ENTREVISTAS
LEONARDO SCIASCIA
Entrevista de Claude Ambroise
trad.Esteban Nicotra
(publicado en LA PECERA Otoño 2007

Leonardo Sciascia en Sicilia
“Escribir es tan imprevisible como vivir”
Ambroise: Ex abrupto, diré que entre los diversos acercamientos posibles a tus libros (Sicilia, la crónica, la política...) el más convincente me parece tu voluntad de hacer de la muerte una experiencia factible de ser narrada.
Sciascia: Manzoni cuenta de aquel juez que, una vez escuchadas las partes contendientes, dio la razón a una y a la otra; y después también a su hijo, que había objetado que no se podía dar la razón a ambas. Recordando esta anécdota, quiero decir que todas las interpretaciones con respecto a las cosas que he escrito –cuando parten de una cierta lúcida pasión– se me presentan como muy sugestivas y terminan por convencerme. En todo esto, tengo que admitirlo, hay un poco de pereza, o algo similar. Estoy hablando, se entiende, de los libros en los que narro algo. Libros que, una vez publicados, ya no me interesan. Y es legítimo, y perfectamente comprensible, que lo ya hecho, para quien quiere continuar haciendo, pierda su interés. Pero en mi caso, lo confieso, existe el miedo de que, al volver a reflexionar sobre lo mismo, surja la necesidad de rehacer. Por temperamento estaría llevado a pasarme toda la vida sobre un sólo libro, rescribiéndolo, pero sin estar seguro de que lo mejoraría, temiendo incluso empeorarlo, me libero de él en pocos meses, buscando siempre la máxima concisión. En cuanto a lo que en un libro quise decir, estoy seguro, totalmente seguro, de la “moral de la fábula”, pero no del mismo modo seguro sobre el pormenor, lo particular. Si por azar abro uno de mis libros y leo alguna página, caigo en la condición de cualquier otro lector: la leo con el estado de ánimo, las impresiones y los pensamientos de ese momento, no de cuando la he escrito. Para relacionarla con el momento en que la he escrito, necesitaría una especie de diario al margen, con el fin de brindarme la memoria del estado de ánimo, de las impresiones, de los pensamientos de aquel entonces.
Una vez establecida esta premisa, si la tuya además de una constatación es una pregunta, respondo que sí, quisiera narrar el morir, la muerte como experiencia. Argumento que ha tentado –incomparablemente– Tolstoi. Me limito, por lo tanto, a tener con respecto a la muerte, a mi muerte, una última, suprema curiosidad intelectual. Lo cual convierte a este pensamiento dominante de la muerte (más que un pensamiento, decía Savinio, la muerte es el pensamiento mismo) en menos duro, menos obsesivo, como a toda espera a la que acompaña un sentimiento de curiosidad.
Ambroise: Practicás constantemente la reescritura, la parodia, el arte de la cita verdadera o falsa. ¿Qué sentido das a este tipo de procedimiento que implica una relación particular con el propio texto, ajeno y, sin embargo, tuyo al mismo tiempo, quizás tuyo en su no serlo?
Sciascia: Ya no se puede escribir, se rescribe. Y en este obrar –más o menos consciente– se va desde un rescribir que aspira a la escritura (Borges), a un descuidado y a veces innoble rescribir. Del rescribir yo he hecho, por así decir, mi poética. Un consciente, sincero, no descuidado y ciertamente no innoble rescribir. Estoy conforme.
Ambroise: ¿Podrías describir la cámara de diputados cuando eras diputado y el aula cuando eras maestro en Racalmuto?
Sciascia: Las aulas escolares, heladas en invierno e hirviendo apenas comenzaba la primavera; confortables aulas, “trasatlántico”, oficinas y corredores de la cámara de diputados. La sala del Parlamento, la he descripto en un cuento, escrito veinte años antes de que entrara allí como diputado: bastaba que desde el hemiciclo subiera a la tribuna, para encontrarla como anteriormente la había descripto. Desde los bancos, cómo decir, parecía más familiar, menos extraña. Y también de las aulas escolares he hecho descripciones; en algunas, que he conocido como alumno y como maestro, cubrían las paredes manchas de salitre, gélidas ráfagas venían de puertas y ventanas, efluvios amoniacales dominaban los corredores. Hoy no se pueden comparar con las del Parlamento, pero sin duda están un poco mejor que antes.
