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Dos cuentos 

Las Silenciosas
y Cazadora

EBEL BARAT

 

(Rosario, 1957) es poeta, narrador y guionista, artista marcial, agrónomo de profesión y viajero por vocación.

Integró el taller “Julio Cortázar” coordinado por Alma Maritano y cursó los seminarios para escritores desarrollados en la Biblioteca Nacional de Francia durante el año 2005.

Ha publicado los poemarios El amor (Editorial Fundación Ross,1999), Caballo de las horas (Ciudad Gótica, 2002) y Haber andado (Ciudad Gótica, 2010); Asignaturas terrestres (Paradisso, 2025), los libros de relatos Cuentos amarillos (Editorial Fundación Ross, 2007), Rosario viaja con perros (Homo Sapiens, 2010) y Florence y otros apuntes del amor profano (Homo Sapiens, 2020); y las novelas El retrato de Vermeer (Editorial Fundación Ross, 2013), La bruma y los pasos (Homo Sapiens, 2015), La Montes (Homo Sapiens, 2016) y Diario de mediatarde (Homo Sapiens, 2018), Los perros del Amazonas (Homo Sapiens 2024). Es autor también de crónicas de viaje como La ruta de la seda (2011), de textos teatrales (Soy el tango y Tango rapsodia, 2008; Las mujeres del poeta, 2013) y de la adaptación para ballet Tita o las formas del amor basada en la novela Como agua para chocolate de Laura Esquivel, 2010, así como coautor del libro de ensayos Aproximación a la narrativa de José Saramago (2009) junto a Alma Maritano y Alejandro Rébola.

Dirigió la sección “La literatura en el cine” en el programa de radio Noches de cine en LT8, Radio Rosario. Fue columnista del programa La Mona de Dios en la Radio Universidad de Rosario y coordina los talleres de lectura y escritura de la editorial y librería Homo Sapiens y de la Biblioteca Municipal de Funes.

Dirige la revista literaria (EN)Tropi@ con dictamenes de La Universidad Nacional de México y La Universidad Nacional de Rosario

Colabora con los diarios Rosario/12 y La Capital, y las revistas Barullo y Del Siglo.

Las silenciosas

 

Algo está sopesando.

Hace unos días revisaba a mi compañera postiza y me di cuenta de que notó el desgarrito en el antepié. Vi como reflexionaba y me puse en el lugar de ella, porque una pequeña herida no es más que el preludio de una lo suficientemente grande para que haya que pensar en lo que va a suceder y en que las posibilidades de que no sea doloroso serán mínimas. Porque el abandono es terrible, una soledad sucia y duplicada. Lo que se puede pretender, a lo sumo, es un retiro y un posterior olvido para languidecer en algún lugar silencioso y oscuro donde la única compañía es un grupo de congéneres, tan callados como una misma. ¿Qué cómo lo sé? En mi caso he visto que tiene una tendencia a no deshacerse de las cosas.

Tiende a conservar las cosas y a eso atribuyo, también, la manera con que observaba a mi compañera postiza.

Todas llevamos impregnado el aliento vital, él ánima, del que nos corresponde y he visto una vez, al visitar un museo ―no sé si ella lo recuerda―, las ropas, los enseres, y los utensilios de quien era el padre de la patria de aquel país. Es claro que ése, tal vez, es el mejor destino que podríamos pretender. Muy improbable, por decirlo de un modo neutro.

Podría pasar, sí, que, nos tocara ser olvidadas, como algunos que he visto, dentro del cajón. En el caso de que sucediera eso, enfrentaríamos el tedio un poco límbico, hasta que el tiempo, por fin, acabara con nosotras.

Los tres hemos andado mucho juntos, y considerando su hábito de no deshacerse de sus pertenencias, quizás podríamos pretender un destino así, de una tranquilidad larga y cada vez menos consciente, como un adormecimiento.

No sé si mi compañera postiza piensa o siente lo mismo que yo. No lo creo por la manera con que experimentaba su inspección. Yo sé que quería ocultar el desgarrito.

Para ella debe ser un calvario porque sabe que después de cada sesión de trote está más rota allí, o, en el mejor de los casos, más debilitada. Me apena mucho y tengo miedo, también, porque yo voy con ella, aunque eso no debería haber ocurrido.

