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Traducción del poeta Rafael José-Díaz

El Cerezo

Philippe Jaccottet

 

fue un poeta, traductor y ensayista suizo, nacido el 30 de junio de 1925 en Moudon y fallecido el 24 de febrero de 2021 en Grignan. Es considerado uno de los más grandes poetas en lengua francesa del siglo XX.

Tras estudiar literatura en Lausana y París, Jaccottet se estableció en Provenza en 1953. Comenzó a publicar poemas y ensayos y trabajó como traductor de poetas alemanes y suizo-alemanes, entre los que destacan Rainer Maria Rilke y Friedrich Hölderlin.

Su primer poemario, «L'Effraie et autres poèmes» (La lechuza y otros poemas), se publicó en 1953. Le siguieron numerosas colecciones más, entre ellas «Airs» (1963), «À la lumière d'hiver» (A la luz del invierno) (1977) y «La Clarté dès ombres» (La claridad de las sombras) (2011). Jaccottet era conocido por su estilo sobrio pero lírico, así como por su habilidad para capturar la belleza de los momentos sencillos de la vida cotidiana.

Además de su labor como poeta, Jaccottet fue un reconocido traductor, habiendo traducido al francés a numerosos poetas alemanes, suizo-alemanes e italianos. También escribió ensayos sobre poesía, literatura y pintura, así como sobre temas de naturaleza y espiritualidad.

Durante su trayectoria, Jaccottet recibió numerosos premios literarios, entre ellos el Gran Premio Nacional de Poesía en 1988, el Premio Goncourt de Poesía en 2003 y el Premio de la Biblioteca Nacional de Francia en 2010. También fue elegido miembro de la Academia Francesa en 2004.

Jaccottet se distinguió por su compromiso con el medio ambiente y la conservación de la naturaleza, así como por su oposición a la guerra y la violencia. Fue, además, un firme defensor de la lengua francesa y la traducción literaria.

Philippe Jaccottet falleció en 2021 a los 95 años, dejando tras de sí una importante obra poética y literaria. Su influencia en la poesía en lengua francesa perdura hasta nuestros días.

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Pienso a veces que si sigo escribiendo es o debería ser ante todo para reunir los fragmentos, más o menos luminosos y convincentes, de una alegría que, estaríamos tentados de creer, estalló un día, hace ya tiempo, como una estrella interior, derramando su polvo sobre nosotros. Que un poco de este polvo se encienda en una mirada es, sin duda, lo que más nos perturba, nos encanta o nos desorienta; pero esto es, si lo pensamos bien, menos extraño que sorprender su resplandor, o el reflejo de ese resplandor fragmentado, en la naturaleza. Por lo menos, estos reflejos han sido para mí el origen de muchas ensoñaciones, no siempre absolutamente estériles.

 

Esta vez se trataba de un cerezo; no de un cerezo en flor, que nos habla un lenguaje límpido, sino un cerezo cargado de frutos, percibido una tarde de junio, del otro lado de un gran campo de trigo. Era una vez más como si alguien hubiera aparecido allí y nos hablara, pero sin hablarnos, sin hacernos ninguna señal; alguien, o más bien algo, y “algo bello”,  ciertamente; pero mientas que, si se hubiera tratado de una figura humana, de una paseante,  a mi alegría se hubieran mezclado la turbación y la necesidad inmediata de correr hacia ella, de alcanzarla, al principio incapaz de hablar, y no sólo por haber corrido demasiado, y luego de escucharla,  de responder, de capturarla en la red de mis palabras o de capturarme en la de las  suyas -y hubiera comenzado,  con  un  poco de  suerte,  otra historia,  en una mezcla, más o menos estable, de luz y de sombra; mientras que una nueva historia de amor hubiera comenzado entonces como un nuevo arroyo nacido de una fuente  nueva,  en primavera-  a  este  cerezo  yo  no  sentía  ningún  deseo  de alcanzarlo, de conquistarlo, de poseerlo; o más bien: eso ya había ocurrido, yo  había  sido  alcanzado,  conquistado,  no  tenía  nada  absolutamente  que esperar, que pedir de más; se trataba de otra especie de historia, de encuentro, de lenguaje. Más difícil de captar aún.

 

Lo que era seguro es que este mismo cerezo, extraído, abstraído de su

lugar, no me habría dicho demasiado, o no lo mismo en todo caso. Tampoco si lo hubiera sorprendido en otro momento del día. Y si hubiera querido buscarlo, interrogarlo, tal vez también habría permanecido mudo para mí. (Algunos piensan que «el cielo se aparta» de quienes lo fatigan con su espera, con sus oraciones. Si se tomaran estas palabras al pie de la letra, qué chirrido de goznes producirían en nuestras orejas...).