Ambroise: En tus relatos se tiene siempre la impresión que la verdad se confunda con la noción de autor: ¿quién es el autor del delito? ¿Quién es el autor del texto (la carta anónima, por ejemplo)? Un mundo sin autor es un mundo sin verdad. En este sentido Pirandello es un escritor ateo, vos no.
Sciascia: De acuerdo. Pero tengo mis dudas sobre el ateísmo de Pirandello, y no las voy a exponer porque se pueden encontrar rastros también en algunas de estas páginas.
Ambroise: Te has siempre declarado contra una lectura ideologizada de Pirandello porque pensabas ubicarlo en una literatura de tipo realista, en Sicilia. Pero ¿no lo convertís en el ideólogo de Sicilia? De allí parte la relación especial que tenés con su obra.
Sciascia: No una ideología, más bien diría lo “demasiado humano” de Sicilia. Lo humano en su forma más exasperada, extrema, irracional incluso, lo humano al límite de lo soportable. Para decirlo con una expresión de Américo Castro: lo humano que ha alcanzado el punto del “vivir desviviendo”: que es lo que les sucede a los personajes de Pirandello. El punto, en suma, más cercano a la muerte, pero en el que se concentra todo el sentido, trágico si se quiere, de la vida. Para mí, Pirandello es la Sicilia como la he conocido, como la conozco. Entre sus páginas y la realidad en la que he nacido y crecido no hay diferencia. La obra de Pirandello es para mí memoria: de hechos acaecidos, de personas conocidas, de revelaciones, angustias y terrores vividos.
Ambroise: Si ha surgido una lectura ideológica de la obra de Pirandello (Tilgher, etc.), algún motivo debe haber habido. Y ¿no tenés la impresión que justamente la posibilidad de leer Pirandello entre Nietzsche y Heidegger, el hecho que objetivamente él diese la forma a la crisis europea, que su obra fuera parte de esa crisis, te haya salvado del impasse del realismo, te haya protegido de la línea italiana del zdanovismo, inconscientemente, de un modo subliminal?
Sciascia: Sin duda la lectura de Pirandello en clave ideológica ha sido “una astucia de la Providencia”. Para Pirandello la ideología, la filosofía, ha sido –como dice Debenedetti– un material aislante que le ha permitido manipular el fuego de su núcleo poético. Y como material aislante le ha servido también a la crítica, y a los lectores, consecuentemente para el éxito, para la fama. Pero no todos, todavía visualizan ese fuego y pocos se queman.
En cuanto al zdanovismo, al compromiso (¿sabías que “nguaggiu” en dialecto siciliano significa matrimonio?), creo que en el orden de los hechos concretos me ha salvado el retorno de André Gide de la U.R.S.S. Pero, fundamentalmente, existía en mí la aversión al rebaño, el espíritu de contradicción, el miedo al ridículo, la ironía y la auto-ironía. Pero también les debo muchísimo, en este sentido, a Montaigne y Pirandello.
Ambroise: ¿Podés hablarme de Dostoievski?
Sciascia: Grandísimo escritor, pero no lo amo. Por más pequeño o grande que sea, un escritor debe ser sectario. Quien ama a Tolstoi no puede amar a Dostoievski, quien ama a Stendhal no puede amar a Proust, quien ama a Dante no puede amar a Petrarca. Eugenio D’Ors decía: si La Fontaine es poeta, Hugo no lo es; y viceversa. No llego a tanto: La Fontaine es poeta, y Hugo también es poeta (por desgracia, decía Gide, el más grande de los poetas franceses), pero no puedo amarlos del mismo modo, por desgracia amo a Hugo.
Ambroise: Quizás para vos cuentan sólo dos sucesos, la Pasión de Cristo y la Revolución francesa. El primero porque se repite siempre, pero inútilmente dado que no hay redención, el segundo porque es irrepetible. Y quizás tu obra es una meditación sobre estos dos episodios de la Historia.
