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Devuélvele el corazón

  • Foto del escritor: La Pecera Blog
    La Pecera Blog
  • 19 jul
  • 3 min de lectura
Susana Arganini, Drakkar. Buenos Aires: Editorial Miniaturas Incandescentes, 2026.

En su libro ilustrado Drakkar, la poeta y artista visual Susana Arganini (Martínez, Provincia de Buenos Aires, 1948) nos propone un viaje cosmológico que atraviesa de manera ritual el mundo de los mitos y las leyendas nórdicas (el universo vikingo de las sagas islandesas), y los mitos sureños de los primeros pobladores de la Patagonia Austral (los aonikenk o tehuelches).

Ya desde su título, la autora nos enfrenta a una palabra con resonancias desconocidas: Drakkar, que remite a la embarcación ligera y versátil que utilizaban los navegantes, exploradores y guerreros vikingos desde la temprana Edad Media. Una palabra que centra la atención lectora en el desplazamiento, el fluir incesante del viaje, un movimiento acompasado el de la navegación que acompaña, a su vez, el despliegue textual por las páginas del libro.

Y efectivamente, el planteo conceptual del libro nos habla de un viaje (la sugerente ilustración de portada recrea con unas pocas pinceladas los remos de la emblemática embarcación vikinga), de un desplazamiento que atraviesa tiempos y espacios, continentes y culturas, signos y símbolos, rehuyendo todo anclaje real. Drakkar es la “nave perdida” que emprende el viaje “hacia los confines de la tierra”, y que encalla en las riberas más australes de nuestro continente donde habitan los “sureños”, los aonikenk.



Con un ritmo poético que alterna el fragmento lírico con los pasajes en prosa, la voz explora todas las modalidades enunciativas, desde una primera persona (“En un mar relente, recolecto bivalvos para mi familia aonikenk”), pasando por  un nosotros (“Éramos una compleja/ estructura molecular,/ pensando solamente/ en nuestros muertos”), hasta  la directa apelación a un tú en el estribillo: “Devuélvele el corazón./ Dile con tu voz de pájaro/ que la mujer que lo retenía,/ se volvió piedra y agua”.

En ese encuentro imaginado entre el viajero del norte y la mujer del sur, en el misterio de un lenguaje mutuamente incomprensible -“El que sale a mi encuentro es moreno, nos miramos fijamente, me dice algo que no entiendo, como respuesta sonrío”- se cifra una “comunicación sin palabras”, el sueño o la ilusión del amor:

 

A las seis en punto

todos los días

la mujer se sienta

debajo del árbol.

Abre el potich,

libera las palabras

que él no dijo con la voz,

sino con el alma.

Las va ubicando

según su memoria.

Amor, luz,

besos, ternura,

caricias, eterno,

universo, agonía. (27)


La autora parece apostar a que, más allá de las distantes geografías (la noche oscura en el meridión y la aurora boreal), más allá de las creencias y las mitologías (Odín, las Valkirias y el Valhalla en un caso; en el otro Köoch), hay una trama más firme que anuda lo disímil. No es casual la insistencia con que se alude a la “urdimbre del amor”, a la “trama del tiempo”, al “entretejido universal”, al “tapiz sutil” o al “pentagrama/ trazado con hilos/ de seda y nostalgia”.



La Editorial independiente “Miniaturas incandescentes” con su homenaje explícito a Emily Dickinson, se dedica a publicar libros ilustrados. En este caso, se trata de un libro con una edición muy cuidada y con ilustraciones que están a cargo de la misma autora. Todo el texto se nos presenta inscripto sobre un rollo de corteza de abedul, soporte habitual de los antiguos manuscritos hallados en la Europa septentrional. Pájaros, árboles, rostros, paisajes que se suceden sobre un común fondo azulino  -el mar o el cielo, elementos que rodean y circunscriben la imagen central del drakkar-, y que conviven con inscripciones rúnicas y símbolos tehuelches. Las unas y los otros diseñan un lenguaje cifrado que se superpone al empleo declarado de las kenningar, esas metáforas enigmáticas o perífrasis propias de la poesía islandesa que tan bien estudió Borges a comienzos del siglo XX, un goce verbal que rodea al objeto en un claro ejercicio de imaginación poética, como leemos en el arranque de un pasaje en prosa: “El sol ´tomó el camino de la luna´”.

Drakkar es también el increíble viaje que supone la travesía incierta de la vida, con sus búsquedas y sus preguntas sin respuestas: “El tiempo se tensa./ Como un delicado cristal/ se cortan las cuerdas./ Llega la noche,/ todo se hiela,/ el silencio reina”.


Marta B. Ferrari

(Universidad Nacional de Mar del Plata)




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