictado seminarios de grado para la carrera de Profesorado y Licenciatura en Letras, y de posgrado para la carrera de Doctorado y Maestría en Letras tanto en la Universidad Nacional de Mar del Plata como en la UBA.  Es autora de los libros: La coartada metapoética. José Hierro, Angel González y Guillermo Carnero (2001), Jon Juaristi o la inocencia fingida (2004), Poesía española del 90. Una antología de antologías. (2008), y editora del volumen De la letra a la imagen. Narrativas posfranquistas en sus versiones fílmicas. (2007). Es autora asimismo de Vivir con las palabras. Poesía y pensamiento en Carlos Marzal (2010) y de Unamuno poeta: obrero del pensamiento (2014). Su último libro ha sido publicado en 2021, Las amazonas de las letras, en Editorial La mar serena de Rosario. 

Es autora de varios capítulos de libros colectivos: La voz diseminada. Hacia una teoría del sujeto en la poesía española (1994), Marcar la piel del agua. La autorreferencia en la poesía española contemporánea (1996), Los usos del poema: poéticas españolas últimas. (2007), Lo vivo lejano. Poéticas españolas en diálogo con la tradición. (2009), Sermo intimus. Modulaciones históricas de la intimidad en la poesía española (2010) y Triunfar de la vejez y del olvido. Miradas sobre el retrato literario en la Espala contemporánea (2013).