ANDRÉS BOHOSLAVSKY
La camarera que se creía Greta Garbo y el plomero que soñaba ser Lenin
y otros poemas
Nació en 1960 en Cipolletti, Río Negro, Argentina. Colaborador permanente de la Editorial Verulamiun Press, St. Albans, Inglaterra. Según él mismo afirma: Trabaja en los barcos y baja poco a tierra. Sigue escapando del mundo. Viajero sin destino y sin paradero conocido.
Entre sus libros publicados están: El ghetto de Vincent. texto adaptado para representación teatral (Holanda), 2001; El río y otros poemas, Editorial Verulamium Press (Inglaterra), 2003; El pianista del Black Cat y otros poemas, Editorial La carta de Oliver, 2004; China ocho milímetros, Editorial La carta de Oliver, 2009; La camarera que se creía Greta Garbo y el plomero que soñaba ser Lenin y otros poemas, Editorial La carta de Oliver, 2016; Los ojos de Sasha o El fin de un sueño rojo, Editorial Leviatán, 2017.

La camarera que se creía Greta Garbo
y el plomero que soñaba ser Lenin
El día que mis ojos miraban de otra forma, desde la mesa de siempre
donde pasaba horas leyendo a los malditos
bebiendo como si mis días fuesen interminables
una revelación, un rayo en mi mente
me mostró que a veces la realidad
no es más que una ilusión, un engaño fabricado por vaya a saber
qué extraño mecanismo
dejé un momento a Rimbaud, en ese libro viejo
que exhalaba humedad
coloqué mi vaso a la izquierda de él
y mientras le pedí disculpas, me acerqué a la mesa
donde Lenin charlaba con Greta Garbo,
ella tomaba un martini y él su vodka de siempre
la mirada de Greta, absorta y claramente perdida
por el discurso revolucionario de Lenin
hacía que la escena, que veía en blanco y negro
resultara una puesta cinematográfica de los años 30
a esa altura, el bar ya no era el del barrio de Pompeya
sino un bistró que estaba a metros de la estación de subtes de Moscú
al que solía venir asiduamente en otra vida
para llegar a la casa de Esenin o Maiakowski
los ojos grises de la Garbo, fijos en el perfil de Vladimir
daban cuenta de otra cosa, muy lejana a la dialéctica de nuestro héroe
y más próxima a la bella idea de lo romántico
nada en ella parecía hablar de plusvalía o revoluciones
lo suyo era belleza y glamour en estado puro
la escena cambiaba del blanco y negro, a un abanico de ocres
o se mostraba congelada, simplemente, como una foto.
De repente, los tres reíamos, sin saber muy bien porqué.
Pero ese trueno, que se anticipó al diluvio, puso las cosas en su lugar
Greta volvió a ser la melancólica camarera de ojos tristes y mirada
cansada
Lenin volvió a ser el plomero que pasaba por su ginebra cotidiana
solitario y hosco como siempre
retorné a mi mesa
donde planificamos con Arthur dejar de escribir poesía
y escapar para siempre al África.
Margot, la prostituta que leyó a Bakunin
Caminando de madrugada por la calle de la tristeza
llegando a la intersección con el boulevard de los perdidos
me senté como siempre, a observar el cielo estrellado
mientras encendía un cigarrillo
encontré, convertida en objeto de consumo nocturno
a quien había sido mi compañera de estudios, Margot
que leía a Baudelaire y Rimbaud en francés para entenderlos
envejecida por el paso del tiempo
y la intensidad de un trabajo que reclama su libra de carne
nada en ese abrazo habló de poesía
su mundo, reconvertido en mercancía
ahora demuele las palabras que tanto amaba
y la asimila a una muñequita del barroco
abandonada a su suerte
la neblina que cubre el boulevard
nos transforma en dos adolescentes
que debaten la función social del arte
y las teorías anarquistas del príncipe Mijaíl Bakunin
al mismo tiempo
cuando la bruma se retira
lo único que confirma su presencia
es una colilla de cigarrillo con su lápiz labial y su perfume
y su voz, espectral, diciendo:
salvo que seas poeta, las palabras no significan nada.
El acta
Yo, que estoy en el medio del mar
leo el acta, que con unos cuadraditos marcados con una x
deja constancia de la muerte de mi madre
mientras la rompo y el viento se la lleva
depositándola en unas olas gigantes
pienso en ella con sus lentes viejos, leyendo a Chejov
o las cartas de familiares de Rusia
y en aquellos años en que era feliz, paseando con mi padre por la
/ playa
mientras yo corría detrás de ellos
me doy vuelta y la veo sentada en una silla en la proa
rodeada por unos albatros que picotean restos de comida
me llama y me siento junto a ella, mientras saca unas fotos viejas
en paisajes extraños, junto a sus padres
y luego otras y otras, como un repaso de su vida
mientras hablamos de las cosas que quedaron sin hacer
de esos planes simples que teníamos
y ya no podremos realizar
giro la vista al mar y cuando me doy vuelta para abrazarla
ya no está
a mis pies, veo la foto en que ella está delante de la casa de sus
/ padres
en la calle de la revolución
la llevo al camarote, la pego en la pared
y me acuesto a dormir
en el sueño, escucho su voz, casi imperceptible, que me dice:
- no estés triste, ya nos veremos.-
me despierto, me sirvo un vaso de vodka
y miro por el ojo de buey la tormenta que se avecina
voy a la sala de máquinas, a cumplir mi turno
y la escucho nuevamente:
- hijo, el hombre es lobo del hombre-
me río pensando en ella, en esos viejos tiempos
donde soñaba un mundo más justo
sin imaginar que nos convertiríamos en bestias.
Rebeca
Iván, peluquero y anarquista ruso
fue asesinado por la policía en los años 40
en un bolsillo de su pantalón encontraron tres monedas
panfletos llamando al alzamiento contra el poder de turno
y un librito acerca de cómo construir un mundo
donde nadie es amo ni esclavo
y del devenir inexorable de la felicidad a causa de esto
un pequeño peine completaba el cuadro en el otro bolsillo
el hijo del peluquero se hace policía para ganarse la vida
reprimiendo a los que alteran el orden en la vía pública
en una refriega, muere asesinado por un ladrón
que le dispara a la cabeza
Rebeca, la hija del policía reabre la peluquería familiar
sin saberlo, le corta el cabello al ladrón que asesinó a su padre
y al comisario que mató a su abuelo
por las noches escribe poemas breves impregnados de amor
ignora el mundo casi por completo y es feliz
eso me dice, casi sin mirarme
al bajarme del sillón de la peluquería.
Codicia
No tuve en esa época, otra salida a la crisis
que vender mis textos a Codicia
él traía su balanza y los depositaba en uno de los platillos
en el otro, las monedas
la relación era muy mala para mí
y muy ventajosa para él
entonces comencé a escribirlos más largos
pero aun así era insuficiente
Un día la casa de Codicia se incendió
y mis poemas junto con ella
Codicia corrió a salvar su bien más preciado
abrazado a la balanza, tropezó al intentar salir
y quedó encerrado con ella.