Yo no debería estar con ella, ni compartido su destino. Ni siquiera somos del mismo tamaño. Parece un disparate, pero es así porque él tiende a familiarizarse con lo que adquiere y cuando algo le gusta, repite. Lo concreto es que tiene otras dos como nosotras y las dejó allá en la casa y el barrio que todas conocemos de memoria. Pero hace tiempo cometió un error y nos separó de nuestras compañeras: quiero decir que nos juntó a ella y a mí, que, insisto, no somos ni siquiera del mismo tamaño, porque él suele amoldarse a ambas medidas indistintamente.

Y ella y yo hace rato que andamos juntas desbaratando el destino usual que solemos tener y que es el de andar de a pares, siempre el mismo, quien sabe hasta cuándo.

Las cosas hermosas suelen realzarse cuando son efímeras o cuando se va sabiendo que las oportunidades de que vuelvan a suceder son escazas. Acabamos de llegar. Salimos a correr y tuvimos la dicha de contemplar el mar. Todo se sentía un poco misterioso por la luz gris, la llovizna, la ausencia de gente en ese lugar que suele estar tan transitado. Pero la consecuencia, después del momento tan lindo, es que la herida de mi compañera se debe haber agrandado. No pude verla de frente como él, yo estoy a un costado, quieta y asustada.

Fue un paseo mejor que otras veces cuando hace mucho calor. Lástima que no hayamos podido descansar tranquilas, sobre todo ella que hace unos instantes estaba en sus manos y no para ser admirada, por cierto.

No es la primera vez. Ya lo dije: lo noté hace algunos días y, también, me tocó pasar por la misma experiencia. Algo está considerando y por eso nos observa. Yo, más o menos, sé a qué atenerme. Al final, creo que mi compañera de allá, terminará siendo más dichosa.

Así es. Una paradoja porque ella se quedó por un error y también porque está muy herida en su contrafuerte. Culpa de los perros que suelen ser nuestra mayor desgracia y que pueden acabar con nosotras en un rato, destrozándonos mientras damos alaridos de silencio, qué otra cosa.

Tengo que reconocer que fue, que es divertido andar con él. Es inquieto y el cansancio vale la pena: donde va es porque tiene ganas. Se nota. Yo lo quiero y ella, me refiero a mi compañera postiza, seguramente, también.

Me cuesta pensar que, tal vez, ésta fue la última vez que salimos a correr a la orilla del mar.

Llegó como si estuviese apurado y dejó una mochila de tela liviana y negra sobre una silla. Se sentó en la cama y reflexionó unos minutos. Después se levantó enérgicamente y se calzó un short rojo y una chomba, también roja. Me di cuenta de que íbamos a salir de nuevo. Se puso los soquetes cortos grises y tomó a mi compañera postiza para observar el desgarrito.

Había menos gente de lo esperado. Al terminar el trote nos dejó en la playa con la llave de la habitación dentro de mí y se fue al mar con la chomba puesta como hace siempre. Se metió enseguida y, como siempre, después de unos minutos, salió y fue a sentarse con nosotras, una a cada lado, donde hay sombra. Esperó a secarse un poco y, descalzo, empezó a volver al hotel.

Se duchó y se acostó después de correr las cortinas porque le gusta la penumbra. Nos dejó cerca de la mesa, y de la mochila negra.

Se levantó pasada una media hora y buscó la mochila. Empezó a vaciarla y fueron saliendo los regalos que suele comprar cuando viajamos. Perfumes, recipientes para ciclistas, alguna prenda de mujer, calzoncillos, medias, y finalmente dos congéneres de color gris perla con suela y cordones negros, ojales triangulares de metal y, debo decirlo, hermosas. Para peor, claramente de otra categoría. Se dio vuelta y se quedó un buen rato contemplándonos. Mi compañera parecía ensimismada, como si no le importase demasiado o como si se resignara.

Como siempre se tomó un buen tiempo para armar la valijita de mano con la que suele viajar. Colocó a las nuevas junto a los mocasines con suela de goma que siempre lleva. Mientras, nosotras esperábamos. Todavía quedaba un poco de lugar.

