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Ensayo de Osvaldo Picardo

EL ÁNGEL DEL FUTURO

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Cuando nos preguntamos por la razón de los acontecimientos políticos como los que estamos viviendo en Argentina y Latinoamérica, no creo que acertemos con la pregunta adecuada. Otra cosa funciona en el orden de las emociones y las pasiones, ni opuesta a la razón ni tampoco posible de considerar solamente con la lógica de esa razón que nos atribuimos, y pocas veces tenemos.  

Al hacerlo caemos con facilidad en la reacción y el enojo contra la sociedad entera.  Contra toda evidencia sucede lo que sucede: todo anda mal, se miente, se roba, se persigue y se encarcela, pero hay “esperanzas” y se apuesta una vez más, por la justicia del verdugo suspendida sobre nuestras cabezas. Por eso mismo, seguir preguntando por la razón de los acontecimientos, más que en una auténtica y sincera interrogación por el hecho político y cultural que se está viviendo con los nuevos tiempos que corren, es una retórica del enojo que se vuelve absolutamente reaccionaria y no busca con sinceridad una respuesta que no sea la del propio convencimiento.

Casi siempre, un cambio de época como el del nuevo siglo, así como la ruptura intergeneracional que sufrimos malamente, son avisos, alertas, síntomas de un estado de ánimo que no alcanzamos a comprender ni a interpretar. En el plano generacional, se abre un abismo entre los más jóvenes y los mayores, con la evidencia escandalosa de la corrupción política y la hipocresía del sistema democrático, que no conduce sino hacia el individualismo cruel y salvaje del “sálvese quien pueda”, tanto como a la indiferencia y a la insignificancia. No es menos significativo que la tasa de suicidio en Argentina haya alcanzado, en el último año, los 11,8 casos por cada 100.000 habitantes, superando el promedio mundial y consolidándose como la principal causa de muerte violenta por encima de asesinatos y accidentes de auto.

“Los sentimientos de angustia y resentimiento empujan a la gente a adherirse a los populismos de derechas. Atizan el odio. Acarrean pérdida de solidaridad, de cordialidad y de empatía. El aumento del miedo y del resentimiento provoca el embrutecimiento de toda la sociedad y, en definitiva, acaba siendo una amenaza para la democracia”.

Así comienza el libro de Byung- Chul Han, “El espíritu de la esperanza”, donde diagnostica y analiza este comienzo de siglo bajo el régimen del miedo y la desesperanza.  No es un panorama que la historia no nos haya descubierto con tanta o más brutalidad que ahora mismo. Tampoco creo que no vaya a repetirse. Tal vez, el error no ha sido sino haber creído que nunca más volveríamos a temer una amenaza nuclear o asistir a nuevos genocidios como el de Gaza y el del Líbano. Tal vez, el error es haber creído que la democracia garantizaba no ver nuevamente la aparición de líderes que son capaces de odiar y destruir, a viva voz, derechos sociales duramente conquistados. Tal vez, el error es no haber creído que podían ser votados mayoritariamente una y otra vez, en contra del propio interés de los pueblos.

¿No es esto suficiente como para producir un sentimiento de época que no sólo debilite la razón sino la misma forma de vida que creíamos haber ganado para un futuro mejor?

2. EL ANGEL NUEVO

No hace mucho releí un texto, un texto muy citado, de Walter Benjamin (1892 – 1940) que se llama Sobre el concepto de historia, escrito apenas unos meses antes de su suicidio. En ese texto hay una descripción de un ángel talmúdico que Benjamin dice recordar mientras escribe; la imagen es la del Angelus Novus de Paul Klee basado en una leyenda talmúdica que cuenta que para alabar a Dios se crea a cada instante una legión de ángeles nuevos. Cada ángel entona su alabanza a Dios, termina su canto y se hunde en la nada con la que fue creado*.  No es un dibujo muy bonito ni creo que Klee buscara ese tipo de belleza que se pretende a través de la inteligencia artificial.

