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AGUSTÍN FERNÁNDEZ MALLO

EL POETA DE LA   POS POESÍA

Introducción por Osvaldo Picardo

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Nacido en A Coruña, Galicia en 1967, Agustín Fernández Mallo se licenció en Ciencias Físicas por la Universidad de Santiago de Compostela. Trabajó como físico especializado en la aplicación de las radiaciones ionizantes a la terapia del cáncer.

Por estas tierras americanas, menos conocido que en España y Europa, llegó a muchos oídos de lectores argentinos por la reacción que provocó su libro El hacedor (de Borges), remake (2011). La protesta por el inmerecido e injusto retiro del libro de los puestos de venta, a causa de una demanda judicial interpuesta por María Kodama, convocó a gran cantidad de escritores, profesores de literatura, críticos y estudiantes -entre otras profesiones. Surgieron allá y acá reacciones a favor tanto en prensa escrita, blogs, facebook, twitter, y demás medios de difusión, principalmente haciendo evidente que lo que se estaba debatiendo no era el "plagio" de un libro, sino, como dijo el propio Fernández Mallo, "toda una técnica -por lo demás, antiquísima, y de la que el propio Borges fue un gran exponente-, de crear objetos y conceptos estéticos". Un caso parecido, pero no igual, fue la causa judicial contra el escritor argentino Pablo Katchadjian, quien publicó en 2009 El Aleph engordado, un libro que intervenía el cuento original de Borges añadiéndole adjetivos y frases hasta duplicar su extensión.

La intención innovadora del autor lleva a muchos críticos, como al italiano Simone Cattaneo[1] a definirlo, en épocas de globalización mundial, como un fenómeno literario “topológico”, en el mismo sentido que Fernández Mallo afirma que “de eso parecen tratar hoy las artes, trazar mapas, hacer topografías con las herramientas más topológicas que pictóricas”.

Su propuesta, en realidad, es una de las pocas propuestas artísticas que responden con gran seriedad y creatividad al giro posmoderno y tecnológico de las últimas décadas. Se trata de una puesta al día de la que Fernández Mallo es un lúcido operador que cree que “los objetos y los símbolos, la así llamada realidad, adopta bajo esta óptica una nueva ontología:  las cosas no son ni construcciones puramente objetuales y separadas del ser humano –como dice el realismo clásico–, ni tampoco son sólo construcciones lingüísticas y políticas –como aseguró el pensamiento continental posmodernista–, sino que son ‘objetos red’”.

En este sentido, también su especial interés por las cada vez más claras relaciones entre ciencias y humanidades está explícito en el libro Postpoesía. Hacia un nuevo paradigma (2009). La propuesta pospoética que hace el escritor gallego, se verifica fundamentalmente en sus libros de poesía, compilados hasta hoy, en un solo volumen, Ya nadie se llamará como yo. Poesía reunida (1998–2012) (2015).  

Como dice la crítica Candelas Gala, en su reciente libro sobre Agustín Fernández Mallo[2], éste “propone la necesidad urgente de hacer una revisión de la poética oficial, la “ortodoxia” en la España actual, para curarla del anquilosamiento de sus premisas que amenazan con asfixiarla” … Su programa de escritura que tiene su puntapié inicial en la poesía se extiende al discurso narrativo imprimiéndole un carácter transdisciplinario, con sus derivas e ilaciones. Aparentemente sus textos resultan en una primera lectura, caóticos y fragmentarios, sin que lo sean realmente: llenos de redes e hilos que se tejen como conductores a través de repeticiones y metáforas muy propias. Por eso mismo es posible hablar de una poética del reciclaje, en la que la identidad de una obra es “un supermercado y cada cual hace su carrito de la compra”. Refleja así, una amplia variedad de citas y referencias a autores y obras que no sólo exceden las fronteras españolas, sino que el autor elige y colecciona de los mismos, pero precisamente es aquello que no parece ser su más importante característica ni su esencial significancia: la basura de los mismos.

Este reciclaje como estrategia revuelve y fragmenta la escritura, sacando a relucir un saber olvidado que es el de relacionar lo que fue desechado, una especie de caput anguli de la cultura actual.