Sciascia: Sí, tal vez. Debo pensarlo. Pero creo que todo lo que para un hombre cuenta, todo lo que lo ha hecho como es, sucede en los primeros diez años de su vida, por lo tanto cuentan hechos más pequeños, personas de menor trascendencia, tal vez olvidadas.
Ambroise: ¿Cuándo elaborás un relato pensás primero en el delito y después organizas los otros datos en función del delito; o más bien el delito surge de pronto en un determinado punto de la narración?
Sciascia: Creo que se me ocurre primero pensar en las condiciones a partir de las cuales se producirá el delito, en las condiciones que contienen previamente el delito. Creo, digo, no estoy totalmente seguro. O, mejor, en el caso de Todo Modo ha ocurrido sin duda así.
Ambroise: En tus libros hay delincuentes, jueces, policías, curas; también representantes de otras categorías, es decir (docentes, médicos, etc.), pero en los primeros son en los que el lector piensa inmediatamente. Para nosotros, lectores, son personajes y también para vos, porque sos el autor de la novela. Pero, en la vida, sin duda habrás encontrado delincuentes, jueces, policías, curas verdaderos. ¿Podés intentar hacer ahora el retrato de alguno de ellos, un retrato verdadero; ¿incluso una escena banal, un sentimiento, una sensación que hayas probado en un momento preciso con respecto a un determinado juez, o un delincuente, o cura o policía?
Sciascia: En mi vida me he encontrado con tres personas verdaderamente innobles, de espantosa, desesperante bajeza. Dos los he conocido personalmente, el otro no lo he visto jamás. Tienen en común la página escrita y aquella pasión que, en estado embrionario, Flaubert descubre y describe en aquella carta a Louise Colet en la que habla de ese Thompson que escribió su nombre en la columna de Pompeyo. Carta que considero un anticipo de un síndrome que se está desarrollando en nuestro tiempo: el “síndrome Thompson”. Savinio, aunque no lo nombra así, lo ha señalado en la voz “literatura” de su Nueva Enciclopedia. Es una pasión que en general actúa de un modo leve y tal vez con efectos cómicos; pero en algunos puede alcanzar la infamia. Como en el caso de los tres que yo me he enfrentado. Pero dejemos esto de lado.
Una vez vino a verme Pietro De Donato, el ítalo-estadounidense autor de Cristo entre los albañiles. Lo había enviado una revista estadounidense para entrevistar a un mafioso sículo-estadounidense que había sido arrestado en Italia. Estaba entusiasmado, había encontrado en él el soplo de la inteligencia. Me narraba el encuentro, y cada tanto se interrumpía para exclamar: “¡La inteligencia! ¡Qué cosa es la inteligencia!”. Justamente, he tenido la fortuna de conocer muchas personas inteligentes, algunas de una bondad extraordinaria, otras de una fría y sutil maldad. Naturalmente, las destinadas al infierno me han interesado más que las destinadas al paraíso, y me han interesado poquísimo las destinadas al purgatorio.
Pero no he respondido, salvo transversalmente, a tu pregunta. Quiero, sin embargo, recordar a Pietro De Donato, que había sido comunista, pero, decía, sinceramente, crudamente, que apenas había ganado los primeros cien mil dólares, por más que se esforzara, no había logrado más serlo (usaba más duras y fisiológicas expresiones). Nadie que yo haya conocido ha sido capaz –en la misma situación– de hacer una confesión similar, salvo para sí mismo, y quizás tampoco.
Ambroise: Tus investigaciones históricas pueden parecer una anticipación de las micro-historias de estos últimos años (Carlo Ginzburg, Nathalie Zemmon Davis...). Sin embargo, me parecen distintas por dos motivos. Primero: el fait divers del pasado te interesa porque trata de una problemática (moral, política) que es todavía la nuestra, no por el episodio en sí; segundo: menos que la investigación histórica te interesa la escritura, tu relación con el documento es fundamentalmente una elaboración escritural: como escrito lo considerás y como escrito lo tratás.