El pasaje que lo describe dice así:

“Hay un cuadro de Klee llamado Angelus Novus. En ese cuadro se representa a un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que está mirando fijamente. Los ojos se le ven desorbitados, la boca abierta y las alas desplegadas. Este aspecto tendrá el ángel de la historia. Él ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de datos, él ve una única catástrofe que amontona ruina tras ruina y las va arrojando ante sus pies. Bien le gustaría detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destrozado. Pero, soplando desde el Paraíso, la tempestad se enreda entre sus alas, y es tan fuerte que el ángel no puede cerrarlas. La tempestad lo empuja, inconteniblemente, hacia el futuro, al cual vuelve la espalda, mientras el cúmulo de ruinas ante él va creciendo hasta el cielo. Lo que llamamos progreso es justamente esta tempestad.” (Obras I, 2, pág. 310)

 

Este “Ángel de la historia” mira al pasado y descubre la catástrofe irremediable que dejamos atrás, una visión pesimista y desesperanzada del devenir histórico. No fue un ángel muy bien recibido ni siquiera por el pensamiento de la izquierda, aunque Benjamin se encontrara en la más trágica encrucijada de su vida, empujado por el nazismo. Con la alegoría talmúdica, sin embargo, lograba revisar la tradicional concepción de una historia teleológica, explicada casi siempre, justificando sus fines, más que sus medios. Ponía así en discusión el gran relato de un progreso que, tanto en su versión iluminista dieciochesca como en su versión comunista decimonónica, llevaría inexorablemente, a través del avance tecno-científico, a un paraíso de la libertad, igualdad, fraternidad y prosperidad económica de todos los seres humanos.

Me gustaría llamar la atención sobre un concepto que usa Benjamin, en otra parte de la misma tesis, y es el de la palabra “barbarie”:

 

“Quien hasta el día actual se haya llevado la victoria, marcha en el cortejo triunfal en el que los dominadores de hoy pasan sobre los que también hoy yacen en tierra. Como suele ser costumbre, en el cortejo triunfal llevan consigo el botín... Jamás se da un documento de cultura sin que lo sea a la vez de la barbarie. E igual que él mismo no está libre de barbarie, tampoco lo está el proceso de transmisión en el que pasa de uno a otro”.

 

La barbarie está ante los ojos del ángel de la historia. El ángel que ve Benjamin es un espectador distante, venido de otro plano y otro reino que se horroriza porque la destrucción y la muerte de los vencidos de la historia, está a la sombra de los vencedores y también, cubiertos por la servidumbre anónima de sus contemporáneos.

Acostumbrados a la oposición entre civilización y barbarie de un Sarmiento y de una larga cadena de pensadores criollos y latinoamericanos, no es fácil interpretar el concepto sin prejuicios, pero en la alegórica versión del Angel de la Historia, la barbarie no es, de ninguna manera, el opuesto a la civilización. Es su hermana melliza o, mejor dicho, su condición.

Hay en todo esto una gruesa ironía de la Modernidad: ¡Sin barbarie no hay civilización! El proyecto de la Ilustración que se basaba en la emancipación, la razón y el progreso se fue convirtiendo en un terrorífico Frankenstein. La razón creó un nuevo tipo de "mitología técnica" y ciega, así como el progreso material y técnico no trajo una liberación humana, sino formas más sofisticadas de opresión y barbarie, tan trágicas como los horrores del nazismo y los campos de exterminio de Auschwitz.

Adorno, Horkheimer, Habermas, Castoriadis y últimamente Byung-Chul Han retoman, en distintos momentos y con diversa perspectiva, la tesis de la autodestrucción de la Ilustración que yace bajo la trágica ironía de la antipolítica y sus discursos actuales.

 

3. RAZONES QUE LA RAZÓN NO CONOCE

Zygmund Bauman ve algo más en ese cuadro de Klee y en ese comentario de Benjamin, algo que nos lleva a reflexionar sobre un aspecto menos evidente y menos pensado:

“el Ángel de la Historia de Benjamin/Klee, como la tempestad que lo lanza hacia el futuro, es mudo. La alegoría de Benjamin/Klee no representa palabras sino sucesos...” **

Esta mudez no es falta de lenguaje sino, por el contrario, un modo de templar el sonido de las palabras, volviéndolas insignificantes, sin sentido ni valor. Hay tiempos como los actuales, en que el lenguaje hace ruido, pero no dice, no comunica, no construye sentido ni comunión. Las palabras enmudecen ante las cosas y se reducen a un balbuceo al que no se le da ningún valor. Hoy puedo decir esto, mañana lo contrario. Es sólo ruido que espanta la verdad que alguna vez, las palabras desolcultaron. Un barullo del lenguaje que subraya la apariencia, la mentira, la difamación, el odio y el fanatismo. Hay un estado de ánimo que templa el lenguaje, el sentimiento de una época que forja un uso del lenguaje.