Es así inesperadamente que vemos desfilar la televisión, la música pop, los vídeos, el Internet, el cine, las artes plásticas, la publicidad y las ciencias, la física, la filosofía, los sentimientos filiales y amorosos. Asombrosamente logra que, en esta poiesis o performance, las redes temáticas y las metáforas vuelvan a ser instrumentos de pensamiento crítico. Sin embargo, no desea alcanzar conclusiones, explicaciones, consejos y otras triviales soluciones falsamente definitivas, sino que son planteos para explorar los estados de contradicción, perplejidad, paradoja y suspensión. Como dice Gala: “Más que “aclarar” y proclamar certezas y causalidad, esos recursos conllevan enredamientos, ambigüedad, fluctuaciones, relatividad”.

Consciente de que la experimentación y la vanguardia son absorbidas por el mercado, y que “nada se sale fuera del mercado”, sabe que no existe un afuera desde el que escribir. A partir de esta revelación, no hay un lugar para “romanticismos” ni nostalgias de “autenticidad”: el autor contemporáneo ha sido empujado a encontrar otras maneras de nadar a favor de la corriente y crear un nuevo paradigma que tal vez, la tuerza hacia otra orilla.

En la poesía de Agustín Fernández Mallo se constata limpiamente, sin sentimentalismos ni chatos realismos duros, que las cosas, los paisajes, los desperdicios, los desperfectos, las copias, las réplicas (a ser posible con fallas), el spam, el no ser que somos… todo lo que se considera parte de la basura parece encontrar no sólo una mirada desfamiliar, extraña, sino una nueva manera de tejer la red de sentidos que la lectura hace realidad.

Aparentemente cínica y escéptica, subyace en esta resignación a la época una suave y lúcida ironía humorística en que la entropía estética de la pospoesía alcanza su mejor, y a veces conmovedora, mirada. 

[1] Cattaneo, S. (2020). “Nocilla Dream (2006) de Agustín Fernández Mallo. Una ‘heterotopografía’ del mundo globalizado”. Rassegna iberistica, 43(114), 275-304.

 

[2] Gala, Candelas: La emboscada postpoética de Agustín Fernández Mallo. (2025) Purdue University Press West Lafayette, Indiana

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POESÍA y NARRATIVA 
selección ​
por Sabrina Riba y Osvaldo Picardo

Poesía

Desde que en 2013 se confirmó la existencia del bosón de Higgs, el vacío no es la nada, sino un lugar lleno de partículas.

Queda así la nada reservada para el lenguaje de la poesía, las religiones, el ámbito de lo que algunos llaman lo difuso.

La realidad, por mediación del lenguaje, como un río se ha creado a la vez que escindido.

Ello me plantea un problema, radical duda que se hunde en el lodo de mi lenguaje aprendido: buscarte en el vacío o en la nada, en cuál estás tú ahora.

(34)

 

Ya nadie se llamará como yo,

me dijo.

Pasas por delante y te detienes a oír sus ronquidos, lenguaje que ni un tigre de Bengala ni los pájaros de Alaska hubieran podido descifrar.

Imposible anticipar en aquel momento su calavera de Damien Hirst, playa de diamantes en la que hablan

de sus cosas los muertos.

(50)

 

Yo no tengo la culpa de que esta metáfora ya se haya inventado ni de que esté vieja y gastada, no, yo no tengo la culpa: sentada al borde de la cama, el violín de tu espalda, y la cintura, donde las már­genes estrangulan el río de las nalgas. Amortajo los días, pretendo conocer la silueta de la soledad, a qué piel se adhieren ahora mis gestos. Enciendo la luz de mi escritorio [para más señas, y por si alguien se anima, Hotel Port Maó, habitación n.° 7] cuando las no­ches se cierran sin pomo, y me siento; yo sólo me siento. Alguien podrá verme más allá de la ventana, paliar su soledad, al menos, ya que la mía yo no puedo. Amortajo los días, por lo de la sole­dad, ya lo he dicho, y cuando creo haberle ceñido el último cabo se desparrama de nuevo por las dependencias del hotel. Creo que jamás llegaré a conocerla, a conocerme, deudor de sus gestos, des­de siempre existo pero nada soy. [Ahora lo sé], carece de silueta el lado náufrago del tiempo.

