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LA PATAGONIA Y EL RENACIMIENTO

 

por Ricardo Héctor Rabitti

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“Era tan alto aquel hombre, que le llegábamos a la cintura”. “Magallanes dio a esas gentes el nombre de Patagones.”  (págs. 41 y 46)

Antonio Pigafetta, Primer viaje alrededor del mundo.

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Bibliografía

 

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Publicado en Testimonianze (Florencia, Italia)

   A la común interpretación de que Magallanes “dió el nombre de patagones a los aborígenes de la costa atlántica sur para indicar lo descomunal de su pie” [1], María Rosa Lida propuso en cambio que esa denominación derivaría de un personaje de la novela de caballería Primaleón: ese personaje “era grande de cuerpo y de gran fuerça” y se llamaba Patagón. “Sin duda Pigafetta no creyó necesario glosar la designación impuesta por Magallanes y familiar a todos por la leidísima novela.” (Lida: 323). Leidísima novela de caballería, como confirma Marcel Bataillon: “el Primaleón, libro tan editado en el siglo XVI, tan aprovechado o aludido por escritores del XVI y del XVII”. (Bataillon: 28). [2]

   La tesis de María Rosa Lida no puede ser demostrada con documentos. Nada hay que testifique la relación entre “el nombre de Patagones” que escribe Pigafetta en el Diario de a bordo de la expedición (1519-1522) de Magallanes y la novela de caballería Primaleón. También es cierto que esta tesis se fortifica si atendemos no a la historia de los documentos, sino a una distinta historia, es decir, si intentamos dar una respuesta desde el modo en que los hombres construyen con sus categorías culturales la realidad.

   Podría partirse de la consideración siguiente: uno no ve lo que ve sino que ve lo que conoce y puede nombrar, lo que las categorías culturales de su época le consignan como real.  Como dice Sergio Givone, circunscribiéndolo al lenguaje:

E’ solo all’interno di un orizzonte linguistico che mi è dato fare l’incontro con qualcosa. Fuori di esso la percezione sarebbe così oscura che veramente non vedrei nulla. (“Es sólo dentro de un horizonte lingüístico que me es dado encontrarme con una cosa. Fuera de él la percepción sería tan oscura que verdaderamente no vería nada.”) (Givone: 3)

   (Por fortuna, periódicamente aparecen hombres que inauguran nuevas palabras y consecuentemente nuevas realidades.)

   Un ejemplo, Colón no “vio” a América. Viaje tras viaje siguió desembarcando en tierras de Asia... En cambio, sí vio sirenas y las consignó en su Diario de a bordo, según nos lo transmitió Bartolomé de las Casas (en un Diario de a bordo se anotan hechos ciertos y reales: posición geográfica, rumbo de la nave, situación del viento, motines a bordo, el avistaje de sirenas...) “El día pasado, cuando el Almirante iba al Río de Oro, dijo que vido tres sirenas que salieron bien alto de la mar”. (Colón: 184) Colón ve sirenas porque los Bestiarios medievales le aseguraban su existencia. Es un hombre de fe medieval: cree real lo que le certifican como real la Biblia y los teólogos, más algunas autoridades medievalizadas de la Antigüedad como Plinio. Por ejemplo su “hallazgo” del Paraíso: “Yo muy asentado tengo en el ánimo que allí donde dije es el Paraíso terrenal, y descanso sobre las razones y autoridades sobreescriptas” (Relación del tercer viaje, enviada a los Reyes Católicos, 31.8.1498). “En 1498 sintió el Almirante que estaba cerca, muy cerca de ese vértice o pezón de la tierra donde ubicaba su paraíso. [...] El mismo nos lo cuenta [en la misma Relación]: Grandes indiçios son estos del Paraíso Terrenal, porque el sitio es conforme a la opinión de esos santos y sacros teólogos.” (Colón, Introducción: 54)