Otro gran pensador del siglo pasado, George Steiner, en uno de los ensayos reunidos en su libro “Lenguaje y silencio” (1982), dice que cuando esto sucede, el idioma se convierte en arma política hasta degradar la dignidad del habla humana “al nivel de los aullidos de los lobos”. Habla, en realidad, del “estilo Potsdam”, que fue practicado en cancillerías y entidades burocráticas alemanas durante la Primera Guerra Mundial: una mezcla de malas palabras y tono de alto vuelo de grandeur romántico wagneriano. Se imponía desde el Estado a través de usos de clichés pomposos, grandilocuentes, en voz alta y gritona, con ingeniosidad agresiva y vulgar. Steiner llega a una conclusión famosa: “el idioma alemán no fue inocente de los horrores del nazismo”. 

Un idioma en su interior contiene el germen de la disolución de la sociedad, de su cultura y de su historia. No es casual que, año tras año, gobierno tras gobierno, un alto porcentaje de alumnos de secundaria tengan problemas para comprender textos y expresarse con palabras en una sintaxis apropiada. ¿No se podría sumar a esos porcentajes a los profesionales que egresan de las Universidades, a los periodistas, a los abogados, a los docentes, a los políticos?

Por eso, no es asombroso, ni tampoco incomprensible que los sucesos históricos nos causen horror y desesperanza. La Historia –como nos dice Paul Valéry-  puede entenderse como un producto peligroso de nuestro intelecto. De hecho, ha venido justificando lo que se le antoja a los que vencen y se imponen escribiendo una narrativa y un narrador. Toda política, hasta la más grosera, supone una idea de la Historia y del hombre. Pero ¿cómo narrar los hechos sin palabras capaces de proyectar y construir un imaginario, un lugar desde donde mirar el mundo?

Es cierto que estamos en un tiempo “pos narrativo”. Así lo afirma Byung Chul Han en su libro La crisis de la narración (2023). Asistimos a una lenta y progresiva sustitución de un fundamental discurso con el que la experiencia vital y colectiva se iluminaba alrededor del fuego, en familia, entre amigos, entre generaciones. La tendencia tecnológica y política parece sustituirlo por una especie degradada de cuento, un storytelling, concepto utilizado en el periodismo, el marketing y la publicidad, y que Han aplica también a las redes sociales. ¿Hace falta que dé ejemplos de chats, de fake news, de trolls y otras tantas formas contingentes y pasajeras de la narrativa digital? ¿No estamos en realidad tan “mudos” como lo está el ángel de Benjamin? Es el poeta español Agustín Fernández Mallo quien mejor lo ha sabido entender cuando afirma en su cuenta de Twitter que “infantilmente, la Narrativa Teletienda se ha universalizado, gobierna la libido, la política, el ocio, los planes de estudios, toda clase de anhelos. Tanto es así que incluso la deseamos en la enfermedad real”.

El actual discurso político –émulo y caricatura de lo que pudiera haber sido una verdadera lengua del poder- adquirió la simpleza y vulgaridad de la mudez, es decir, de la insignificancia propia de la publicidad y el telemarketing, pero con la pretensión hipócrita de la autoridad moral, casi religiosa, mesiánica. Nos acercamos mutatis mutandis a un nuevo y peor Estilo Postdam. Los discursos, los debates, los informes periodísticos y hasta los más simples rumores callejeros están contaminados con tanta brutalidad e ignorancia en su sintaxis y contenidos, como las más crueles medidas gubernamentales y sus consecuencias a largo plazo. Prohibición, censura, imposición, desfinanciamiento, coerción, difamación, acusaciones son actos que anidan sus huevos de serpiente en la lengua, hasta convertirla en aullido y mudez.

4. LA TEMPESTAD ANTIPOLÍTICA

Desde chico, al igual que toda mi generación, he escuchado que los políticos y también la justicia son lo que no debería ser. Nunca estuvieron a la altura de sus responsabilidades ni de los hechos. No lo creo personalmente, pero es innegable que se ha instalado como una de esas certezas que no se piensan, pero se sienten.

La condena a los políticos es una crítica a la “clase política” –si este concepto sociocultural existiera-, y ha estado presente en toda la Latinoamérica poscolonial. Entre nosotros, como recordarán, la más fuerte manifestación tuvo lugar con el “que se vayan todos”, durante el estallido social del 2001. Pero no fue la primera ni la única vez, acá ni en el mundo.  Las democracias contemporáneas conviven desde la caída del Muro con el rechazo y la crítica de la política tal como se la viene ejerciendo sin grandes diferencias entre lo que se entiende como izquierdas o derechas. Así han surgido los indignados, la primavera chilena, los chalecos amarillos franceses, etc. No puedo dejar de señalar que tanto la etapa poscolonial latinoamericana como las democracias liberales que se convalidaron en el mundo están heridas de aquella tendencia autodestructiva de la Ilustración que señalaran Adorno, Horkheimer y una larga fila de pensadores hasta nuestros días y que Benjamin ha podido resumir en la imagen demoledora del Ángel de la Historia. No es la razón la que puede acudir en nuestra ayuda. Ella se ha reducido a la utilidad, practicidad, progreso de un mercado global.