Sciascia: Todo esté ligado, según yo, el problema de la justicia, el cuál implica el de la libertad, de la dignidad humana, del respeto entre hombre y hombre. Un problema que se eleva en la escritura, que en la escritura encuentra tormento o redención. Diría que el documento me fascina –escritura del dolor– en cuanto entidad en la escritura, en mi escritura, redimible.
Ambroise: Decís de Di Blasi (El Archivo de Egipto): “con disgusto a menudo se sorprendía pensando a través de imágenes”. ¿Y vos? Hay en tus libros imágenes recurrentes. ¿Creés efectivamente que pensás a través de ciertas imágenes? Por ejemplo, la serie trama, urdimbre, etc., o bien imágenes ligadas a la caza. Tengo otras en mi fichero... Algunas veces se tiene la impresión que sea una palabra, una expresión la que pone en movimiento la fantasía y el intelecto. Pienso en la expresión “Teatro de la memoria”; y recuerdo bien, también El contexto que parte de una palabra, de la palabra “contexto”. Pero quizás todos los títulos de tus libros son, en este sentido, el indicio de algo que se ha movido dentro de vos por mérito de uno o más vocablos.
Sciascia: Sí, la palabra, la sola palabra que sugiere, sugestiona, se abre como un abanico, despliega imágenes. Mientras más envejezco, más atención presto a la palabra, a las palabras. Pero siempre con el miedo de atravesar ese confín, establecido por Pirandello en la literatura italiana, entre “escritores de cosas” y “escritores de palabras”. Un miedo, creo, para mí saludable. Aceptaría por lo tanto la etiqueta de escritor de palabras, en el sentido de que una palabra puede “actuar” en mí como elemento desencadenante de imaginación y razón; pero me deprimiría sentir que me llaman, en el sentido pirandelliano, escritor de palabras.
Ambroise: Una impresión constante que tengo es que tus textos están compuestos, cómo decir, directamente con palabras. Parecés el artesano de arte musiva que selecciona y dispone sus trocitos de piedra ya recortados, quizás algún cortecito le das para que funcione mejor, pero a las palabras no las formás, las combinás, y en esa combinación adquieren sentido. Esto me parece que es así también a nivel de las frases, de los párrafos, de la estructura del relato. Veo la confirmación de lo que digo en el hecho de que escribís directamente en la máquina, en el teclado ya están las letras, no tenés que conformarlas con la lapicera, tenés sólo que combinarlas con los dedos.
Sciascia: En el Vittoriale, lo que me ha parecido más verdadero, entre tantas cosas falsas y a nivel de prendería, ha sido la disposición de los diccionarios, tantos: disposición cómoda, que permitía la máxima economía de gestos para el que se sentaba en el escritorio. Pero lo que D’Annunzio buscaba en el diccionario era, para decirlo con su lenguaje, la palabra alada y leve. Yo busco la piedrecilla, y en lo posible la que es necesario limar y frotar para que dé algún color.
Ambroise: Para mí comprender lo que has logrado hacer quiere decir preguntarse cómo, al mismo tiempo, tus libros son novelas de la escritura (la mayor parte de tus personajes tienen algo que ver con la escritura) y narración de hechos que, aún cuando sean inventados, llevan al lector a la actualidad, a la historia, a la muerte... es decir, a la experiencia de la realidad. ¿Podés ayudarme a entender? Negás el mismo tiempo al neorrealismo y al formalismo tipo nouveau roman, y por el mismo motivo exaltás la línea Manzoni-De Roberto-Pirandello-Savinio-Brancati, es decir de doble conciencia: de la escritura y de la realidad.
Sciascia: No creo que una respuesta mía a esta pregunta te ayude a entender, quizás complicaría, confundiría, te llevaría a no comprender más lo que en cambio has comprendido perfectamente y que me ayuda a entenderme, cuando me vienen deseos de entenderme (cosa que sucede esporádicamente, y cuando más dudo me sucede). Tomo lo mejor –lo que me parece lo mejor para mí– donde lo encuentre o me parece encontrarlo. Y, por ejemplo, no amo a los que como Mallarmé, “agregan oscuridad”; aunque de tantas oscuridades me he nutrido. Escribir es tan imprevisible como vivir.