Colón practica una estrategia “finalista” de la interpretación, al modo en que los Padres de la iglesia interpretaban la Biblia [...], el argumento decisivo es un argumento de autoridad, no de experiencia. Sabe de antemano lo que va a encontrar; la experiencia concreta está ahí para ilustrar una verdad que se posee, no para ser interrogada, según las reglas preestablecidas, con vista a una búsqueda de la verdad. (Todorov: 26) [3]

  Magallanes y Pigafetta, en cambio, comienzan a ser hombres del Renacimiento, de la nueva cultura laica. Es decir, comienzan a construir la realidad según la orientación de las nacientes ciencias y sobre el arte y la literatura. Las ciencias les dan una simplificación abstracta (equivalente a la muy renacentista perspectiva geométrica de las artes visuales) del mundo objetivo; las artes plásticas, el modo, por cierto muy artificialmente manierista, para diseñar a los aborígenes, la literatura, los modelos para asimilar por aproximación metafórica la novedad del “otro” y de su cultura, del desconocido con el que se encontraban, muchas veces conflictivamente.

   Hombres de este nuevo tipo de cultura, también lo fueron Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo. Cortés en sus Cartas de Relación a Carlos V, enviadas entre julio de 1519 y septiembre de 1526, recurre para sus relatos al género de las novelas de caballerías:

Pero junto al interés histórico, las cartas de Hernán Cortés tienen la virtud de alcanzar estimables cotas literarias, llegando incluso, en opinión del historiador Mario Hernández, a tomar aires de ‘una verdadera novela de caballería, encontrándose, incluso, fórmulas estructurales muy características de tal modelo literario’”. (Fajardo: 3)

   Y Bernal Díaz del Castillo (Historia verdadera de la conquista de Nueva España, capítulo LXXXVII), que generaliza ese hábito de paso ya que usa el plural para referirse a él y a otros miembros de la misma expedición cuando testifica “ver cosas nunca oidas, ni vistas, y aun soñadas como vimos” en México, las percibe con la mirada de encantamiento y fábula incentivada por la lectura de las novelas de caballería, en particular de una, Amadís de Gaula:

y desde que vimos tantas Ciudades, y Villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblaciones, y aquella Calçada tan derecha por nivel que iba á Mexico, nos quedamos admirados, y deziamos que parecia á las casas [sic, por: cosas] de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís. (Díaz del Castillo: 64) [4]

      Igual procedimiento de remitir lo nuevo a lo conocido a través de las novelas de caballería pudo ejercitarse cuando Magallanes y los suyos vieron a los aborígenes, futuros “patagónicos”, y recordaron la lectura de Primaleón.

   A la nueva cultura secular emergente, o, según el otro hábito renacentista, sea a la imitación del estilo de los textos romanos, que procuraba incluso una medida para preferir autores: “Leonardo Bruni [...], sin despreciar a Dante, considera mejor el estilo de Petrarca, con el que vuelve el canon ciceroniano” (Castellan: 43) [5], sea a la reactualización mitología griega: Américo Vespucio que fue el primero en ver y describir a estos “gigantes”, los compara, a ellas, con Pentesilea, la amazona que combatió en Troya, a ellos, con Anteo, el gigante que Heracles destrozó. Este mecanismo, en el que se reclama a la mitología griega (vaciada de toda connotación sagrada y ya asimilada a la nueva cultura profana) como evocación intensificadora, queda también expuesto en otro lugar del texto de Pigafetta: “Hay canoas de grandes dimensiones, pues en algunas van 30 o 40 hombres; bogan con remos cortos y anchos, como palas de horno; al verlos tan negros, desnudos y rapada la cabeza, parecíame estar viendo los barqueros de la laguna Estigia...” (Pigafetta: 38) [6]

   A propósito, los vieron gigantes porque tenían buena estatura, pero también porque los españoles, y los europeos del sur en general, eran bajos. Ya antes de los futuros gigantescos patagones, a Pigafetta los aborígenes que encuentra en el Río de la Plata le parecen “de estatura gigantesca”. Lo confirma William Mac Cann desde la perspectiva de la estatura de los nórdicos:

