25 DÍAS Y UN LECTOR
- La Pecera Blog

- hace 15 horas
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nuevo libro de Sara Cohen, Ed. Paradiso, 2025
por Dolores Etchecopar
Los 25 días son un enigma que se irá revelando día a día, poema a poema. El lector es uno, uno en soledad, siempre en su soledad poblada y abierta. Un lector/ interlocutor esquivo, no se da a conocer, es lejano y cercano a la vez. Con toda la singular delicadeza de un modo de decir se despliegan los textos de este libro. El poeta también es un lector, es quien lee, cito, en “la rama desnuda” “la frondosidad alucinante/del mundo” y transcribe lo que va leyendo. Leer y escribir confluyen en el poema.
Y a la extrema delicadeza del decir pertenece la fragilidad, un estado al que aluden más de una vez estos poemas. La fragilidad se teje con la incertidumbre y la zozobra, “La fragilidad es tan tuya/como tu piel” se dice la poeta. Y más aún, los bordes de la herida de esa piel limitan la zona donde el poema convoca a las palabras, cuando eso no ocurre solo cabe “palpar la cicatriz” nos dice Sara.
La poesía pertenece al orden de la fragilidad y de lo inútil, su desafío consiste en “caminar sobre una cuerda/ sin ser equilibrista”. La poesía encara un “descalabro”, algo que quedó “en suspenso”, sin resolución, algo que se perdió en el camino. Hay un lector capaz de leer ese temblor? La soledad de la poeta está en el temblor de esa pregunta. Va hacia lo que quedó en suspenso en algún lugar del amor donde “son cuerpos inseparables/ el júbilo y la decepción”, otra vez esa fragilidad, esa ambivalencia.
La mañana insinúa un comienzo, la frágil promesa de estar viva un día más. Tocar el piso con los pies puede ser vivido como un acontecimiento.
A partir del día 12 escuchamos los pasos de un él en la memoria de la poeta. Alguien que por su propia fragilidad se rehúsa a llorar. Es el padre? No lo sabremos, pero vuelve, ya nombrado como padre en los sueños queriendo aprender corte y confección en un “comedor antiguo”, quizá, nos dice Sara, él “entendió que cada prenda es singular” y alguien tendría la llave para “llegar a tiempo”. Llegar a tiempo, eso imposible pero deseado por los humanos que solemos, más bien, hacer todo a destiempo y fuera de tiempo a diferencia de otros seres vivientes.
El lector/poeta ha de cuidar y prestar atención a lo desconocido en él, sin afán de conquista o saber, dejar que lo inapresable forme su cauce en el poema. La poeta habla con el lector, le pregunta si soñar lo lleva a la escritura. Hay preguntas en los poemas que iluminan el silencio, titilan como luciérnagas en una noche de tormenta. La poeta se pregunta sobre eso que hace la poesía con la memoria de lo vivido, y lo que ella hace no es ser una copista de recuerdos, sino algo que los altera, los reinventa, dice Sara. Hablamos de fragilidad y delicadeza, pero también ese obrar de la poesía, “es una acción violenta/ que requiere de precisión/ asesina/ aunque tu rostro sea/ el de la quietud”, nos dice la poeta el Día 18.
“Has inventado a quienes amaste” nos dice Sara, a los padres primero, “inventarlos será menos doloroso que recordarlos?” se pregunta. La poesía opera sobre lo insoportable reinventándolo.
Escribir un poema se hila con la vigilia y el sueño, hay que pasar por el ojal de un estado a otro, cito, “una pregunta alimenta/la siguiente, y se continúa/ en el sueño, /buscas/ lo inédito”. Lo inédito, eso que no está dicho y tampoco pensado, lo indómito.
El verano parece ser aquí la estación del lector/poeta, ese paréntesis en el que los cuerpos están más cerca del aire y la intemperie se muestra más benévola. Pero hay también una honda melancolía allí, sopla el fin del verano, de un verano, los veranos que se fueron. Y el verano no deja de ser más que la ofrenda “del frío del último invierno” nos dice bellamente la poeta el Día 23.
El día 24 y el día 25 una foto llega de lejos, viene de una ausencia y trae a la parquedad. La parquedad deja también su impronta en este libro que dice lo mínimo y no dice de más. Detener al lenguaje allí donde el silencio se acerca a recibir lo no dicho. De eso se trata. Parquedad, una palabra en la que a mí también me resuena algo del morir, la Parca deslizándose entre las palabras con su hoz, segando lo que está seco y la cizaña del lenguaje convencional.
La segunda parte de este libro está dedicada al lector, y es agosto.
Agosto, el mes de nacimiento de Sara, podríamos insinuar que este lector nace con ella.
Una carta llega en agosto, el mes del nacimiento de Sara y también el mes de la muerte de la madre y de sus abuelos. La poesía anuda lo que termina y lo que empieza, nos dice la poeta, “calor de verano/ infiltrado en el invierno”.
Escuchamos a lo lejos el silbato de un tren.
“Hay que irse/ e ignorar el lugar de llegada” nos dice Sara. A esa ilusión, a esa fragilidad queda suspendido el lector de estos poemas, poemas escritos a un lector desconocido, al desconocido que despierta en nosotros mientras los leemos.



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