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ESCRITURAS DEL DUELO
No he salido de mi noche, de Annie Ernaux

por Susana F. Ramírez

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La actual proliferación de narrativas autobiográficas expresa, según la socióloga Leonor Arfuch, una tonalidad particular de la subjetividad contemporánea, que se concreta en el interés creciente y masivo por conocer la vida de los demás, hasta en los asuntos más personales, estimulado por las nuevas tecnologías comunicacionales. En las últimas décadas asistimos a la expansión de las denominadas “escrituras de duelo”, que revelan la necesidad de los deudos de compartir con los demás un dolor que se llega a vivir como insoportable en tiempos de la “muerte seca” como la entiende Jean Allouch, esto es, en ausencia de los rituales funerarios públicos que sostenían al doliente en ese trance.[i] Con su publicación cuestionan una tendencia de la sociedad contemporánea (que privilegia la productividad) a invisibilizar y silenciar la muerte. Philippe Ariés denomina “muerte excluida” a este rechazo de la muerte (que sitúa a mediados del siglo XX) que ha ido más allá de la persona de los enlutados y se extiende a todo lo que a ella afecta por concebirlo como infeccioso.[ii] Lo que no tiene nombre de la colombiana Piedad Bonnett, El corazón del daño de María Negroni, No he salido de mi noche, de la francesa Annie Ernaux, premio Nobel de Literatura 2022, o Papá, de Federico Jeanmaire, son algunos títulos que ilustran esta tendencia. En ellos, la escritura rodea el acontecimiento de la muerte o el proceso de la enfermedad y en ese acercamiento adquiere modalidades discursivas bien diferentes, pero en todos los casos se vuelve sobre sí misma para reflexionar acerca del acto autobiográfico, a la vez que recupera la memoria de las escenas del pasado. Este carácter reflexivo se extiende a la indagación del vínculo con la persona amada, el significado de la pérdida y, en relación con ella, de la propia vida del sobreviviente, cuya identidad se advierte modificada.

   No he salido de mi noche, de Annie Ernaux, diario personal conformado por las anotaciones hechas en orden cronológico durante el tiempo de internación de la madre (diciembre de 1983 a abril de 1986), registra los estragos de la enfermedad de Alzheimer así como las sensaciones de la hija ante el deterioro físico y cognitivo. Un “diario de visitas”, como lo define la autora, quien lo escribía “muy rápido, sumida en la violencia de las sensaciones, sin pensar ni buscar un orden”, según aclara en la página introductoria. Tras el fallecimiento de la progenitora, rechaza la idea de hacer público este diario que expone un proceso tan doloroso como degradante: “Horror de imaginar un libro sobre ella. La literatura no puede nada” (martes 8 de abril 1986). Aunque durante este tiempo escribió Una mujer, dedicado a la figura de la madre, decidió publicar este que podemos denominar “diario de duelo” unos diez años después del fallecimiento. La decisión obedece a la concepción de la escritura autobiográfica como una escritura de riesgo, un rechazo a toda “composición” literaria que intente aligerar las emociones y contradicciones que se abaten sobre quien escribe, enfrentada al deterioro físico y mental del ser querido y a sus propias cavilaciones y recuerdos, en los que emergen sentimientos de amor incondicional, pero también rechazo, culpabilidad, furia y angustia. Lo explica de esta manera en las palabras preliminares:

Durante mucho tiempo pensé que nunca lo publicaría. Quizá deseaba dejar de mi madre, y de mi relación con ella, una sola imagen, una sola verdad, la que intenté alcanzar en Una mujer. Creo ahora que la unicidad, la coherencia en la que desemboca una obra —sea cual sea, por otra parte, la voluntad de tener en cuenta los datos más contradictorios— debe ponerse en peligro cuantas veces sea posible. Al hacer públicas estas páginas, se me presenta la ocasión.