Es lamentable la coincidencia con que los relatos, en general, atribuyen a los patagones una estatura gigantesca, porque sin duda alguna, se trata de una fábula. He conversado con varias personas inteligentes que han vivido entre esos indios y todos los describen como de mayor estatura que otras tribus, pero no más altos ni fornidos que los individuos de raza inglesa o germánica. (89)

  Develar y asimilar lo nuevo asociándolo a los paradigmas culturales profanos, persistirá en los sucesivos siglos de la Modernidad y lo reencontramos difundido casi como un “instinto cultural”, en el que se entrecruzan constantemente por ejemplo citas y referencias generalmente literarias o mitológicas y “textos” episódicos autobiográficos. El relato propio comunica a este encuentro la intensidad y la convicción del acto efectivamente vivido; el texto citado, la estabilidad del prestigio paradigmático. [7]

   Hans Christian Andersen viaja hacia 1860 por España y participa en el poderoso desborde de un torrente; lo compone así: “Nunca antes hubiera imaginado el poder de un torrente de montaña. Pensé en el Kühlborn de Undine.” (La nota a pie de página nos informa que Undine es un cuento “extremadamente romántico de La MotteFouqé, en el que aparece un terrible espíritu marino llamado Kühlborn”.)  (Andersen: 35). Pocas décadas antes, Adalberto de Prusia anotó en su Diario 1842-1843, a la vista de Rio de Janeiro desde el mar: “se desplegó ante nosotros esa maravilla de la vegetación tropical que a través de los libros y los grabados nos pareció a menudo casi fantástica” (Adalberto: 163) Y: “¡Cómo dar al lector un concepto de aquellas extrañas formas montañosas! Causaban la misma impresión que la escenografía de una ópera de encantamiento” (idem: 165). Darwin anota similarmente:

 Mientras el bote seguía navegando, saltó a él un segundo jefe, sin otro motivo que el de recrearse, remontando el riachuelo y bajando después a favor de la corriente. En mi vida he visto una expresión más feroz y horrible que la de este  hombre. Al pronto me ocurrió que había cierta semejanza entre él y una ilustración fantástica de la balada de Fridoli, de Schiller. (Darwin: 226)

   Mc Cann, anteriormente citado, llega a mediados del siglo XIX en el capítulo II de su Viaje a caballo por las provincias argentinas a “un sitio muy atrayente, cubierto de flores, donde crecía un pequeño arbusto de olor parecido a la verbena” y evoca a Shakespeare: “Vino a mi memoria aquella bonita canción de Shakespeare ‘I know a bank’, trayéndome dulces recuerdos del hogar.” (Mac Cann: 47). En el capítulo IV recuerda a Milton y de nuevo a Shakespeare, para poder incluir dentro de formas culturales conocidas su experiencia individual y novedosa con la llanura argentina: “Se siente entonces como nunca la vida pastoril tal como la describen Milton y Shakespeare.” (80) [8] Después de una incómoda noche mal dormida se alivia haciendo ingresar su malestar en un arquetipo poético conocido:

Los perros, los gatos y hasta los ratones batallaron hasta el amanecer por asegurar posiciones en el dormitorio. El frío, afortunadamente, nos libró de las pulgas pero los ladridos, gruñidos y chillidos de los animales perturbaron nuestro sueño toda la noche. Al despertar me sentí aliviado recordando los melancólicos versos de Moore: ‘Oft in the stilly night…’ que por un rato vinieron a mi memoria. (67)

En varias ocasiones, la vida pastoril de las pampas lo remite a la Biblia, pero no como texto proveedor de realidades dogmáticamente aceptadas, sino como intensificador de vivencias terrenales; por ejemplo:

Cuando llegamos, los ganados y rebaños eran conducidos al corral. Sentados en las gradas de la puerta, contemplamos aquel espectáculo que nos transportó a los tiempos de los patriarcas como se describen en el Antiguo Testamento. El género de vida y los sentimientos de estos pobladores tienen mucho de las épocas patriarcales. (29)[9]