(226)

 

Habitar una isla te obliga a cumplir la peculiar simetría de coinci­dir exactamente con la isla. Puedes buscarte la vida entre la inge­nuidad de los turistas, puedes matar las tardes lanzándote botellas con mensajes, puedes emborracharte sin pasar inadvertido y usar­lo en tu beneficio, puedes cubrir la fachada de tu casa con conchas en un ataque de mal gusto [está permitido], puedes quedarte quie­to junto al faro y guiar a los barcos imperdibles [ser por fin un faro sin misión], puedes, incluso, llegar a grabar un disco si el folklore local entra en decadencia, o puedes, como yo, llegar a descubrir la única certeza a la que puede acceder un humano: la luz se opone al laberinto. Esto sí que es definitivo. Una vez descubierto cumples otra simetría: eres una isla dentro de otra isla. Y esto, a mi pesar, también es definitivo.

​(247)

 

No hay peor cosa que perderlo todo. Quien pierde un poco menos que todo gana la pobreza [con su prestigio asociado], y puede apun­tarse a un club de dandis retirados. Quien pierde un poco más que todo gana el vacío que hay más allá de la materia, y puede ponerse a escribir poesía [debe]. Pero quien pierde exactamente Todo gana exactamente Nada, y esa contradicción te paraliza, no lo olvides, me dijo el monigote W. C., cuando te abandone esa mujer que te espera en la mesa.

(254)

 

No es que los actuales telescopios de rayos X vean los agujeros negros en sí.

Ni siquiera la luz puede escapar a la fuerza gravitatoria de estos objetos que, por tanto, son invisibles.

Lo que se observa con rayos X es la materia que

está siendo atraída hacia los agujeros negros, hasta una distancia muy próxima al llamado «horizonte de sucesos» (el punto de no retorno de la materia que cae)

(492)

 

Vuelven las mariposas monarca, milagro de la navegación, una vez al año.

Hay dos clases de sombra, la que viaja en contacto con el objeto y la que se proyecta a distancia —vuela un avión y la ves correr allí abajo sobre campos como el caudal de un río liso—.

De la primera habló Rosalía de Castro, de la segunda

Lucrecio y los astrónomos en general.

Hay una tercera sombra, nunca citada, efervesce

en el interior de los cuerpos, donde no llega la luz y el cielo es un mar completamente aplanado.

Delirio de la eficiencia energética, hoy sólo una mariposa monarca ha regresado.

Nos han encerrado afuera. No podemos entrar en la casa

(31)

 

 

 

Narrativa (fragmentos)

De Teoría general de la basura (cultura, apropiación, complejidad) (2018)

“No hablamos pues de la recepción de señales al modo en que un astronauta emite un mensaje desde Marte pero no podemos entenderlo porque nos llega fragmentado o con interferencias; no, no se trata de mensajes en su día correctamente emitidos que hoy nos llegan imperfectos, sino de algo diferente: la reconstrucción a través de fragmentos pero completa y perfectamente coherente de algo que hoy, en el presente del hallazgo, va más allá de la estricta materialidad de las cosas. Por ser más precisos: no es la reconstrucción de un mensaje, sino con los pocos o muchos materiales que tenemos su construcción de facto y en tiempo real; un objeto, un concepto, un sonido totalmente nuevo que en esa novedad resignifica también nuestro presente. Y aquí aparece un concepto de tiempo que de principio a fin atravesará las páginas que siguen: el tiempo pasado no es algo que viene a decirme cómo eran las cosas antes, sino que, como si de un «tiempo inverso» se tratara, son huellas que vienen a decirnos cómo es nuestro presente, a construir una identidad contemporánea. Somos tan contemporáneos de un neandertal que de un cosmonauta de la Estación Espacial. Es tan contemporánea a nosotros un hacha de sílex hallada en las excavaciones de la construcción del estadio de los Juegos Olímpicos de Londres que el diseño de la más moderna computadora cuántica o la taza de café que ahora mismo tengo ante mí, aunque esta taza haya pertenecido a mi abuelo” (12).

 

De Trilogía de la guerra (2018)

 