Nos miró un largo rato. Después tomó a mi compañera postiza y le dio un beso en el desgarrito, un beso casi intenso. La dejó, me alzó a mí y también me beso en medio de la hilera de cordones. Me dio un poco de vergüenza porque debía estar oliendo bastante. Nos posó encima de la mesita. Se calzó los zapatos de descarne, alzó la valijita, se detuvo a reflexionar unos instantes y abrió la puerta. La dejó abierta y salió al pasillo. Alcancé a escuchar que le decía a la señora que limpia y ordena las habitaciones que había dejado dos zapatillas que estaban en buen estado. La mujer le preguntó cuál era su cuarto.

Cazadora

 

No era la única, había otros que lucían esa suerte de serenidad en la mirada que se forja con el temple. Era como un cuchillo pulcro y eficaz descansando sobre una tabla y a la espera. Había dejado de volar el gran espacio para quedarse donde estaba él, a pesar de los fríos en el invierno. Lucía implacable y fiel cuando descansaba sobre la percha contemplándolo en la calma, lejos del capirote y del guante.


A él le gustaba verla allí, atenta, amándolo tan elaboradamente como la naturaleza y el tiempo inagotable lo permiten. Cuando la tenía sobre el guante solía acariciarla en medio de los ojos con el dedo índice y ella juntaba levemente los párpados.


La había criado después de rescatarla de aquel cerro árido que sus padres habían elegido sobre el valle verde y estirado a lo largo del río.


Nunca volvieron. Sí, llegó él para llevársela al día siguiente y constatar que seguía sola. La cargó escuchando sus chillidos débiles.


Ella se hizo al olor a fuego viejo de esa cocina y al ritual de cada mañana antes de que él se fuera a trabajar. Comprendió el juego del señuelo y el premio y, lentamente, fue descubriendo de lo que era capaz hasta que una primera vez y desde la altura, invisible, plegó las alas y se transformó en un bólido bajando a trescientos kilómetros por hora para topar aquella perdiz al vuelo ante los gritos de alegría de él.


Él pensaba que no había espectáculo más bello que el proyectil oscuro capaz de frenarse en un arco acrobático para evitar el suelo después del choque y volver, enseguida, en vuelo oblicuo para rematar el alboroto de plumas y espasmos. Él era puro acecho y sentía, hasta el clímax, la descarga en el largo de su cuerpo cuando sobrevenía el arrebato.


Cuando entró la primera vez, la mujer, se sorprendió de su tamaño y de su esplendor de arma viva y quiso tomarla entre sus brazos. Lo hizo con el auspicio y la vigilancia de él. Ella la dejó hacer, pero sus músculos se contrajeron sobre sí mismos, como si tuviera frío. Él se la sacó de los brazos y la dejó en la percha. Le dijo que cazaban, que la amaba y que no tiraba un tiro por sus presas. La mujer respondió diciendo que era hermosa y su tono semejaba el de la melancolía.


Esa noche durmieron juntos y para ella fue la primera vez que escuchara esos modos de la voz humana que, en algo, se parecían a su festejo cuando ella topaba.


No se acostumbró al olvido de él en esas noches porque eran infrecuentes.


La mujer dejó de visitarlo y las cacerías continuaron siempre que el tiempo fuese bueno hasta que él decidió probar un día, de los muy escasos, en el que arreciaba la niebla bajo un cielo nublado. La vio ascender unos metros para perderla enseguida. En la cerrazón, pensó que quizás no la viera nunca más y qué sentiría ella en esos instantes.


Caminó y se miraba las zapatillas sobre la aspereza del sendero de polvo y guijarros. Temió por la posibilidad de que ella hubiese perdido el rumbo o aprovechado para responder al trabajo que un tiempo, más largo que sus medidas de hombre, había hecho en su especie.
Comenzó a agitar el señuelo. Experimentó una certeza, ella volvería, ni la bruma ni la ceguera tenían nombre en su esencia rapaz.


Chifló y levantó la mirada hacia la niebla impenetrable. Le pareció escuchar un batir apagado. El tableteo mantenía apenas su intensidad, incluso la bajaba. No se atrevió a chiflar por unos instantes y cuando pudo hacerlo la niebla le devolvió su dejo de soledad. Casi enseguida, el ruido se tornó compacto.