      Estamos lejos de la identificación dogmática de Cristóbal Colón, que todavía se rige por el credo ut intelligam agustino-anselmiano, pero muy cerca de esa tendencia secular que desde el Renacimiento con Magallanes y Pigafetta, Bernal Díaz del Castillo y otros comenzaba a ejercitarse y que consiste en asentar lo que se ve y se experimenta en lo que previamente se vio y experimentó en la cultura.[10] 

   Por su parte, Alexander von Humboldt atestigua una tendencia común a muchos a “preparar” la futura vida en los encantamientos vividos en la infancia a través de la cultura secular:

En nuestro anhelo de ver el Mar del Sud desde las altas cumbres de la cadena de los Andes, se mezclaba el interés con el cual el niño escucha embelesado el relato de la osada expedición de Vasco Núñez de Balboa, el hombre afortunado que seguido por Francisco Pizarro fue el primer europeo que pudo contemplar la parte oriental del Mar del Sud desde las cumbres de Cuareca en el estrecho de Panamá.(von Humboldt: 200)

   La literatura se apropiará de esta tendencia, ya cargada de verosimilitud profana a principios del siglo XVII, y Cervantes hará que Alonso Quijano se transforme en el Quijote por influencia de lo leído en los libros de caballería. En el otro extremo cronológico de la narrativa está el penado de El viejo de Faulkner (editado en 1939), que constante en esta tendencia de transmutar literatura en realidad asalta un tren siguiendo las indicaciones de “las novelas por entregas –los Diamond Dick y Jesse James y otros de esa calaña”; “había acumulado folletines durante dos años, leyéndolos y releyéndolos, aprendiéndolos de memoria”... (Faulkner: 27 y 28). Variante femenina de este embaucamiento literario, es Madame Bovary que se dejaba “llevar por las fantasmagorías lamartinianas” (Flaubert: 36) y amaba “la literatura por sus excitaciones pasionales” (idem: 37). [11]

   Borges (De las alegorías a las novelas, en Otras Inquisiciones) sugiere una “fecha ideal” para fijar el pasaje de la alegoría medieval a la novela moderna, “de especies a individuos”: “Aquel día de 1382” en que Chaucer al traducir un pasaje marcadamente alegórico de Boccaccio, recurrió a una figura individual. Del mismo modo, podría indicarse un similar pasaje de la Edad Media a la Modernidad en el modo en que Colón nombra bíblicamente Paraíso Terrenal, donde “dice” América, y sirenas según los bestiarios medievales donde probablemente “dijera” manatíes o vacas marinas haitianas (Colón: 184, en nota), y Magallanes-Pigafetta nominan según la literatura secular contemporánea al Renacimiento en el que vivían Patagones donde “decía” Indígenas sudamericanos... [12]

   De  manera que la tesis de María Rosa Lida encontraría una confirmación no en la documentación existente, en una historia cientificista hecha “de estériles precisiones” (Borges: 144), sino en una historia que se cimenta en los modos de invención de la realidad por el hombre; en este caso, las categorías culturales laicas que comenzaban a primar a comienzos del siglo XVI.

 

[1] La reprodujo Fernández de Navarrete: “Los castellanos les llamaron patagones, por tener diformes pies, aunque no desproporcionados a su estatura.” (Fernández de Navarrete: 46). Así mismo afirma Tsichiffely livianamente: “Al ver enormes huellas en la arena, uno de la partida dijo en español: ‘¡qué patagones!’ y así fue que esas áridas regiones se llamaron Patagonia”. (Tschiffely: 98)

[2] Levene arriesga esta variante lingüística: “la palabra Patagonia deriva de dos voces indígenas, pa, que da la idea de venir, y thagón, que quiere decir quedarse, romperse, y puede sintetizar la manera como han llegado al territorio los primeros habitantes, o simplemente significa costa brava, pues en estas costas el oleaje es muy fuerte”. (Levene: 263)

[3] Vemos lo que conocemos y nombramos según lo conocido y ya nombrado: el desconocido en Europa hipopótamo lleva un nombre compuesto por dos palabras griegas: caballo y río (ἵππος ποταμός), dos realidades “catalogadas” y nominadas ya por los europeos. Cfr. la descripción del guanaco (desconocido para él) que hace Pigafetta: “un animal que tiene cabeza y orejas de mula, cuello y cuerpo de camello, patas de ciervo y cola de caballo, y relincha como éste.” (Pigafetta: 41).