“Frente a la ventana de su habitación, y al meticuloso cuidado de una anciana, había un palomar de palomas mensajeras. A veces se alborotaban sin un porqué; formaban un remolino en el aire y giraban tan rápido que el conjunto era una compactísima nube de plumas. Pero ocurría que cuando se calmaban no regresaban cada cual a su pequeño nicho en la pared sino a otro nicho de cualquier otra compañera. Esa mezcla de posiciones irritaba a la anciana, quien salía con el bastón y comenzaba a dar golpes a las paredes para que las palomas volvieran a arremolinarse en el centro del palomar y a su regreso eligieran por fin cada cual su correspondiente nicho, lo cual pocas veces ocurría. Un día que asistí a ese espectáculo, él me dijo que todo ello era producto de la contracción que estaba experimentando el universo, «no es que esos animales se confundan sino que instintivamente intentan regresar a lugares en los cuales algún día estuvieron, así que ahora mismo esas palomas mensajeras bien podrían llamarse algo así como “mensajeras del pasado”. Créeme, las cosas se van mezclando hacia atrás. Aunque eso no siempre funciona, en ocasiones el azar hace su aparición y la marcha atrás genera nuevas y sorprendentes disposiciones en las cosas, cosas que antes no existían», me decía, y entonces yo aprovechaba para atribuir esa cualidad de azar invertido a nuestro encuentro en el Kentucky Fried Chicken, encuentro del todo improbable en condiciones normales” (466).

 

De Nocilla Dream (2006) 

“En el momento en que sopla el viento del sur, aquel que llega de Arizona y remonta los diferentes desiertos semihabitados y la docena y media de poblados que con los años se han visto sujetos a un éxodo imparable hasta decaer en poco más que en pueblos-esqueleto, en ese momento, justo en ese momento, los cientos de pares de zapatos que cuelgan del álamo se someten a un movimiento pendular, pero no todos con la misma frecuencia, dado que los cordones por los que están sujetos a las ramas son de una longitud muy diferente en cada uno de ellos. Visto a una cierta distancia es, en efecto, un baile caótico en el cual, pese a todo, se intuyen ciertas reglas. Se dan fuertes golpes los unos contra los otros, y súbitamente cambian de velocidad o trayectoria para finalmente regresar a los puntos atractores, al equilibrio. Lo más parecido a un maremoto de zapatos. Este álamo americano que encontró agua se halla a unos 200 kilómetros de Carson City y a 218 de Ely; merece la pena llegar hasta él sólo para verlos detenidos y a la espera del movimiento. Zapatos de tacón, italianos, chilenos, deportivas de todas las marcas y colores (incluso unas míticas Adidas Surf), aletas de buceo, botas de esquí, botitas de niño o botines de charol. Cualquier viajero puede coger o dejar los que quiera. El árbol es para los habitantes de las cercanías de la US50 la prueba de que hasta en el lugar más remoto del mundo hay vida más allá, no de la muerte, que ya a nadie importa, sino del cuerpo, y de que los objetos, enajenados, por sí mismos valen para algo más que para lo que fueron creados. Bob, el dueño de un pequeño supermercado de Carson City, se para a unos 50 metros. De lo más próximo a lo más lejano, enumera lo que ve: primero la llanura muy roja, después el árbol con su alambicada sombra, más allá otra llanura menos roja, decolorada por el polvo, y al final el recorte de las montañas, que le parecen no tener profundidad, planas, como una de aquellas pinturas lacadas de paisajes chinos que había en el restaurante Pekín-Duck, ahora cerrado, frente a la Western Union, piensa. Pero sobre todo, al ver esa superposición de franjas de colores, la imagen que le viene a la mente con más nitidez son los estratos de diferentes colores que forman los productos apilados por capas horizontales en las estanterías de su supermercado. A media altura hay un lote de bolsas de patatas fritas al bacon que traen como obsequio, amarradas con celo, unas latas circulares de galletas de mantequilla danesas; en cada tapa aparece el dibujo de un abeto con bolas de navidad colgando; no lo sabe. Ambos árboles están empezando a combarse” (23-24).

 

De El hacedor (de Borges), Remake (2011)

 “Epílogo” (169)

 

Quiera Dios que la monotonía esencial de esta miscelánea (que el tiempo ha compilado, no yo) sea menos evidente que la diversidad geográfica o histórica de los temas. De cuantos libros he entregado a la imprenta, ninguno, creo, es tan personal como esta colectiva y desordenada silva de varia lección, precisamente porque abunda en reflejos y en

interpolaciones. Pocas cosas me han ocurrido y aún menos he leído. Mejor dicho: entre la Navidad de 2004 y la Navidad de 2010, ninguna cosa más digna de mención ha sucedido que ver la película El nadador cada 1 de enero e ir actualizando mi Macintosh.

 

Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y personas. Poco antes de morir descubre que esa especie de laberinto traza la imagen de la huella de Neil Armstrong en la Luna. Y se dice, «pero ¿y a qué huele en la Luna?».

 

La única diferencia entre lo kitsch y lo hermoso es esa pregunta.

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