Intento  recordar  lo  mejor  que  puedo,  y  ante  todo,  que  era  por  la  tarde, muy tarde incluso, mucho tiempo después de la puesta de sol, a esa hora en que  la  luz  se  prolonga  más  allá  de  lo  que  esperábamos,  antes  de  que  la oscuridad  venza  definitivamente,  lo  que  de  todas  formas  constituye  una gracia; porque se concede un plazo,  se retrasa una separación,  se atenúa un sordo  desgarro  -como  cuando,  hace  ya  mucho  tiempo,  alguien  acercaba una  lámpara  a  nuestra  cabecera  para  alejar  los  fantasmas.  Es también una hora en que esta luz superviviente, habiendo dejado de ser visible su hogar, parece emanar del interior de las cosas y subir desde el suelo; y, aquella tarde, del camino de tierra que seguíamos o más bien del campo de trigo ya alto, pero aún de color verde, casi metálico, de manera que hacía pensar por un instante en una hoja de metal, como si se pareciera a la guadaña que iba a cortarlo.

 

Se producía así una especie de metamorfosis:  ese suelo que se convertía en luz; ese trigo que evocaba el acero. Al mismo tiempo, era como si los contrarios se acercaran, se fundieran, en ese momento de transición del día a la noche en que la luna, como una vestal, venía a relevar al sol atlético. Así, nos  encontrábamos reconducidos,  no por una fuerza  autoritaria ni por el  látigo  del  rayo,  sino  bajo  una  presión  casi  imperceptible  y  tierna  como una  caricia,  muy  lejos  en  el  tiempo,  y  en  el  fondo  de  nosotros,  hacia  esa edad imaginaria  donde  lo  más  próximo  y  lo  más  lejano  estaban  aún  enlazados,  de manera que  el  mundo ofrecía las apariencias tranquilizadoras de una casa o incluso, a veces, de un templo, y la vida, las de una música. Creo que era el reflejo muy debilitado de esto lo que llegaba entonces hasta mí, como nos llega esa luz tan antigua que los astrónomos han llamado «fósil». Caminábamos por una gran casa con las puertas abiertas, iluminada sordamente por una lámpara invisible; el cielo era como una pared de cristal que vibraba apenas al paso del aire fresco.  Los caminos eran los de una casa; la hierba y la guadaña no eran sino una sola cosa; el silencio se veía menos roto que acrecentado por el ladrido de un perro y por los últimos gritos débiles de los pájaros.  Un batiente chapado con una delgada capa de plata había vuelto hacia nosotros su reverberación.  Era entonces, era allí donde había aparecido, relativamente lejos, del otro lado, en la linde del campo, entre otros árboles cada vez más sombríos y que pronto serían más negros que la noche que abrigaba su sueño de hojas y de pájaros, ese gran cerezo cargado de cerezas.  Sus frutos eran como un largo racimo de rojo, una colada de rojo, en el verde sombrío; rojo sobre verde, en la hora del deslizamiento de las cosas las unas en las otras, en la hora de una lenta y silenciosa apariencia de metamorfosis, en la hora de la aparición, casi, de otro mundo.  La hora en que algo parece girar como una puerta sobre sus goznes.

 

¿Qué podría ser ese rojo para sorprenderme, alegrarme hasta ese punto? Seguro que no era sangre; si el árbol de pie sobre el otro borde del campo hubiera estado herido, hubiera tenido el cuerpo así manchado, yo no habría sentido sino espanto.  Pero no soy de los que piensan que los árboles sangran, ni de los que se emocionan igual ante una rama cortada que ante un hombre asesinado.  Era más bien como fuego.  Sin embargo, nada ardía. (Siempre  he  amado  los  fuegos  en  los jardines,  en  los  campos:  son  a la  vez luz  y calor, pero también, puesto que se mueven, se agitan y muerden, algo así como bestias salvajes; y, más profundamente, de un modo más inexplicable,  una especie de  abertura en la tierra,  una brecha en las  barreras  del espacio, algo difícil de seguir hasta donde parece querer llevarnos, como si la llama no fuera en  absoluto de este mundo:  liberada,  rebelde,  y por ello mismo  una fuente de  alegría.  Estos fuegos arden aún en mi memoria, me parece, en el momento justo en que paso junto a ellos. Se diría que alguien los ha sembrado al azar en el campo y que empiezan a florecer todos a la vez, con el invierno.  No puedo separar los ojos de ellos.  ¿Es que, sin ni siquiera pensarlo, sé que se alimentan, al crepitar, de hojas muertas?  Son árboles breves que el viento sacude.  O zorros, compañeros feroces).

 

Pero aquel rojo no ardía, no crepitaba; no era ni siquiera una brasa, como  las  que  quedan,  esparcidas,  a lo  lejos,  al  final  del  día.  En  lugar de subir como las llamas, esto fluía o colgaba, un racimo, colgantes de rojo, o de púrpura; al abrigo de verdores muy sombríos. ¿O enseguida, puesto que iluminaba y calentaba, puesto que parecía venir de lejos, hay que decir que era como un fuego suspendido que no desgarraría ni mordería, que se mezclarla con el agua, contenido en algo así como globos húmedos, dulcificado, domado? ¿Cómo una llama en una mariposa de cristal? ¿Un racimo de fuego domesticado, casado con el agua nocturna, con la noche en formación, inminente pero aún no advenida?