[4] Cerrando la Segunda carta de Relación de Cortés, algún escriba en España, invadido por una similar extrañeza, anotó: “Son cosas grandes y extrañas, y es otro mundo sin duda”. (Cortés:108) Ese “otro mundo sin duda” provocaba también trastocamientos semánticos. Cortés en la misma Carta narra: “y siendo ya salido de la Vera Cruz […], me hicieron saber de la dicha villa cómo por la costa de ella andaban cuatro navíos, y que el capitán que yo allí dejaba había salido de ellos con una barca, y les había dicho que eran de Francisco de Garay, Teniente y gobernador de la isla de Jamaica, y que venían a descubrir” (Cortés: 10). Espontáneamente, descubrir tiene el sentido de, como dice cualquier diccionario: “Hallar lo que estaba ignorado”, y descubrimiento: “Hallazgo, encuentro”. Quien descubre, primero descubre y después, por ese hallazgo, se vuelve un descubridor. Acá los términos están invertidos: primero se es descubridor y se sale a ejercitar los actos del descubrir. Sólo después, se descubre… Hacia 1800, Joseph-Marie Degérando utiliza descubrimiento en este ya asentado sentido, sólo que en su caso de etnólogo se trata no de descubrir “nuevas” tierras sino “nuevos” seres humanos; dice en la Advertencia a sus Consideraciones acerca de los varios métodos a seguir en la observación de los pueblos salvajes: “Estas consideraciones han sido entregadas al capitán Baudin, corresponsal de la Sociedad [Société des Observateurs de l’Homme], a punto de emprender su expedición de descubrimiento” (Degérando: 73).

[5] Se ha rastreado en las Cartas de Cortés la manera de los Comentarios de Julio César. En tiempos de Cortés hay admiración, seriedad de aplicación imitativa, búsqueda de la autoridad de los clásicos; posteriormente, una paulatina esterilización académica; finalmente, a principios del siglo XX, Lawrence de Arabia hace un uso paródico de la misma apropiación y utilización mimética del estilo de Julio César: los siglos pasados han modificado a los clásicos, que de fuente paradigmática han pasado a ser una pose cultural y/o una ironía estilística...: de los 38 Despachos Secretos que escribió Lawrence entre 1916 y 1918, los 34 y 35 "son los boletines de victoria de Lawrence que en Tafila ha vencido una batalla conducida según los dictámenes clásicos de Clausewitz y de los estados mayores" (Bocazzi: XXVI), y están formulados "con el tono impersonal y la jerga profesional que los militares prefieren desde que César escribió [...] La guerra de las Galias" (Ibidem). (La traducción es mía.)

[6] Progresivamente, nombres aplicados a realidades americanas comenzaron a utilizarse en obras europeas. Shakespeare en La Tempestad hace que Calibán se refiera a Setebos, la divinidad tehuelche que había señalado Pigafetta (Acto 1, Escena. 2: “my dam’s god, Setebos”; Acto 5, Escena. 1: “O Setebos”). Véase, por ejemplo, Livon-Grosman: 43. 

   Obviamente, hubieron por siglos todavía persistencias de la mentalidad medieval y consecuentemente de interpretaciones medievalistas de los aconteceres humanos. Que Francis Drake hubiera cruzado con éxito el Estrecho de Magallanes Fray Reginaldo de Lizárraga lo asocia, desde las Colonias americanas, al “más famoso cometa” que apareció en 1577, “con una cola muy larga que señalaba al Estrecho de Magallanes, que duró casi dos meses, el cual pareció ser anuncio que por el estrecho había de entrar algún castigo enviado de la mano de Dios por nuestros pecados”. (Citado por Morales: 73. Y se agrega a pág. 74: que a Drake “como venía para castigo destos reinos por nuestros pecados, todo le sucedía bien”.) 