Una cierta nostalgia muda nos invade, en estos momentos, y nos engaña con la lógica de la devastación de valores esenciales: la duración, la sinceridad, la profundidad, la búsqueda del sentido, la belleza y la originalidad del arte, la verdad y sus seguridades, el protagonismo de cierta épica colectiva, alguna jerarquía entre los acontecimientos. No se limita a los ámbitos de lo económico, lo político y lo social, sino que repercute, sobre todo, en la dimensión existencial y estética del ser humano.

Lo que se entiende por antipolítica, por eso mismo, no es una idea o un pensamiento, se acerca más un estado de ánimo que lleva al rechazo de “la política”, descalifica y empobrece su lengua, así como sus ideas. Siente no sólo una desilusión sino también, siente que se lo empuja frente a la realidad inmediata de su existencia, con el descreimiento propio del “sálvese quien pueda”.  Hay una disociación evidente, entre lo que se ve como “la política de los políticos” y lo que no se puede ver como “lo político”, sumamente necesario para lograr el bien común de la sociedad.

Casi todos hemos entendido que, en la actualidad, la política engloba las instituciones y maneras de ejercer y aplicar lo político en la vida pública. Se la identifica con una cierta y vaga idea del establishment, la idea no menos indeterminada de “casta”. A través de su ambigüedad y denostación, se radicalizan conflictos y malentendidos históricos de una sociedad, llevando al adversario a la categoría de enemigo, y a las ideas a un campo de batalla donde la diferencia entre un loco y un genio es simple y brutalmente haber ganado. El registro de la violencia y la agresión adquieren variadas estrategias y formas de lo simbólico, pasando por lo verbal, hasta lo físico (como lo hemos verificado en un intento de asesinato una ex presidenta).

Lo llamativo de esta expresión del estado de ánimo social es que si bien se focalizan en las élites políticas, en los partidos e instituciones democráticas, no se avanza proporcionalmente con las élites económicas y financieras que sustentan y sustentaron al mismo establishment.

No es mi intención extenderme más allá de la ejemplificación de algo que excede el fenómeno de la antipolítica actual, y que no significa más que un síntoma. Pero ¿no vale la pena preguntarse cómo es posible que, desde uno u otro signo ideológico, no se visibilice ni rechace, popularmente hablando, a los poderes concentrados de la economía y de las finanzas? ¿Silvio Belusconi en su momento y en la actualidad Donald Trump, Elon Musk, Peter Thiel y compañía no están envueltos, más que en escándalos, en un velo de mérito y legitimación irradiado por el éxito, el dinero y el poder? Los multibillonarios son modelos de un viejo, pero renovado imaginario popular y, sobre todo, juvenil. Hay, por el otro lado, una construcción discursiva y simbólica de la lógica de la desconfianza y la corrupción que siempre exige la falsa esperanza de los salvadores. Hay una nueva ilusión que se sostiene más en el veto, la cancelación, la acusación, la persecución y la difamación, que en verdaderas utopías y proyectos de futuro, ideas y consensos que resuelvan los problemas reales con dignidad y justicia.

Las movilizaciones, las discusiones (no siempre reales) y los reclamos o protestas, no han dejado de existir y funcionan como sobrevivencia de “lo político” y rechazo de “la política”. El imaginario popular de la antipolítica circula con un discurso precarizado y formateado por algoritmos, a través de un universo digital que gobiernan Facebook, Meta, Google, X, Tik Tok, Instagram, etc. Paulatinamente, con la tragedia de la pandemia, éstas han logrado ofrecer exitosamente cambiar el hábitat real y concreto, por uno virtual donde la antipolítica reina y gobierna. 

 

5. EL HECHIZO DEL ABURRIMIENTO

Finalmente, vuelvo a pensar sobre lo que Benjamin describe: Lo que el ángel ve como un pasado que se acumula delante de él y no, por detrás de él.  Dice:

 

“Él ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de datos, él ve una única catástrofe que amontona ruina tras ruina y las va arrojando ante sus pies. Bien le gustaría detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destrozado. Pero…”

Quiero suponer que se trata no de lo que está viendo, sino que se trata de lo que está sintiendo. No ve lo que nosotros vemos: una cadena de datos y el futuro delante. Pregunto, entonces: ¿qué estado de ánimo posee al ángel talmúdico, creado para alabar a Dios y de inmediato desaparecer?