Una dulzura sin límites se estremecía sobre todo esto como un soplo de aire, refrescante con la llegada de la noche.  Creo que nuestra corteza, más rugosa de año en año, se ha suavizado durante algunos instantes, como la tierra se deshiela y deja que un agua nueva brote de su superficie.

Había un vínculo de las hojas con la noche y el río más lejano, que no se oía; había un vínculo de los frutos con el fuego, la luz. Lo que nos detuvo y parecía hablarnos sobre el otro borde del campo arrugado por el viento como un río pálido se parecía un poco, sin dejar de ser un cerezo cargado de frutos cuya variedad, al aproximarme, hubiera podido reconocer.

 

-Igual  que  nada  de  lo  que  nos  rodeaba  dejaba  de  ser  camino,  campos  y cielo-,  a  un  pequeño  monumento  natural  que  se  hubiera  visto  de  pronto iluminado en su corazón por el aceite de una ofrenda, una especie de pilar, pero  capaz  de  estremecerse,  incluso  si  en  ese  momento parecía  absolutamente inmóvil -adornado,  para una rememoración,  con un racimo de frutos,  de  fuego  domesticado;  de  tal  forma  que  al  verlo,  mientras  habíamos creído sencillamente caminar por senderos demasiado familiares, todo cambiaba,  todo  adquiría  un  sentido  diferente,  o  simplemente  un  sentido;  así, cuando  un  canto  se  eleva  en  una  sala,  o  una  simple  palabra,  no  importa cuál,  en  una  habitación,  se  trata  siempre  de  la  misma  sala,  de  la  misma habitación, no se ha salido, igual que no se ha dejado de ser víctima del trabajo minucioso del  tiempo destructor,  y  sin embargo algo  esencial parece haber  cambiado.  Aquella  tarde,  tal  vez,  sin  tomar conciencia  de  ello,  yo sentía que el  tiempo,  las  horas  durante  las  cuales  yo mismo había  vivido, es decir, el día, pero también la noche, habían penetrado lentamente en esos frutos para redondearlos y finalmente enrojecerlos;  que  contenían en  suspenso todo esto,  ellos  mismos  suspendidos  en  su  abrigo  de  hojas,  como incubados  por  esas  alas  verdes,  pero  pronto  negros  y  más  negros  que  el cielo bajo el cual se estremecían, apenas, en su sueño...

 

Hubiera hecho mejor en coger esos frutos, se pensará, y renunciar a tantas ceremonias. Pero también sé cogerlos, amo su resplandor en pleno día, su redondez de mejillas sanas, su gusto a veces ácido, a veces acuoso, su escarlata.  Esto es otro asunto, simplemente:  en el calor del día, en pleno sol, con el pronto deseo de morder otros frutos, escalas donde no hay ángeles que suban hacia el cielo deslumbrante de este comienzo de verano, sino algo mucho mejor que los ángeles...

Un color sobre otro, en un momento de paso, donde se pasa un testigo -el atleta solar a la vestal que parece más lenta que él-; ¿cómo un corazón, como el Sagrado Corazón de Cristo en las imágenes santas?

El arbusto ardiente.

Un fuego, al abrigo de estas hojas más bien color de sueño. Apacibles, apaciguadoras. Un plumaje de pájaro maternal.

Huevos de color púrpura incubados bajo estas plumas sombrías.

 

Una fiesta lejana, bajo arcos de hojas. A distancia, a una distancia cada vez mayor.

 

¿Tántalo?  Sí, si estos frutos fueran senos.  Pero no son ni siquiera su imagen.

 

Consejos llegados del afuera:  algunos lugares, algunos momentos nos “inclinan”, hay como una presión de la mano, de una mano invisible, que nos incita a cambiar de dirección (de los pasos, de la mirada, del pensamiento); esa mano podría ser también un soplo, como el que orienta las hojas, las nubes, los veleros.  Una insinuación, en voz muy baja, como de alguien que susurra:  mira, o escucha, o simplemente:  espera.  Pero, ¿tenemos aún tiempo para esperar, paciencia para esperar? Y, además, ¿se trata realmente de esperar?

¿No ha pasado nada?

 

Una llama entre dos palmas que ella ilumina, entibia.   Una linterna sorda.  ¿Qué rótulo más bello para un albergue mejor?  Donde no habría necesidad de entrar para sentirse al abrigo, ni necesidad de beber para verse saciado.

«En el cerezo cargado de frutos».  ¡Extraño rótulo, aunque bello, y extraño viajero, guiado y alimentado por espejismos!  ¿No da la impresión de estar un poco azorado, a la fuerza, no parece enflaquecido? Si el viento que le recuerda, en este comienzo de una noche de verano, antiguas caricias, aumenta y se desencadena, tengo miedo de que no pueda hacerle frente durante mucho tiempo.  No podemos protegemos de la edad con recuerdos o sueños.  Ni siquiera tal vez con plegarias.  Pero ¿quién nos ha prometido nada para siempre? ¿Al menos, algo más que estos señuelos tan bellos que nos quitan el sueño? Demasiado bellos, sin embargo, sigue pensando él de forma casi maníaca, para no ser sino señuelos.

 

 

Traducción de Rafael-José Díaz

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