   De modo similar sucede en las representaciones pictóricas: en la Florencia del ‘300 que comenzaba a constituirse renacentista, Maso di Banco pinta (c. 1340) aun con naturalidad medieval un dragón (Capp. Bardi di Vernio o di S. Silvestro, Santa Croce, Miracolo del Santo che chiude le fauci del drago e risuscita due maghi uccisi dall’alito del mostro). Y todavía hacia 1556, es decir bien consolidado ya el Renacimiento, Aurelio Luini, en el Coro de San Mauricio, Milán, propone (Salita nell’Arca) entre muchas parejas de animales seculares, una de unicornios blancos…

[7] La estabilidad o el aplacamiento. Para este concepto del aplacamiento de lo vivido como función del relato, véase Pavese: 171.

 

[8] También en Dickens está Shakespeare en un suceso cotidiano, vivido en 1844: “un joven jesuita […] quien, en el esfuerzo por penetrar en el coche, se causó una herida en una pierna entre el calcetín negro y su calzón corto, que me traía a la memoria a Hamlet en el gabinete de Ofelia”  (Dickens: 67)

[9] Los textos tuvieron con respecto a los viajeros una tercera incidencia; a la de ser proveedores de aseveraciones dogmáticas o intensificadores de la experiencia se le agregó una manierística, la de ser simultáneos a los viajes y configuradores de ello. “Michel Butor [Repertoire IV] había adelantado, ya en 1974, la posibilidad de admitir como coincidentes la experiencia de viaje con la de escritura que da cuenta de esa experiencia. Butor funda esta posibilidad en su lectura de los escritores franceses del Romanticismo que escribieron después de Atala (1801), de Chateaubriand. Todos los viajes de estos escritores, dice Butor, fueron librescos […], organizan sus observaciones con un libro en mente viajan para escribir, escriben mientras viajan, porque para ellos ‘el viaje mismo es escritura’” (Prieto: 14, en nota).

  Una aplicación, en cambio, de referencias seculares a ordenaciones culturales y sociales, si bien ferozmente simplificadora, es la que hacía Syms Covington, que participó junto con Darwin de la expedición de Fitz Roy (1831-1836): “Para superar la desorientación que las diferencias culturales le producían, permanecía apegado a preconceptos para categorizar los seres que iba conociendo; en la cúspide estaban los ingleses, descendiendo un grado los europeos blancos, y en el último escalón la gente muy diferente: indios, negro e irlandeses”... (Sosa: 12)

[10] Un ejemplo de cómo la visión de la vida prehistórica cambió con la teoría evolucionista de Darwin: “Los  fósiles de animales prehistóricos descubiertos en todas las épocas de la humanidad, adquieren valor real sólo después de la publicación de la Evolución de las especies de Darwin: corresponden a un nuevo espíritu de época, y por esa razón no por otra son percibidos, ‘encontrados’.”  (Lafuente: 124)

[11] A otros, las lecturas previas los llenarán de prevenciones limitadoras: “Había estado medio temeroso de marchar a Verona, creyendo que quizá pudiese el viaje hacer desvanecer en mi mente la ilusión que de ella conservaba después de leer ‘Romeo y Julieta’.” (Dickens: 91).

[12] Obviamente, hubieron por siglos todavía persistencias de la mentalidad medieval y consecuentemente de interpretaciones medievalistas de los aconteceres humanos, incluso con contaminaciones pre-cristianas, como rebautizar a Drake: “el Dragón”. De hecho, que Drake hubiera cruzado con éxito el Estrecho de Magallanes Fray Reginaldo de Lizárraga lo asocia, desde las Colonias americanas, al “más famoso cometa” que apareció en 1577, “con una cola muy larga que señalaba al Estrecho de Magallanes, que duró casi dos meses, el cual pareció ser anuncio que por el estrecho había de entrar algún castigo enviado de la mano de Dios por nuestros pecados”. (citado por Morales: 73. Y se agrega a pág. 74: que a Drake “como venía para castigo destos reinos por nuestros pecados, todo le sucedía bien”).

 

 

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