   En La escritura como un cuchillo (2001-2002) considera al “yo” autobiográfico como un yo colectivo: “Lo íntimo sigue siendo, y lo será siempre, social, porque un yo puro, donde los otros, las leyes, la historia no estuvieran presentes sería inconcebible”. La transformación de la vivencia personal en algo que exista fuera del “yo” como proyecto de escritura opera “no como un espejo del yo, sino como la búsqueda de una verdad fuera de uno mismo”. Según esta concepción, el diario de visitas, a través de las impresiones subjetivas, vuelve evidente la indiferencia y deshumanización social frente a la enfermedad y la muerte: esas personas arrumbadas en el hospital público, provenientes de sectores populares, no importarían a nadie, casi podría decirse que se espera el alivio de su extinción. Para lograr este efecto de lectura apela a un lenguaje despojado de ornamentos, duro, directo a las cosas, de aparente transparencia lograda mediante un arduo trabajo de escritura. Cada una de las visitas a la madre se fue registrando, al regreso del hospital, en notas breves conformadas por oraciones de estructura simple que despojadas de todo elemento retórico dan cuenta del aspecto, los gestos y acciones de la enferma, así como también de las reacciones de la hija, junto con la descripción de las instalaciones y de los otros residentes cercanos a la madre. Es frecuente el empleo de oraciones unimembres que a modo de pinceladas instantáneas procuran plasmar escenas que le han resultado muy impactantes. El diario desgrana paso a paso los “dos años y medio de degradación” del cuerpo de la madre y el deterioro de sus funciones corporales y cognitivas. La visitante se va internando en un mundo que percibe espantoso e inhumano y del que toma distancia mediante la escritura. La orina, los excrementos, los malos olores, la suciedad, los vómitos, los mocos, la desnudez de las carnes fláccidas, las arrugas, el sexo, los pañales tienen una presencia continua en las anotaciones, tanto como el asco y el horror de quien escribe. En efecto, la palabra “horror” se repite a lo largo del diario, en especial porque ese cuerpo femenino ahora estragado por la enfermedad revierte en asociaciones con el propio cuerpo: “sus muslos, su sexo blanco, algunas estrías. De repente es como si fuera yo, así exhibida” (lunes 25 de febrero 1985).  Esta relación de espejo con la madre es un motivo reiterado: “Me he sentado en su sillón, y ella, en una silla. Impresión terrible de desdoblamiento, yo soy yo y ella”. (miércoles 4 de abril 1985). Así, mientras “vela” la muerte de su madre, toma consciencia de su propia fragilidad y finitud: “Acabo de verla, yo todavía soy joven, aún tengo historias de amor. Dentro de diez o quince años, seguiré viviendo y entonces ya seré vieja yo también”. (lunes 20 agosto 1985). La cercanía de la vejez y de la muerte despierta, como reacción, la sensualidad: “Necesito erotismo a causa del cuerpo de mi madre, de su vida.” (sábado 2 de marzo 1985).  La cita anterior, entre otras referencias a la sexualidad, dan idea de la relevancia que se le otorga en este texto. Si bien la progenitora es objeto de un amor profundo, la escritora del diario dice no saber nada de la sexualidad materna y le cuestiona su renuencia, su negación a hablar como mujer de la vida sexual, lo cual derivó en la imposibilidad de establecer en este aspecto alguna comunicación entre ambas. En tal sentido, los textos de Ernoux y de Negroni tienen en común el enfoque de la imagen materna desde una perspectiva feminista. En los dos, ambas madres son exigentes y distantes e intentan imponer a las hijas los modelos de sumisión, silencio y represión (acaso aparente) del deseo sexual en que ellas mismas fueron educadas. Desde este ángulo, el proceso de duelo resulta en un meticuloso desmontaje del ser amado muerto, en que se constata y soporta la inconsistencia del Otro, como lo estudia el psicoanálisis.

   En estos textos, son los recuerdos de escenas compartidas con la persona amada desaparecida donde se manifiestan sentimientos de ambivalencia: amor, dolor, pero también reproche, autorreproche, culpa. Ahora bien, no basta con la apelación a la verdad de quien escribe, lo que importa es la íntima distancia respecto de sí mismo, el proceso que lo somete al autor a la experiencia de la otredad radical, como lo piensa con exactitud el crítico Alberto Giordano.[iii] Esta imposibilidad de totalizar posibilita al yo proyectarse fuera del texto, como lo piensa Ernoux. De este modo, no importa si lo vivido ha sido verdad o no, sino que la inestabilidad de su yo permite nuevas apropiaciones para ejercer un efecto dinamizador en los lectores. Pero en todos los casos, la identidad es afectada por la muerte del otro, y esta afección se convierte en motor de la escritura.

 

[i] Jean Allouch, psicoanalista francés. Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca. Editorial El cuenco de plata, 2011.

[ii] Philippe Ariés (1996).  El hombre ante la muerte, Alfaguara, 2011, 1ª edición.

[iii] Giordano, Alberto. “La autoficción: entre literatura y vida”. Boletín 17 del CeTyCli (Centro de Teoría y Crítica literaria), Universidad Nacional de Rosario, Facultad de Humanidades y Artes, diciembre de 2013.

 

 

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