La silueta negra llegó desmañada y se aferró al guante. Se preguntó si el hecho de que su índice presionara más la frente de ella podría transmitirle lo que estaba sintiendo. Se dijo que sí.


Era suficiente, no lo volvería a hacer, había sido un juego estúpido. Pensó cuánto de humano tenía ella, y, en todo caso, cuánto de halcón tendría él. Pensó en el momento en que un proceso producía un alma y vislumbró que las almas de todos los seres sabían y sentían, de algún modo más precario o más elaborado, las mismas cosas. Era la ética del universo. Pero ella detentaba sus garras capaces de hendir y tajar, la tijera y la prensa de su arma córnea, allí, rotunda bajo los ojos, con la que podía experimentar el olor y el gusto de la muerte.


Esa noche, encaramada en la percha, parecía interrogarlo con la mirada.


La mujer volvió a visitarlo. Una mañana se levantó antes para ordenar esa sala donde él solía tomar su café en medio de los utensilios de los que, siempre, echaba mano. La mujer liberó la mesa de madera de tapa virgen y áspera, y apretó los objetos en el único estante que estaba sobre la pileta. Encontró un mantel a cuadros de contornos azules y cuerpos rojos y lo tendió. Cuando él se levantó ella tenía el café listo y tres rodajas de pan sobre un plato. La mujer le preguntó por qué la percha de ella estaba en medio y si no era conveniente retirarla un poco. Él prestaba atención a la mesa y gozaba del aroma del café.


Después de un par de semanas en que iba y venía, la mujer llevó su ropa y se quedó en la casa. Ella acechaba sus movimientos que se afanaban en reacomodar y limpiar. Ahora, al alba, era la primera que abría la puerta de la cocina. Ella no se acostumbraba, y sufría el mismo sobresalto prieto cada mañana, seguido de una atención sostenida a sus movimientos. Se la veía estirar el pescuezo, girar e inclinar la cabeza, sin dejar la percha.


Las cacerías cesaron casi por completo, y ella ya no escuchaba la descarga ahogada y rabiosa de él cuando era una perdiz o una martineta. Aunque no era muy diferente a lo que llegaba en las noches desde el dormitorio contiguo a la cocina, ese ronco desahogo que, cada vez, aceptaba ajena.


La percha fue desplazada hacia el muro. La pared blanca, ahora enmarcaba la figura de ella. A él no le gustaba verla, allí, como una gloria encarcelada. Ella abría levemente el pico y hacía palpitar la garganta sin emitir sonido. Nunca antes lo había hecho. Él propuso que, tal vez, deberían volver a cazar. La mujer se volvió para mirarla. Su garganta no dejaba de latir
Había que hacerla volar. Había que salir, ella no estaba para quedarse en la percha a centímetros escasos de la pared. Hacía falta hacer un buen escabeche. La mujer dijo que iría con él, que quería ver y aprender cómo era.


Cuando ella abatió de un golpe el vuelo esclavo de la perdiz, la mujer pudo verlo curvarse sobre sí mismo, con ambos puños apretados, victorioso y alegre.


La mujer dijo que ella lo hacía feliz y él se avergonzó.


Ella fulminó a la segunda perdiz, y se precipitó, como nunca había sucedido, contra el suelo del que pudo elevarse con un aleteo herido. Él festejó débilmente. La mujer aulló. Ella abandonó la presa y se remontó de nuevo, en línea recta. Él fue por la perdiz muerta. Al volverse pudo percibir el trazo del dardo oscurecido, el despliegue de alas y la detención del ataque para enarbolar las garras que se aseguraban sobre el cuello de la mujer. Estaba a unos cien metros y podía escuchar los chillidos y ver ahora ese otro aleteo, el vano de los brazos de la mujer.


Corrió y supo que la única manera era ahorcarla porque sus garras nunca soltarían el cuello. Fluía la sangre sobre la piel blanca. Él la tomó por el pescuezo y pudo sentir las pequeñas vértebras, la blandura inesperada, y el ahogo. No quiso ver sus ojos, tampoco tirar y provocar un desgarro. Ella iba a soltarla cuando muriera. Nunca antes
Ella supo que no iría a volar nunca más y en el momento del oscuro silencio terminó de cerrar sus garras dentro del cuello y las extrajo cortando la carne y la fuente hecha para llevar la vida al resto del cuerpo.

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