Él habla de la tempestad que “lo empuja, inconteniblemente, hacia el futuro, al cual vuelve la espalda, mientras el cúmulo de ruinas ante él va creciendo hasta el cielo”.  Y afirma categórico que “Lo que llamamos progreso es justamente esta tempestad”.

Me inquieta, imaginación de por medio, cambiar la palabra “progreso” por una más cercana: Tecnología. Quedaría así la posible interpretación de la imagen Klee/Benjamin: “Lo que llamamos Tecnología es justamente esta tempestad”.

¿Cómo no preguntar por qué el mundo en que hemos nacido, desde que es mundo, no ha podido ser algo mejor? La tecnología actual propone una respuesta o, mejor dicho, reemplaza esa vieja queja por una o mil ofertas de metauniversos y pasatiempos a medida y a disposición de cada consumidor. ¿Sólo con esto, no se da ya un empobrecimiento del mundo, así como la pérdida del aura de la condición humana?

El ya mencionado Byung Chul Han, ha tratado muchas veces la influencia de la tecnología del Smartphone, de las selfis, de la inteligencia artificial, de lo que viene sucediendo en arte, y afirma que “el mundo se vacía de cosas y se llena de información”. El imaginario popular se alimenta con la idea de que el avance de la tecnología constituye una ayuda facilitadora de la existencia humana, y que contiene en sí mismo el futuro. La tecnología nos arrastra con la fuerza de una inmensa tempestad.

Por otro lado, quiero aclarar que los estados de ánimo son lo menos subjetivos que se pueda haber pensado o, por lo menos, tan objetivos como la misma alegoría de la tempestad que sopla desde el Paraíso, desde un afuera. Su presencia o ausencia puede cambiar el rumbo de toda una época, porque antecede y determina la razón y la voluntad. De este modo la mirada del ángel no es solamente lo visto, es también una manera, un modo de ver. El pensamiento descriptivo de la mirada viene tarde, se despliega detrás, en el pasado. Quiero decir que toda explicación posible queda corta y llega demasiado tarde, cuando el tiempo se termina. Eso es lo que la mirada del ángel siente, perdida en los laberintos del corazón y a punto de desaparecer.

Lo diré con toda claridad, el ángel de la historia está golpeado como cada uno de nosotros por el aburrimiento más profundo. Esa es la tempestad que sopla desde el Paraíso cada vez más lejano.

Aburridos de ser siempre los mismos, aburridos de los políticos, aburridos de las democracias y las dictaduras, aburridos del arte y sus normas, aburridos de economías de hambre y miseria, aburridos de, aburridos de…

Un gran aburrimiento adolescente y embriagador crece en las entrañas. Este hechizo alcanza zonas inexploradas en cada individuo hasta zamarrear en él al egoísta dormido, ese egoísta que necesita la tecnología y el mercado.

Ante una pantalla iluminada está el Ángel y con él, el hechizo del aburrimiento que, por un instante, le muestra que ya termina, que ya se disuelve en la nada.

Es el Ángel del Futuro y no el de la Historia.

 

 

* Pocas veces, el objeto que despierta un pensamiento se corresponde tan sorprendentemente con el mismo pensamiento. Me refiero a la forma en que fue pasando de mano en mano hasta llegar hoy al Museo de Jerusalén. Paul Klee lo dibujó en 1920, en tinta china y acuarela sobre papel. No es nada grande. El escritor Gershom Scholem lo vio aquel mismo año, lo compró y lo colgó en su apartamento en Múnich. Benjamin lo vio en casa de Scholem, se lo compró y lo tuvo hasta poco antes de matarse, cuando esperaba cruzar a España (en Portbou, en los Pirineos, convencido de que los Nazis lo detendrían inevitablemente). ¿Por qué no se perdió después? Benjamin le dio el Angelus Novus para que lo guardara, al escritor francés Georges Bataille, que lo escondió en un rincón oscuro de la Biblioteca Nacional. Unos años después de que terminara la II Guerra Mundial, el dibujo llegó a las manos de Theodor Adorno, que consiguió devolverlo a Scholem, que ya vivía en Jerusalén.

 

 

** Artículo de Zygmunt Bauman sobre Walter Benjamin, del año 2011, y que apareció por primera vez en el libro "Esto no es un diario" (Paidós, 2012).

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